Lo Normal


A menudo, cuando las personas pensamos en un día a día “normal”, es nuestro ejemplo el que utilizamos como dogma, olvidándonos que no en todos los hogares reina la rutina y la seguridad. La realidad de los barrios más castigados por el desempleo, donde la mayoría abandonaron los estudios precozmente y en el que peso de la propia cultura y tradición es más fuerte que el de la cultura imperante…en esos espacios, situados a las periferias de nuestras ciudades, que es Lo Normal.

Mi realidad no es la tuya

Son las ocho de la mañana. Todos los que en las casas tengáis niños sabéis que los motores se empiezan a poner en marcha. Tazones de leche con colacao acompañados de ricos cereales enriquecidos con multivitaminas, padres y madres de un lado a otro de la casa iniciando la liturgia, casi mística, de un nuevo día y jornada laboral. Un nuevo amanecer empieza acompañado de su inseparable y cómoda rutina, aquella que nos hace prever aquello que pasará, y aunque un tanto aburrida, nos hace sentir seguros. Seguros se sienten los padres al dejar a sus hijos en los centros escolares y los pequeñuelos al experimentar que se repite aquello que esperan que ha de pasar.

Así es como amanecen la mayoría de hogares con niños. Despidiéndose a besos y con una dosis de estrés y caos para llegar puntual a todas partes. O al menos eso es lo que tu y yo nos imaginamos y responderíamos si nos preguntasen como es el despertar de cualquier familia con niños en edad escolar.

La normalidad

En nuestra escuela las maestras llegamos a las ocho de la mañana, cuando las aulas aún están vacías, para preparar las clases y realizar diversos proyectos y reuniones.

Lo que ocurrió entra dentro de la normalidad, no pasa cada día, pero si diversas veces durante el curso y quizás sea reflejo de una manera de vivir y entender la vida.

Al llegar a la escuela se observaban dispositivos policiales en los porches de una vivienda. Las primeras palabras entre el profesorado –hay policía en la plaza del barrio-. Nada para, todo continua su ritmo normal. Siguen las reuniones y la preparación de las clases. Será una intervención rutinaria, algo normal.

Suena la música

Las notas musicales anuncian que un nuevo día escolar se inicia. Todo continua como siempre. Los padres aparecen en los últimos segundos de la canción para dejar a sus hijos y las filas se van llenando. Algunos alumnos rezagados ocupan su lugar en la clase en el último momento y otros pasados unos minutos fruto de las distracciones por el camino.

Mientras se cuelgan las chaquetas se oye un murmuro sordo y se observan caras de una infantil preocupación. Entre la melancolía y el desánimo empieza la lección magistral. Mi mirada no puede obviar su preocupación. Las clases se paran para hablar de lo ocurrido. Para que narrar su normalidad, una normalidad que apenas pueden asimilar.

Había pasado algo normal, algunos alumnos tenían familiares que habían sido intervenidos por las unidades policiales de madrugada. Llegando a clase mientras por el camino veían a sus abuelos y primos, en los porches junto a la “pestañe” –la policía-.

Algunos incluso, lo han vivido en primera fila.

Una normalidad más

Llegar a la escuela entre kellogs y besos es lo que nos imaginamos como normal, pero existen niños, no muy lejos de nosotros, que han llegado a categorizar como normal intervenciones de madrugada entre sus cereales.

Niños que después han de buscar una motivación entre los pupitres para disimular la preocupación y el miedo y estudiar.

Soy una privilegiada, he crecido entre el caos de llegar todos a tiempo a la escuela y puestos de trabajos y me han inundado de besos a la puerta del colegio. Pero para poder colaborar y participar en el cambio a mejor de la pequeña sociedad de la cual formo parte sé que no es la normalidad de todos.

Debe ser muy difícil encontrar sentido a estudiar pensando en que les pasará a tus familiares. Se ha de ser más monje budista que persona si se es capaz de dejar de mostrar el desacuerdo ante lo vivido entre actos de rebeldía.

No están motivados. Sus reacciones son desproporcionadas. No atienden con atención las explicaciones de la maestra. Etiquetamos para poder entender una normalidad que se escapa de nuestra experiencia.

Lo normal ha de ser lo que nos ayuda a avanzar

En las aulas, se intenta transmitir una normalidad más. Aquella que les permita asimilar nuevas maneras de hacer que les ayuden avanzar y les de la posibilidad de vivir una vida diferente.

Después de hablar, quizás llorar y de intentar dar sentido a lo ocurrido, la vida ha de continuar. Las clases han de seguir, eso sí con una normalidad acorde con el entorno.

La educación, sin duda, es la herramienta para transmitir los diferentes “normales” . Luego cada uno elegirá, o no, el despertar entre kellogs y besos.

Juno53

 

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