Las colectivizaciones urbanas en Catalunya


Se cumplen ochenta años de la guerra y la revolución española. Nuestra intención es presentar una serie de trabajos que muestren aspectos importantes y poco conocidos, que nos ayuden a profundizar y reflexionar sobre el proyecto alternativo que queremos construir.

Las conquistas de la revolución: LAS COLECTIVIZACIONES URBANAS EN CATALUNYA

Mucho se ha hablado de las colectividades, pero poco sobre su origen espontáneo. La clase obrera inició las expropiaciones por su cuenta, sin esperar el consentimiento de los partidos y sindicatos. No figuraban en ningún programa, ni siquiera en el de las organizaciones más izquierdistas. Aunque fue un fenómeno que abarcó todo el territorio republicano, fue en Catalunya donde llegaron más lejos, y donde aguantaron durante más tiempo los intentos de someterlas y desmantelarlas.

En aquel momento no teníamos intención de ocupar, expropiar o colectivizar ninguna fábrica. Pensábamos que el levantamiento sería rápidamente aplastado y que todo quedaría más o menos igual que antes. ¿De qué iba a servir entusiasmarse con las colectividades si todo iba a terminar otra vez en manos del anterior sistema capitalista?” (R. Fraser “Recuérdalo tú, recuérdaselo a otros” (I) p. 136).

Los partidos socialista y comunista no eran partidarios de socializar la economía. Partidarios del Frente Popular, las expropiaciones, protagonizadas muchas veces por sus propias bases, cuestionaban su política moderada. Las colectividades evitaban que la república se hundiera, pero una vez llegada la paz, las empresas tenían que volver a sus antiguos propietarios, siempre que no hubieran colaborado con la sublevación. El anarcosindicalismo por su parte, totalmente desorientado, había aceptado posponer la revolución. Significativamente el primer folleto de la FAI en Barcelona, se distribuyó una semana después del triunfo revolucionario. Hablaba de aplastar al fascismo, pero ni una sola referencia a lo que pasaba.

Ni la CNT regional de Catalunya, ni su federación local, ni la FAI, impartieron en sus primeras declaraciones, los objetivos de la nueva estructura económica que había empezado a construirse… fue una obra de completa espontaneidad” (V. Alba “El obrero colectivizado”).

Acabados los combates de julio, los sindicatos desconvocaron la huelga para que los trabajadores volvieran al trabajo. Con el regreso éstos descubrieron que los empresarios, temerosos de las represalias, habían huido. Si no se presentaban, había que trabajar y constituir una nueva dirección. Sólo días después, al comprobar que los dueños no volvían, y que la producción continuaba, empezaron a comprender las consecuencias del paso que habían dado.

“(Lo que quería la clase obrera”)… era tener el salario asegurado en ausencia de quien tradicionalmente le pagaba. Buscó esta seguridad, no en medios gubernamentales, sino en sus propias medidas. Los obreros, de momento no pensaron en ejercer este poder que les daba el tener armas y el haber ganado las jornadas más que en una cuestión, la de asegurarse el salario del sábado siguiente” (V. Alba).

La iniciativa partió de los militantes obreros, seguidos por el resto de las plantillas. Eligieron en asambleas los comités encargados de dirigir la producción. Las propuestas para poner en marcha o mejorar la producción, partieron de los mismos trabajadores. Las orientaciones sindicales no llegaron hasta unos días después.

Cada día que pasaba, la ciudad caía más bajo el control de la clase obrera. El transporte público funcionaba, las fábricas trabajaban, las tiendas estaban abiertas, los abastecimientos de víveres llegaban sin novedad, el teléfono funcionaba también, el suministro del agua y gas igualmente, todo ello organizado y llevado en mayor o menor medida por los propios trabajadores. ¿A qué se debía que así fuera? Los principales comités de la CNT no habían dado ninguna orden en tal sentido?” (R. Fraser I p. 187).

La influencia sindical en el proceso fue fundamental, especialmente de la CNT, cuyas bases fueron sus principales protagonistas. Pero no fueron los únicas, trabajadores socialistas, comunistas, republicanos y católicos, participaron en él. Hubo una evolución extraordinaria de la conciencia. Los obreros presintieron que lo que sucedía implicaba un cambio profundo en sus vidas. Con la derrota de los sublevados y la huida de los patronos llegaba la oportunidad, tanto tiempo esperada, de liberarse de la explotación.

Era increíble, era la prueba práctica de lo que uno conoce en teoría: el poder y la fuerza de las masas cuando se echan a la calle. De pronto todas sus dudas se esfuman, dudas sobre como hay que organizar a la clase obrera y a las masas, sobre como pueden hacer la revolución en tanto que no se hayan organizado. De repente sientes su poder creador. No puedes imaginarte cuan rápidamente son capaces de organizarse las masas. Inventan formas de hacerlo que van mucho más allá de lo que jamás hayan soñado o leído en los libros. Lo que ahora hacía falta era aprovechar la iniciativa, canalizarla, darle forma” (R. Fraser I pág. 188).

La falta de un plan coherente y la inexistencia de un poder revolucionario dispuesto a llevarlas hasta el final, impidió que se convirtieran en los ladrillos de un nuevo sistema económico, con una administración centralizada, elegida y controlada por las bases. Esto hubiera significado sentar las bases de un estado obrero, alternativa que no contemplaba nadie. Surgieron conflictos con las empresas, donde se combinaba la autogestión con el corporativismo. En muchos casos los trabajadores se limitaron a aumentarse el salario, reducir sus horas y producir sólo contando con las reservas que tenían, sin preocuparse de lo que ocurriría cuando se agotaran. Mantenían rasgos del viejo sistema capitalista (la idea de que las fábricas eran de los que trabajaban en ellas y no de toda la sociedad; la competencia; las desigualdades salariales entre empresas “pobres” y “ricas”) combinadas con elementos revolucionarios (los medios de producción en manos de los trabajadores, la planificación de la economía en base a las necesidades de la sociedad, y no del negocio).

La CNT intentó corregir los errores y organizar la producción, para evitar que a medio plazo derivaran hacia una especie de capitalismo popular. Se crearon agrupaciones industriales para superar la dispersión, cajas de compensación para igualar los salarios. Sistemas para asegurar el suministro de materias primas y combustible.

Los trabajadores se daban cuenta de que la colectivización parcial degeneraría con el tiempo en una especie de cooperativismo burgués. Encastillado en su respectiva colectividad, las empresas habrían suplantado los clásicos compartimentos estancos y caerían fatalmente en la burocracia, primer paso de una nueva desigualdad social. Las colectividades terminarían haciéndose la guerra unas a otras, comercialmente hablando con tanto ahínco y mediocridad como las antiguas empresas burguesas” (J. Peirats, “Los anarquistas en la crisis política española” p. 123).

El anarcosindicalismo repitió el error de la Comuna de París, cincuenta y cinco años antes, abandonar en manos de sus adversarios los resortes del capital financiero, que luego iban a ser utilizados para controlarlas y desmantelarlas. A medida que las empresas se hipotecaban con los préstamos, el Estado republicano iniciaba los pasos dirigidos a imponer su intervención, con el nombramiento de inspectores que adquirirían cada vez más poder.

La actitud del gobierno fue aceptarlas en los primeros momentos, porque no tenía más remedio, para asfixiarlas y controlarlas, a medida que recuperaba el poder. El decreto sobre las colectivizaciones de la Generalitat, reconocía lo que ya existía, a cambio de que éstas reconocieran su autoridad. Cuando las condiciones lo permitieran y la revolución estuviera desarmada, ya habría tiempo de doblegarlas y devolverlas a sus antiguos propietarios, restaurando el viejo orden burgués. Por primera vez las organizaciones obreras más radicales avalaban una orden que convertía a la Generalitat y al gobierno republicano en jueces de la situación.

Desde octubre de 1936, hasta junio de 1937, las colectivizaciones sufrieron una progresiva pérdida de independencia. Con la entrada en el gobierno, los anarcosindicalistas pretendieron legalizar las conquistas revolucionarias. Querían garantías de que sus adversarios no iban a aprovechar la situación, para destruirlas. A medida que el poder republicano se fortalecía en Catalunya, los interventores del gobierno consolidaron su control sobre las empresas colectivizadas.

la autoridad suprema en la nueva economía no serían los sindicatos sino el gobierno de Catalunya, y que tanto la orientación como el desarrollo de la economía quedarían en las manos de los políticos y economistas. De tal modo, el control por los obreros se reduciría sólo a una sombra de los objetivos originales que los mismo trabajadores revolucionarios se habían fijado cuando se adueñaron de las fábricas y los talleres” (R. Vernon, “Enseñanzas de la revolución española” p. 132).

En Catalunya, después de las jornadas de mayo de 1937, un decreto obligó a las empresas colectivizadas a inscribirse en el registro mercantil, símbolo de la vieja legalidad, mientras los sindicatos eran marginados por el orden republicano burgués restaurado. La desmoralización y la apatía se generalizó entre los trabajadores. Disipado el entusiasmo, la producción entró en decadencia. Joan Comorera, secretario del PSUC y enemigo mortal de las colectivizaciones, reconocía en 1938: “La situación de las industrias de guerra hay que confesar que no ha mejorado suficientemente y que en algunos casos ha retrocedido.” (G. Munis, “Jalones de derrota, promesas de victoria” p. 418). En una carta de Lluis Companys al ministro Prieto, confesaba que la producción bélica había retrocedido considerablemente.

La moral que en los primeros meses había sostenido el milagro de las colectivizaciones, ahora se resentía por la creciente burocratización y por la conciencia de que todo volvía a ser como antes. La guerra y la revolución se ganan por el entusiasmo que provocan. Las colectivizaciones fueron un signo inequívoco de que la clase obrera quería ser dueña de su propio destino y que su futuro y el de la revolución y la guerra iban íntimamente unidas.

Enric Mompó

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