Las milicias: el brazo armado de la revolución

By Vetranio [CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0)], from Wikimedia Commons

La sublevación militar del 18 de julio, el decreto de Giral disolviendo el ejército y el triunfo en la mayor parte del estado del movimiento revolucionario dejaron desarmado a lo que quedaba del estado republicano burgués.

Las milicias nacieron, apenas terminados los combates de las jornadas julio, por iniciativa de los partidos y sindicatos de izquierdas, para combatir a la sublevación allí donde había triunfado y evitar que siguiera avanzando. Nunca tuvieron un mando único que coordinase y guiase sus movimientos. Los socialistas de izquierda rechazaban al desacreditado gobierno, pero se negaban a tomar el poder, esperando que cayera para ocupar su lugar. Los anarquistas tampoco lo querían. Un estado mayor de las milicias, habría eclipsado a un gobierno republicano en el que nadie creía, y se habría parecido demasiado a un gobierno revolucionario. Las milicias se subordinaban a través de sus direcciones políticas al gobierno en el que no creían. No perdieron su condición de organizaciones partidarias, ni nadie propuso que se fundieran en un solo cuerpo, con un mando único. Sólo en el caso de Asturias, donde la cooperación entre la UGT y la CNT, se había puesto a prueba en la revolución de 1934, permitió la formación de milicias formadas por diferentes organizaciones obreras, sin distinciones partidarias.

En Catalunya, se constituyó el Comité Central de Milicias Antifascistas, que ocupó el espacio de una Generalitat que había perdido su autoridad. Sin embargo nunca fue el centro neurálgico de las milicias. Cada partido o sindicato organizó su propio brazo armado. ¿Porqué los libertarios, dueños absolutos de la situación, permitieron que el resto de organizaciones formara sus propias columnas? ¿Porqué no obligaron al resto de organizaciones a formar un solo ejército miliciano al servicio de la revolución? La incomprensible actitud de la CNT-FAI sólo se explica por la autocomplacencia que tenían, al comparar la desigualdad aplastante entre sus fuerzas y el resto. Por otro lado, convertir al Comité de Milicias en el auténtico mando, los hubiera colocado irremediablemente en la fatal disyuntiva de ser o no ser, un gobierno revolucionario, idea aborrecida por el conjunto de la militancia anarquista.

La concesión rebela una total improvisación y un análisis superficial sobre sus consecuencias, en el futuro de la guerra y la revolución. Los dirigentes de la CNT-FAI se dejaron llevar por la optimista e irreal idea de que el conflicto armado iba a ser de corta duración y de que eran ellos, los sectores revolucionarios, los que llevaban la iniciativa.

Cara y cruz de las milicias.

El principal mérito de las milicias, indiscutible incluso para sus enemigos en el campo republicano, fue que en los primeros momentos evitaron que la sublevación se convirtiera en un paseo triunfal. Las milicias encarnaron la esencia de la revolución. Independientemente de las organizaciones políticas que las habían creado, tenían características comunes: su espíritu igualitario y asambleario. Normalmente los mandos eran elegidos en el seno de las columnas. Los milicianos elegían a los que iban a dirigirles en el campo de batalla. Los mandos tenían sus responsabilidades, pero carecían de privilegios. Desde el mando principal, hasta el último miliciano, todos cobraban el mismo salario, vestían la misma ropa y comían el mismo rancho. Se suprimió el antiguo código militar y se eliminó el saludo tradicional y los galones. La disciplina era voluntaria, basada en la conciencia y la lealtad de clase, la prueba de su eficacia es que en las duras condiciones en las que se encontraban, nunca abandonaron el frente de batalla, cuando nadie les obligaba a quedarse (George Orwell, “Homenaje a Catalunya”, pág. 63-65).

Pero la rapidez e improvisación con las que fueron creadas también marcaron sus sombras. Pese al entusiasmo inicial, no constituían un ejército eficaz. Su inferioridad organizativa se compensó con el valor y arrojo de sus miembros. Con frecuencia, las columnas contaban con más hombres, que armas; vestían con ropa dispar e inadecuada y el material que utilizaban era viejo y defectuoso. Los mapas con los que se movían muchas veces eran de la marca Michelin. Carecían de formación en el campo de batalla (los más experimentados, no habían pasado de los combates callejeros). Su inexperiencia se compensó con la presencia de algunos militares profesionales republicanos, aunque con escasas simpatías por los revolucionarios.

La división y las tensiones de la retaguardia también se vislumbraban en el frente. La rivalidad y los enfrentamientos también se dieron entre las diferentes columnas, así como la falta de coordinación y planificación de las operaciones militares.

En las milicias hay una tendencia a formarse en unidades independientes, al servicio de cada milicia, de una política, lo que hace que tengan una doble dirección, una doble finalidad, la lucha contra el enemigo de la trincheras de enfrente y contra el enemigo político posible que está a su lado en los frentes de combate u está también tomando posiciones políticas e la retaguardia” (Manuel Cruells, “De les milícies a l’Exèrcit Popular a Catalunya, pág. 111).

Muchos de los errores fueron corregidos con el tiempo, a costa de sacrificios y sangre derramada. Otros, encontraron más resistencia, debido a los prejuicios antiautoritarios de años de educación antiautoritaria de la militancia. Valga el testimonio de Saturnino Carod, miembro de una columna de la CNT que ocupó la localidad de Muniesa.

Comenzó a reorganizar la columna, a ‘militarizarla’, dividiéndola en unidades más pequeñas y dotándolas de una estructura de mandos. El resultado fue un desastre, los milicianos abandonaron la columna y casi sólo quedó la guardia civil”.

Era comprensible. Durante muchos años se les había estado hablando a los campesinos aragoneses, no sólo de sus problemas, sino también de ideas. De oposición al capitalismo, al estado, a la iglesia, a los militares. Se bebieron estas ideas y ahora cuando la revolución estaba en marcha, no entendían por qué les hablaba de la necesidad de militarizarse… Abandonaron la columna, sencillamente” (R. Fraser, “Recuérdalo tú y recuérdaselo a otros” tomo I, pág.179).

Sin embargo, muchos dirigentes de la CNT y de la FAI habían comprendido los errores de las milicias. El mismo Durruti se había mostrado partidario de llevar a cabo profundas reformas en las milicias para mejorar su eficacia. Era necesario implantar una férrea disciplina que evitase los actos de irresponsabilidad. Pero los cambios no debían afectar su naturaleza revolucionaria. Cipriano Mera, lo decía de la siguiente manera:

La sangre de mis hermanos vertida en la lucha, me hizo cambiar de crierio. Comprendía que para no ser definitivamente vencidos, teníamos que construir nuestro propio ejército, un ejército potente como el del enemigo, un ejército disciplinado y capaz, organizado para la defensa de los trabajadores” (Burnett Bolloten, “El gran engaño”, pág. 234).

Las milicias y la reconstrucción del Estado republicano burgués.

De la misma forma que el proletariado necesita construir su propio aparato de estado, derrocando el de la burguesía, también necesita su propio brazo armado, distinto al ejército de casta, jerárquico y tradicional que defiende los intereses de la burguesía. La tragedia de las milicias fue no contar con un proyecto político, dispuesto a llegar hasta el final, transformándolas en un ejército regular. Podían haberse perfeccionado sin perder necesariamente su naturaleza revolucionaria.

Los detractores de las milicias defendían la reconstrucción del viejo ejército. El socialismo moderado apostaba por la restauración del viejo orden parlamentario y la liquidación de los excesos revolucionarios. El PCE-PSUC afirmaba que si la etapa de la revolución era democrática burguesa, el ejército que correspondía defenderla debía tener la misma naturaleza. Las milicias habían cumplido su función en los primeros momentos, pero ahora debían dejar paso a un nuevo ejército regular, al viejo estilo. Sin embargo, el gobierno republicano, desacreditado por sus vacilaciones frente a la sublevación, era incapaz de reconstruirlo sin chocar con la resistencia y la hostilidad de los trabajadores. Los revolucionarios de todas las tendencias le temían y odiaban demasiado, para querer reconstruirlo. La tarea por lo tanto debía recaer en los dirigentes de las organizaciones obreras, en especial de la izquierda socialista y la UGT, en quienes confiaba el movimiento revolucionario. Largo Caballero esperaba la intervención de Francia y Gran Bretaña en ayuda de la República, y para conseguirlo era necesario restaurar el viejo orden, por lo menos en parte, para vencer la desconfianza de los capitalismos democráticos.

Con la formación del primer gabinete presidido por Largo Caballero, el 4 de septiembre de 1936, la situación empezó a cambiar. Claridad, el órgano de prensa de la izquierda socialista, que siempre se había opuesto, empezó a aplaudirlo. Cualquier paso orientado a reconstruir el viejo aparato de estado, en este caso su brazo armado, estaría bendecido por los dirigentes de las principales organizaciones obreras. Para justificar el plan se atacó los errores de las milicias, en nombre de la eficacia. Sin embargo el reclutamiento forzoso de las primeras levas fue un fracaso. No se podía avanzar demasiado sino se contaba con la colaboración de los libertarios.

La disolución del Comité Central de Milicias en Catalunya el 27 de septiembre y la integración de los representantes del anarcosindicalismo a principios de noviembre en el nuevo gobierno republicano allanó los obstáculos. Cuando los comités superiores de la CNT y de la FAI optaron por la militarización general de las milicias, se produjo una confusión general en todos los frentes, en los que participaban los confederales. Muchos milicianos, que se habían incorporado con carácter voluntario, rescindieron sus compromisos y regresaron a la retaguardia.

La agonía de una revolución. La decadencia de las milicias.

Los anarquistas creían que su participación en el gobierno de la Repúlica, iba a frenar los planes de restauración del viejo orden. Se equivocaban. A través del chantaje en el reparto del armamento y la presión se vieron obligados a retroceder, paso por paso. La integración de la CNT, la FAI y el POUM en Catalunya en el gobierno de la Generalitat, el 1 de octubre, fue la garantía de que la revolución tampoco se iba a oponer en su principal bastión.

A medida que la revolución en la retaguardia perdía terreno, las consignas de mando único y milicias obligatorias se clarificaron en dirección a la construcción del nuevo Ejército Popular de la República. Las milicias fueron poco a poco, no sin fuerte resistencia, asimiladas. Los comités de soldados fueron disueltos, el saludo tradicional, los grados y la jerarquía de casta, restaurados. El viejo código militar volvió a entrar en vigor. Toda resistencia era castigada. Los que se resistían no recibían nuevos suministros de armamento. Si se sometían, las recibían con cuentagotas. El retroceso de la revolución en la retaguardia provocó el declive de las milicias y finalmente su extinción, a través de su integración en el nuevo ejército.

Reflexión

Vale la pena, para no alargarnos demasiado, recordar las reflexiones de León Trotsky, el fundador del Ejército Rojo:

“Durante nuestra guerra civil, no creo que venciéramos principalmente debido a nuestra ciencia militar. Esto es falso. Ganamos a causa de nuestro programa revolucionario. Decíamos a los campesinos: ‘la tierra es vuestra’. Y el campesino que en un primer momento habría preferido a los blancos, comparaba a los bolcheviques con los blancos y decía ‘los bolcheviques son mejores’. Entonces cuando los campesinos, centenares de miles, millones de campesinos se convencieron de que éramos mejores, vencimos” (León Trotsky, recopilación y comentarios de Pierre Broué,”La revolución y la guerra en España”, declaración ante la comisión de investigación sobre los procesos de Moscú).

Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Enric Mompó

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