Buscando alternativas

Con motivo del 1 de mayo, podíamos leer en un conocido medio de comunicación una entrevista a los secretarios generales de las organizaciones sindicales UGT y CGT. En ella se pretendía presentar dos modelos sindicales diferentes, uno buscando frenar la continua pérdida de afiliados, el otro en crecimiento progresivo; uno salpicado por numerosos escándalos (EREs, cursos de formación,…), el otro buscando desmarcarse de la crítica generalizada;…

En dicha entrevista se realizaba a ambos la pregunta de si los sindicatos habían estado a la altura en esta época de crisis. A lo que, de forma más o menos abierta, los dos respondieron que no. En el caso de José M. Álvarez, secretario general de UGT, presentó los cambios llevados a cabo en el último congreso de la organización, entre los cuales está su nombramiento tras los 22 años que llevaba su predecesor en el puesto, como un punto de inflexión en este sentido. José M. Muñoz Póliz, de CGT, se escudaba en la poca influencia en ámbitos generales del sindicato al que representa, lamentando que sus posibilidades de actuación quedaban mermadas en un ámbito en que las centrales sindicales de CCOO y UGT continúan siendo hegemónicas.

Mientras el Estado se ha ido sacando la máscara de ser el eterno garante de derechos y libertades, mostrándose como el gestor de la miseria y el guardián de un orden social injusto, las organizaciones sindicales no han sido capaces de constituirse en una referencia capaz de agrupar la fuerza necesaria para enfrentarlo, como sucedió antaño.

En la entrevista mencionada, ninguno de ellos ha sido capaz de hacer la necesaria autocritica a este respecto, anteponiendo la defensa de su modelo sindical por encima de la necesaria reflexión sobre los límites con que se topa el sindicalismo actual para ser el medio que permita a los trabajadores y trabajadoras organizarse para defender sus intereses comunes.

No podemos obviar las diferencias existentes en la práctica de estos modelos sindicales. Mientras unos anteponen la conciliación en la relación empresario-trabajadores, otros sostienen que esta relación es de confrontación permanente. Mientras en un caso se hace de la negociación de conflictos una fuente de financiación propia, en el otro se aborda cada conflicto fomentando la participación de los trabajadores en la toma de las deicisiones y buscando que estos tengan un papel activo. Sin embargo, ambos modelos han caído en la dinámica de lo posible, renunciando en gran medida a buscar lo que es necesario.

Al igual que sucede en la dinámica de la política institucional (ayuntamientos, parlamentos, congresos,…), en el ámbito sindical la necesidad de dar respuestas a las demandas inmediatas tiende a imponerse a la construcción de un proyecto con perspectivas estratégicas. La profesionalización que demandan los procesos de elecciones sindicales, negociaciones colectivas, EREs,… hace que prime la cuestión técnica por encima del desarrollo de una política sindical que permita que los trabajadores y trabajadoras comprendan el rol que juegan en el proceso productivo, incrementando su nivel de conciencia. Así, tiende a valorarse más la discusión en una mesa de negociación frente a la representación empresarial, que los debates que se pueda desarrollar en una asamblea de trabajadores.

Continúa adoptándose una postura defensiva, en unos casos buscando minimizar los ataques de forma sumisa, en otros confrontando de forma más o menos combativa. En el mejor de los casos (desde el punto de vista de la consecuente defensa de los derechos de los trabajadores) se plantean movilizaciones, huelgas, campañas de denuncia pública,… que si bien consiguen agrupar y coordinar a diferentes colectivos de trabajadores orientan sus reivindicaciones a objetivos cortoplacistas: la derogación de una ley, la dimisión de un cargo, el no cierre de una planta,… rara vez vinculadas sobre la práctica a la necesidad de que los trabajadores nos apropiemos de nuestros medios de producción como única salida factible para mejorar nuestras condiciones de trabajo.

Se pone el énfasis en atender individualmente a las vicisitudes con las que se encuentran los trabajadores de los sectores más precarizados. Causa frecuente de frustraciones ante el amplio margen que otorga la legislación a las empresas para que descarguen sus pérdidas (o reducción de ganancias, en muchos casos) sobre las espaldas de los trabajadores y a la carencia de un tejido social que se sostenga en base a una solidaridad efectiva y no en base a la competencia entre nosotros.

El insistir en la delegación a la hora de afrontar los conflictos laborales y sociales, llamando a votar en las elecciones sindicales y a esperar a que nos resuelvan los problemas, es la estrategia propia del sindicalismo oficialista. Estrategia enfocada más a sostener una estructura burocratizada que se siente más cómoda en el rol de “parte social” de la empresa (o del Estado) que en el de representar los intereses de sus compañeros y compañeras.

En el caso del sindicalismo alternativo se apuesta por pretender una movilización constante como salida al inmovilismo de las grandes centrales sindicales. Vemos innumerables convocatorias por razones consecuentemente lícitas pero en las que siempre encontramos las mismas caras. Y mientras el llamamiento permanente a participar cae recurrentemente en el vacío se corre el riesgo de culpar de su situación a quienes son victimas de la explotación.

Cabe preguntarse si realmente esta alternativa permite superar los límites y los vicios que imponen quienes hacen del sindicalismo una forma de vida para satisfacer sus propios intereses. La necesidad de devolver a las organizaciones sindicales su papel como referentes organizativos de los trabajadores y trabajadoras no es un mero capricho, si no que ha de entenderse como una necesidad ante la barbarie a la que nos lleva el modo de relaciones sociales y productivas en el que vivimos. Para poder llevarlo a cabo no bastan buenas intenciones, hemos de hacerlo transformando la realidad con la que nos encontramos, huyendo de ilusiones idealistas. Nuestra historia está cargada de experiencias en las que apoyarnos. Leamosla y aprendamos de ella, sabiendo que los límites que se nos imponen si bien son reales, también son superables.