El origen del sindicalismo en Cataluña

Grupo de internacionalistas españoles, fundadores de la Primera Internacional (AIT), en octubre de 1868. Foto de dominio público via https://commons.wikimedia.org

El orígen de los primeros sindicatos en España cabe situarlo en Cataluña. Más concretamente en Barcelona y en otras ciudades fabriles cercanas. Y cabe relacionarlo, como en el caso británico, con los Gremios, unas instituciones de origen medieval que acabarían siendo abolidos, como tales por los liberales españoles, en 1834. Algunos de los gremios crearon verdaderas asociaciones o Sociedades de Socorros Mutuos, financiadas con las cuotas que pagaban los socios. Cada sociedad disponía así de un fondo monetario al cual podían recurrir sus asociados en caso de: accidente, enfermedades, gastos de entierro, etc. Estas asociaciones adoptaron, en general, diversos nombres (cofradías, hermandades o germandats, montepíos, …) y su existencia está documentada desde la década de 1780. Aunque muchas tuvieron un marcado carácter religioso, a partir de 1820 predominaron las asociaciones no religiosas.

Fueron, precisamente, los eslabones más débiles de la cadena gremial (oficiales y aprendices) quienes protagonizaron la transformación de algunas de esas Asociaciones de Protección Mutua en verdaderas Sociedades de Resistencia. Éste tránsito representa el aspecto más significativo en las primeras fases del proceso de creación de una subjetividad obrera, es decir, de construcción de una identidad de clase que vaya más allá de los elementos objetivos. Más importante, obviamente, que los atentados ludditas, protagonizados asimismo por obreros, registrados en el país en los primeros lustros del siglo XIX (en Terrassa, en 1802; en Camprodón, en 1823 o la quema del vapor Bonaplata, en Barcelona, en agosto de 1835).

En el textil catalán, el conflicto laboral no adoptó tanto la forma de la quema de la nueva maquinaria (ahorradora de trabajo) como la de sucesivos enfrentamientos entre tejedores y fabricantes de algodón, en torno a las tarifas de precios por el trabajo. El primer conflicto abierto entre unos y otros se produjo, en Barcelona, en 1820; y, a partir de entonces, se documentaron otros contenciosos (en 1827, 1830, 1831, 1835 y 1838): fueron o por la longitud de las piezas o contra la libertad del fabricante para despedir a los tejedores.

De hecho, en la década de 1830 se produjo de una etapa que podemos caracterizar como de “aprendizaje” de la huelga. Una nota de la Comisión de Fábricas de entonces habla de “una especie de complot para pedir alza de jornal u otra cosa (…) por medio de una especie de asonada”. Esa expresión “u otra cosa” indica que las primeras huelgas fabriles estaban motivadas no sólo por cuestiones salariales sino también por la defensa de una economía moral que buscaba retener en el lugar de trabajo la libertad para conservar elementos no monetarios, como: una cierta libertad de horarios (respeto del San Lunes); o una cierta capacidad de decisión y de control sobre el producto final.

La llegada de los progresistas al poder (en 1840) abre una etapa de tolerancia relativa respecto al sindicalismo. Por ese motivo, esas sociedades de socorros mutuos reconvertidas en sociedades (sindicales) de resistencia, pudieron salir a la luz. Así, la base de esos primeros sindicatos fue la misma que el gremio: el oficio. La primera sociedad de resistencia documentada en Cataluña fue la Associació de Teixidors de Vic (1840) cuyo objeto fue regular la lucha contra el descenso de los jornales. Como afirmaban sus promotores “una gran mayoría de fabricantes [se ha puesto de acuerdo para rebajar] los jornales hasta el deplorable extremo de no poder ganar ya lo indispensable y puramente necesario para la triste subsistencia”. Se trataba, por lo tanto, de “poner coto a semejantes desmanes”.

Este modelo (documentado para los tejedores) se reproduce en otros oficios (tejedores de velos, hiladores, tintoreros, cordeleros, chocolateros, …). Los primeros sindicatos se organizaron como la unión de trabajadores de un mismo oficio para elaborar y defender una tarifa de precios frente a los fabricantes y maestros. Por lo tanto, el elemento central de estas asociaciones fue la remuneración del trabajo.

La célula básica de la Asociación de Tejedores era el taller o la fábrica. Sus socios se reunían en asambleas (de taller o de fábrica) y allí tomaban los acuerdos por mayoría absoluta. Entre sus funciones estaba la elección de un comisionado que debía coordinarse con los otros comisionados y elegir, a la vez, una Junta Directiva. Cabe señalar (y el proceso está bien documentado en el caso de los tejedores de algodón) que las diferentes asociaciones de base local acabaron pronto coordinándose con otras asociaciones locales. La más importante de todas fue la Sociedad de Mutua Protección de los tejedores de algodón de la ciudad de Barcelona. Aunque este proceso de coordinación supralocal (mediante el establecimiento de redes) parece haberse dado también en otros oficios.

Con la llegada al poder del partido moderado, en 1844, y durante la década moderada (1844-1854) se volvió a la ilegalización de las sociedades obreras. Y en el Código Penal de 1848 se incluyó un artículo muy claro, el 461, que castigaba la acción sindical con penas de arresto mayor y multas:

Los que se coaligaren con el fin de encarecer o abaratar abusivamente el precio del trabajo o regular sus condiciones serán castigados, siempre que la coligación hubiere comenzado a ejecutarse, con las penas de arresto mayor y multa de 20 a 100 duros …. Las penas se impondrán en su grado máximo a los gefes y promovedores de la coligación

A pesar de la ilegalización, siguieron produciéndose procesos de negociación entre fabricantes y trabajadores. La llegada de los progresistas al poder, en 1854, abre una nueva etapa de tolerancia hacia el sindicalismo. Se les permite publicar prensa y folletos, lo cual nos permite apreciar cómo, en la década de dominio de los moderados (entre 1844 y 1854) se ha producido un cambio realmente significativo, en relación a la transformación de las identidades del sujeto. Y es que el concepto “clase obrera” (castellano) o “classe treballadora” (catalán) había estado prácticamente ausente de los discursos y folletos de 1840/43, cuando predominaban las referencias a los oficios o al “pueblo”. Pero durante el bienio progresista (1854-1856) abundan en los folletos las referencias a la “clase obrera” (46 por 100), a los “obreros” (21 por 100) o a los “trabajadores” (14 por 100). Son claros síntomas de un proceso de toma de conciencia de clase – en un momento de expansión del sindicalismo y de aumento de su heterogeneidad. En un momento en que aparecía clara la dialéctica de oposición capital-trabajo como un elemento central de la sociedad.

Fue también entonces, en el verano 1855, cuando se produjo la primera Huelga General en España. Aquel hecho señala el proceso creciente de creación de una identidad colectiva (de clase) entre los trabajadores asalariados, de Cataluña y de España. Una identidad reflejada tanto en los símbolos (la bandera roja estuvo, por primera vez, presente en algunas manifestaciones, durante los días de huelga) como en el lenguaje utilizado. Valga como muestra dos fragmentos publicados en el periódico madrileño El Eco de la Clase Obrera:: “De todos vuestros trastornos conocemos las causas y no vacilamos en tenderos la mano como amigos, como individuos de una misma clase (…) Queremos formar causa común con vosotros”, 26 de agosto de 1855. Y la Manifestación de los obreros de Sevilla: “La lucha entre el capital y el trabajo es muy antigua, pero hoy se organiza (…) Falta sólo que los obreros todos de España entren en el camino de la asociación, que encierra en sí todo un nuevo orden de cosas”, 11 de noviembre de 1855.

LA AIT EN ESPAÑA

Unos años después tuvo lugar en septiembre de 1864, la creación en Londres de la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores). Y los sindicatos españoles acabaron incorporándose a la AITE. Sabemos de la presencia y participación (bastante testimonial) de un delegado catalán, Marsal Anglora, en el Congreso de Bruselas (1868) de la AIT. Cuatro años después de su creación, un obrero español tomaba por primera vez parte de un congreso de la Internacional.

El triunfo de La Gloriosa, en septiembre de 1868, abrió el espacio público a los obreros. El 13 de diciembre de 1868 varias asociaciones recien federadas en una Dirección Central de las Sociedades Obreras de Barcelona celebraron un nuevo congreso en el que participaron más de 100 delegados representando a 61 asociaciones sindicales catalanas. En este caso fueron los sindicatos y líderes obreros vinculados al republianismo federal y concluyó con un llamamiento a votar, en las elecciones de enero de 1869 (las primeras por sufragio universal masculino en España) a las candidaturas presentadas por los Republicanos Federales.

Paralelamente, enviado por Bakunin, el italiano Fanelli estaba recorriendo diferentes puntos en la geografía española (Barcelona, Tarragona, Valencia y Madrid) en busca de contactos para la AIT y para la propia extensión de la Alianza bakuninista (confundiendo ambas cosas). Consiguió, de hecho, instituir dos grupos, uno en Barcelona (a la vez sección de la Alianza bakuninista) y otro en Madrid (integrado, entre otros, por Francisco Mora y Anselmo Lorenzo). Un año después, en diciembre de 1869, el núcleo de Madrid acordó transformarse en Sección de la AIT, lanzando un llamamiento para celebrar un Congreso estatal, que se acabó celebrando en Barcelona, el 19 de junio de 1870.

Mientras tanto, en Cataluña el fracaso de una sublevación federal (el 25 de septiembre de 1869) dio alas a los sectores más apolíticos del sindicalismo catalán y, por lo tanto, facilitó la extensión de las tesis bakuninistas entre el sindicalismo catalán. En el Congreso de Barcelona (1870) se constituyó la Federación Regional Española de la Internacional. Unos meses después, los internacionalistas españñoles enviaron a Anselmo Lorenzo a la Conferencia de Londres (1871). Lorenzo pudo descubrir entonces la magnitud del enfrentamiento entre Marx y Bakunin. De hecho, la decadencia de La Internacional (a partir de 1871) coincide precisamente con el esplendor del sindicalismo organizado en la Federación Regional Española.

Práxedes Mateo Sagasta, Ministro de la Gobernación con Amadeo I de Saboya ordenó la persecución de los Internacionalistas españoles y consiguió que el Parlamento español aprobase (por 192 votos contra 38) la ilegalización de la Internacional en España, en enero de 1872. En esa misma fecha, Paul Lafargue (yerno de Karl Marx y nacido en Santiago de Cuba) llegó a España huyendo de la represión post-comuna en Francia. Contactó con líderes obreros españoles (por ejemplo, Francisco Mora en Madrid), trasladándose entonces a España la ruptura de la AIT entre marxistas y bakuninistas. Apareció en el II Congreso de la Federación Regional Española celebrado clandestinamente en Zaragoza en abril de 1872 (tres días antes de la fecha anunciada, para evitar la persecución policial), en el que se dieron cita 44 delegados. La división se consumó en el III Congreso, celebrado en Córdoba, en diciembre de 1872:

La mayoría de la AIT en España estuvo al lado de las tesis bakuninistas. La minoría (centrada básicamente en Madrid) se situó al lado de las tesis marxistas. Éstos fueron expulsados y crearon una organización paralela, con menos implantación territorial y con menos afiliación que la AIT. Mientras tanto, la FRE (anarquista) siguió extendiendo su influencia llegando no sólo a los obreros industriales sino también a otros sectores de trabajadores como los braceros del campo. El golpe de estado de Pavía (en enero de 1874) condenó, sin embargo, a la FRE a la clandestinidad.

Martín Rodrigo y Alharilla

Profesor de Historia Contemporánea

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