Recuperar mayo del 68

Foto de Jean-Pierre Dalbéra (CC) via Flickr

Hay pocos eventos tan conocidos y representados como las revueltas del llamado Mayo del 68. A todos nos vienen a la memoria los eslóganes, las imágenes. Mayo del 68 ha sido reducido en el discurso oficial a un drama generacional, desprovisto de violencia, una mera transformación de las costumbres, necesaria para la modernización cultural del país. De la mano del relato de antiguos líderes arrepentidos o de la sociología una revuelta de masas, colectiva y política, se convierte en una reivindicación por el ejercicio de libertades individuales, pura moral y ética. La versión no es casual y tiene un objetivo claro: vaciarlo de su dimensión política, liquidarlo como tentativa de transformación radical de la organización social y construir una dicotomía entre la República y los “Totalitarismos”. La república es erigida única defensora de la “libertad, igualdad, fraternidad”, del laicismo, de los Derechos del Hombre… Y los totalitarismos incluyen aquí a título de iguales el Holocausto y los Gulags.

Sin embargo, Mayo del 68, que no comienza ni termina en mayo de ese año, sino que es un proceso mucho más largo y profundo, incluye propuestas y prácticas que no pueden ser fácilmente digeridas ni incluidas en ese marco. Mayo es ante todo la exigencia de una vida mejor y digna (y no sólo de condiciones laborales mejores) que combate las bases de la explotación, la propiedad de los medios de producción y se enfrenta violentamente contra sus herramientas de propaganda y represión. Mayo une a estudiantes con los trabajadores, que se lanzan a una huelga general indefinida que siguen entre 9 y 10 millones de obreros industriales, del tercer sector, estudiantes, agricultores… Mayo es también la toma de las armas por ciertos grupos de extrema izquierda que siguen la consigna guevarista “uno, dos, tres… muchos Vietnams”. La lucha no es fotogénica, sino a muerte y los objetivos son claros: contra el capitalismo, contra el imperialismo, por una alternativa socialista y humanista.

1.- Contra el Capitalismo

El contexto económico en Francia en la época se caracteriza por una pérdida de la tasa de ganancia. Tras los años de acumulación capitalista tras la segunda guerra mundial, el capitalismo entra en una crisis que en principio se considera de ciclo corto o Kondatieff pero que marca en realidad el fin de una época. La excepción de los 30 gloriosos toca a su fin. La organización del trabajo industrial sigue el llamado Taylorismo – Fordismo. Se trata del trabajo en cadena, la división del trabajo en miles de pequeñas tareas para que los trabajadores queden aún más a merced de la patronal, desprovistos del poder que les daba su conocimiento de la técnica. En esta época empiezan a aparecer los límites de este sistema: por una parte por los costes de aplicarlo a gran escala, por otra por la total erradicación de la cooperación entre trabajadores para llevar a cabo el proceso productivo. En ese marco de reducción de la tasa de ganancia la patronal intenta aumentar las condiciones de explotación, ya a principio de la década de los 60: reducción de horas de trabajo sin compensar la pérdida de salarios, pérdidas de primas, reducciones de plantilla, etc.

Al mismo tiempo, la entrada de Francia en el Mercado Común conlleva una serie de reestructuraciones que favorecen la concentración capitalista de los sectores más competitivos. Esta reorganización prevee el desplazo forzado de miles de trabajadores de unas regiones que quedan desiertas a unas pocas regiones industriales. Esta será en realidad una herramienta de devaluación de la fuerza de trabajo global, fomentando la competencia en el seno de la clase. El desempleo parcial, las deslocalizaciones, la rebaja de las condiciones salariales marcan la vuelta a la conciencia entre los trabajadores de una verdad fundamental: el mercado de trabajo es el lugar de la precariedad para el proletariado. Se acabó el supuesto derecho al trabajo; sólo existe una relación de fuerza entre compradores y vendedores de fuerza de trabajo y que los capitalistas se están llevando el gato al agua. La respuesta de los obreros no se hace esperar. Huelgas, manifestaciones y enfrentamientos violentos con la policía se suceden desde el comienzo de los años 60 sin que los sindicatos, completamente esclerosados, puedan controlarlas.

2. Contra el Imperialismo

Los primeros fermentos de la revuelta provienen de esa herida aún abierta en la sociedad francesa que es la guerra de Argelia. Ya a mediados de la década de los años 50 nace una oposición en la metrópoli, muy minoritaria, al papel vergonzante de Francia. A pesar de la censura y la represión, se publican de forma semiclandestina documentos que prueban el uso de la tortura en Argelia, aparece algún artículo denunciando la colonización e incluso se organizan huelgas en solidaridad con los soldados movilizados. El estado no tarda en reaccionar y recurre a atentados y asesinatos de militantes argelinos y franceses, ya firmados por la OAS, Organización del Ejército Secreto por sus siglas en francés, organismo de extrema derecha, ya bajo cubertura de una presunta organización de extrema izquierda llamada la Mano Roja (que juega el mismo rol que la Mano negra en Andalucía en los años treinta)

De mayor importancia quizás, en el otro lado del mundo, en Vietnam, la guerra por la liberación de la ex-colonia francesa contra la ocupación americana se erige en símbolo de todos los oprimidos. No podemos aquí describir el horror de la invasión ni la valentía, la dignidad y la capacidad de resistencia del pueblo vietnamita. Valga decir que la solidaridad con su lucha será un revulsivo en muchas otras geografías donde jóvenes estudiantes y trabajadores empiezan a vincular la violencia que sufren en su día a día con el imperialismo norteamericano. Como recogerá un eslogan de la época “Vietnam está en nuestras fábricas”. Pero más allá de Vietnam se alzaba como un faro Cuba y la revolución del 59, así como diferentes movimientos anticapitalistas o antiimperialistas en países tan diversos como Italia, México, Angola, Brasil, Irlanda del Norte, además de la Revolución Cultural China y la Primavera de Praga.

3. Por una alternativa socialista y humanista

Mayo del 68 es la vuelta a las fuentes del pensamiento revolucionario (Marx, Lenin, Trotsky…) y a aquellos que las llevan a la práctica en aquel momento (Guevara, Fidel, Mao, Fanon…). Es la vuelta a la política desde abajo y en defensa de la clase frente a la delegación en el sistema representativo burgués. Es la denuncia del trabajo deshumanizador y la conciencia de la explotación. Es el recuso natural a la violencia como herramienta política legítima. Y también es la crítica a la burocratización del socialismo en la URSS y países satélites. Ese socialismo que constriñe la revolución un sólo país y se rinde ante la burocracia del aparato estatal. Y cuyo reflejo se constata en los diferentes Partidos Comunistas de cada país, incluyendo al PC francés que desempeña un papel vital en la derrota de la revuelta.

Mayo del 68 triunfa al insuflar vida a la política, al vivir la revolución, al creer lo imposible, al crear lo inesperado. Pero sucumbe porque falla el andamiaje, la masa organizada durante muchos años antes simplemente no existe, la clase para sí. Los referentes (PCF y CGT-F) traicionan por migajas y negocian y cuando el gobierno convoca elecciones, consiguen derivar todo el descontento al terreno institucional y desactivarlo. Al final, quizás la más importante de las lecciones que podemos aprender del mayo francés es la seguridad de que la revolución no se gana con un golpe de mano, sino que se trata de construir un proceso a largo plazo donde las masas deben ser protagonistas. Como decía el Che: “Y los combates no serán meras luchas callejeras de piedras contra gases lacrimógenos, ni de huelgas generales pacíficas; ni será la lucha de un pueblo enfurecido que destruya en dos o tres días el andamiaje represivo de las oligarquías gobernantes; será una lucha larga, cruenta”

(Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, 1967).

S.P.C.

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