Voces de mujeres (para la revolución)

Foto de Alejandro Groenewold (CC) via Flickr

– Me llamo Carmen. Tengo 49 años y un hijo de 12. Soy de Tarragona. Estoy separada. Trabajo de cajera en un supermercado. Siempre he trabajado, en casa cuando tuve al niño y sino fuera. No conozco otra cosa. Que la vida debería ser otra cosa, a veces lo pienso, que no todo puede ser trabajar y trabajar. Pero es lo que hay. Por ahora es lo que hay, hay que ir tirando no? Poco a poco todo se saca adelante –

Soy una mujer. Trabajo en un curro que no me extenúa, donde no me tratan como un pedazo de carne, donde puedo descansar y no tengo que pedir permiso para ir al baño, como si fuera una niña pequeña. Es un curro del que no temo que me echen por cualquier error o cualquier pérdida de beneficios o cualquier día de malhumor del jefe. Es un curro que no me hace sentir como un tornillo, un engranaje extremadamente complejo que se malgasta repitiendo una y otra vez la misma operación de los millones que sabe hacer. La verdad, no os miento, el trabajo me apasiona, me hace sentir útil.

– Trabajo de temporada, de marzo a octubre, en Cambrils. Entro a las 10 de la mañana, tengo una pausa a mediodía y termino a las 22h pero muchas veces trabajo hasta las doce de la noche. Tengo que desplazarme en coche a mi trabajo y pagar un párking para poder aparcarlo. Estos gastos extra los tengo que pagar yo. Cuando no hay trabajo me dicen que me vaya a mi casa y no me pagan el día. Si hay trabajo, que es lo normal, durante meses no tengo un sólo día de descanso. –

Soy una mujer que tiene hijos. No estoy exhausta todos los días ni me siento permanentemente culpable porque no doy abasto a cumplir en el curro y en casa. No tengo que pedirle otra vez a mi madre que se quede con ellos porque no puedo pagar la guardería. No me quedo hasta tarde pensando si mis hijos serán lo suficientemente listos, competitivos… para encontrar trabajo cuando sean mayores. Me preocupa que se pongan enfermos pero ya no las eternas listas de espera en sanidad y no tener dinero para pagar una mutua. Me preocupa como van en la escuela pero ya no que salgan de ella abocados a una vida de miseria.

– Tengo un hijo de 12 años. Estoy preocupada porque siento que se aleja de mi y no se como hablar con él. Hace años que casi no lo veo por el trabajo. Empieza la adolescencia y me preocupa las compañías que pueda tener. Todas las tardes esta sólo cuando termina la escuela y hasta que yo llego. Muchas veces me lo encuentro dormido. Quisiera pasar más tiempo con él pero no puedo dejar este trabajo. Estoy separada y es la única fuente de ingresos que tenemos. Ya tengo deudas con todo el mundo.-

Soy una mujer que tiene sexo. Disfruto, pruebo, descubro. Nunca ninguna pareja se ha negado a escuchar un no de mi parte, fuera en un bar, en la calle, en mi casa, en la cama, vestidos, desnudos. Nadie, nunca, se ha aprovechado de su fuerza o de mi miedo para obligarme a hacer algo que no quería. No me han educado para complacer ni para embellecer las vistas. Me gusta mi cuerpo, el placer que me otorga, pero se que mi valor no reside en él. Me gusta compartir caricias con otros, hombres, mujeres. Y a nadie le importa gran cosa. Soy una mujer que es libre en su deseo, respetada y respetuosa.

– Tengo 49 años. Yo me veo guapa, me arreglo y aparento más joven. En el currículo me quito años porque nadie quiere mujeres de 50 años para trabajar. La verdad, no pienso mucho en hombres porque no tengo tiempo. Tampoco me apetece mucho, no dan más que problemas y ya con la edad que tengo. A veces pienso que me gustaría tener compañía, sabes? pero estoy tan cansada que enseguida se me quitan las ganas.-

Soy una mujer con inquietudes. Participo en la organización de mi barrio, de mi ciudad, de mi país. Desconfío bastante de la política y los políticos pero pienso que es importante participar, a nivel de asamblea, de barrio, de municipio. Ayudarnos entre nosotros y buscar soluciones para la gente que lo está pasando mal en lo que se pueda. Invierto mi creatividad y mis capacidades en ello, es un buen complemento para el estrés del trabajo. Soy una mujer que se preocupa por como va el mundo y por los demás y no quiere reducir ese interés al ámbito de la familia.

– La verdad no tengo ocupaciones ni actividades fuera del curro. Si no tengo tiempo para nada!. De política tengo esperanza en este partido nuevo que han sacado que son todos tan jóvenes. Yo creo que pueden hacer algo por nosotros. Si ellos no hacen nada, no se quien nos va a poder ayudar. Cada vez esta la cosa peor y no se ve mejoría. A ver si acaba pronto la crisis y levantamos cabeza. –

.-.-.

Me pregunto, me preguntan, si las reivindicaciones feministas son aún válidas. Y si la revolución nos llevará a conseguir la igualdad, la libertad que como mujeres exigimos. La realidad hoy me da la respuesta. Si durante los años de abundancia capitalista, en el centro del sistema al menos, aún se podía albergar alguna esperanza de liberación de la mujer bajo el capitalismo, los años de crisis que le han seguido no han hecho más que reducir el número de mujeres que podían disfrutar de una relativa libertad y ciertos privilegios. La crisis ha recrudecido las condiciones de vida de los sectores más frágiles de la clase obrera, entre ellos las mujeres. Ante semejante ataque, enraíza la convicción de que nuestro proyecto no se diluye sino que se fortalece en el de nuestra clase. Y poco a poco desaparecen los titubeos, los errores, la desconfianza.

Es un proceso largo y duro. Es un proceso enriquecedor y contradictorio. Es lo que nos permite sacar la vista del ombligo y dirigirla al exterior, a todas las mujeres y a todos los hombres con los compartimos destino. Es la experiencia de la lucha y lo que conlleva, los debates, las lecturas, las decisiones, las responsabilidades nos enseñan hasta que punto somos fuertes como mujeres y casi invencibles como clase. Enfrentar la represión hace nacer lazos de solidaridad. Aceptar la pérdida de los que se quedan atrás nos hace más sabias y más ladinas. Forjar una unidad porque es necesaria para poder conseguir algo. Olvidar los debates vacíos, las inseguridades, la inquina. La presencia de los que han luchado por nosotras nos acompaña y nos impulsa a seguir aprendiendo, de los demás y de nosotras mismas y en último término vencer. Y seguir. Seguir siempre.

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