A vueltas con la contaminación

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La contaminación atmosférica es un fenómeno global que tiene efectos sobre el clima y los ecosistemas, tales como el ya consabido cambio climático, la destrucción de la capa de ozono y la lluvia ácida. Estos fenómenos provocan el aumento de la temperatura del planeta, la radiación ultravioleta sobre la superficie terrestre y la destrucción de los suelos por acidificación. Además, la presencia de altas concentraciones de sustancias contaminantes en el aire que respiramos tiene consecuencias directas sobre la salud de las personas.

Según recoge un informe de Ecologistas en Acción, durante 2015 el 99% de los españoles respiró aire contaminado[1], y lo que es aún más grave, la contaminación atmosférica provocó 25.000 muertes prematuras solamente en ese año.

Un gas es una substancia cuyas moléculas tienen interacciones muy débiles entre ellas, y por lo tanto tiende a expandirse por todo el recipiente que lo contenga. Los gases y/o el aire contaminado afectan primeramente a los alrededores donde se generan, pero rápidamente pueden desplazarse.

Estos gases pueden viajar cientos o miles de kilómetros de distancia, sin fronteras que se lo impidan, provocando daños ambientales y a la salud en lugares muy lejanos al punto donde se generaron. También pueden sufrir transformaciones químicas, ocasionando los llamados contaminantes secundarios, como el ozono troposférico (diferente del gas ozono que forma la capa protectora de rayos ultravioleta).
En algunos casos la acumulación de ciertos gases a nivel atmosférico, produce cambios que afectan a nivel global, como las concentraciones crecientes de dióxido de carbono o metano, gases que provocan el “efecto invernadero” causante del calentamiento global.

Estamos, por lo tanto, ante un fenómeno complejo, cuya generación y impacto empiezan siendo locales, pero pueden llegar a ser globales. Posteriormente estos efectos globales tendran una afectación diferente en cada lugar.
La dispersión y el alcance de un contaminante dependen del tiempo que permanece estable en la atmosfera, conocido como “tiempo de residencia”, y de las condiciones atmosféricas, siendo las más relevantes la temperatura, y la fuerza y dirección del viento.

A la cabeza de las actividades más contaminantes a nivel mundial está la producción industrial. Una de las consecuencias más directas de la globalización es la deslocalización de fábricas desde países llamados desarrollados a países en vías de desarrollo, y está motivada, dentro de una lógica capitalista, por dos razones principales. Por un lado, el abaratamiento de mano de obra por la falta de derechos laborales y de salud de los trabajadores. Y por el otro, la búsqueda de contextos donde la legislación en materia de protección ambiental sea escasa o nula.

Esto abre la puerta a que industrias, altamente contaminantes, se trasladen a países donde no existen restricciones a la emisión de gases y residuos tóxicos que de otra forma requerirían costosos tratamientos de descontaminación para cumplir con las leyes medioambientales básicas. Así aumentan los márgenes de beneficio para los propietarios de estos medios de producción, mientras crece la miseria de los más pobres, arrastrando a los países a una explotación aún mayor. Esto es devastador para las poblaciones, según un informe de la OMS[2] , el 88% de las muertes prematuras causadas por la contaminación se producen en países de ingresos bajos y medianos. Y además, aumenta la presión de los seres humanos sobre los recursos naturales, y los daños a los ecosistemas y el calentamiento global.

Por otro lado, debido a los altos índices de consumo de los países llamados desarrollados, las manufacturas tienen que viajar miles de kilómetros desde el lugar de producción, a los puntos de consumo, razón por la cual el transporte es otra de las principales actividades más contaminante a nivel mundial.

Muy cerca de nuestra casa, en el Camp de Tarragona, tenemos el mayor polo petroquímico del sur de Europa. Este macro complejo industrial produce en torno a 21 millones de toneladas de materias químicas anualmente, que van desde cloro, hasta plásticos (un 44% de los consumidos en el estado español), pasando por diferentes derivados y fracciones del petróleo como gasolinas, betunes, etileno o butadieno.

Pero no está exento de sombras, a pesar de las diferentes legislaciones ambientales vigentes, catalana, española y europea. Se considera1 que muchos contaminantes no son suficientemente analizados, ni en la frequencia ni por la deficiente red de medición existente. Es conocido el estudio de investigadores de la UPC donde se encontraron contaminantes cancerígenos como el benceno por encima de los límites saludables.[3]

Mientras la dirección y la propiedad de las indústrias está en manos de las juntas directivas de grandes compañias, no hay posibilidades para trabajadores y trabajadoras de controlar su propia producción. En estas nuevas circumstancias seria más factible una mejor aplicación de las más modernas y limpias tecnologias. Se podrían inviertir las enormes plusvalías en más seguridad laboral y ambiental. También plantear una racionalización la producción, sin tener que aftectar a los puestos de trabajo.

Ante este panorama global, la solución pasa por romper con la lógica del progreso basado en la explotación, el consumo y el extractivismo, como única vía para abrir un camino de desarrollo diferente, que además de mejorar la calidad de vida de todos los seres humanos, respete nuestro entorno y no hipoteque la vida y el planeta de las generaciones futuras.

“Hay suficiente en el mundo para cubrir las necesidades de los hombres, pero no para satisfacer su codicia.” Mahatma Gandhi

 

Bárbara Rodríguez
Virgili Zulueta

Tarragona, Diciembre 2016

 

  1. Se considera “aire contaminado” el aire con concentraciones de productos nocivos por encima de los límites de la OMS. La calidad del aire en 2015. Informe de Ecologistas en acción.
  2. http://www.who.int/phe/health_topics/outdoorair/es/
  3. https://www.scribd.com/document/254949319/Dossier-de-Premsa-UPC
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