Gramsci en Telecinco


Hegemonía, comunicación y mercado

‘’Muchas instituciones contribuyen al desarrollo y mantenimiento de la dominación cultural hegemónica: pero, de éstas, los sistemas de medios de comunicación de masas son probablemente (junto con la escuela) los críticos’’

La forma en que se articula la cultura, en tanto que ésta es una creación humana, está sujeta a los cambios propios de todo aquel sujeto que se encuentra sometido a la naturaleza cambiante, poliédrica y contradictoria de la realidad.

A lo largo del tiempo, la cultura ha ido tomando diferentes caras y expresiones formales. Eso explica, por ejemplo, las diferentes corrientes estéticas dentro del arte o la variación que han sufrido ciertas costumbres sociales a lo largo de la historia de la humanidad, algunas ya obsoletas y otras nacientes. Sin embargo, a lo largo de todas las épocas, se puede distinguir un rasgo común en todas las civilizaciones: la gran mayoría de las convenciones sociales que las sustentan sirven para cristalizar un orden social determinado y para justificar, en última instancia, el carácter desigual y jerárquico de la estructura social.

De esta manera, mediante la llamada hegemonía cultural, en términos gramscianos, las clases dominantes consiguen imponer su cosmovisión particular sobre la concepción de la realidad de los oprimidos, convirtiendo así a las clases dominadas en rehenes de un modelo cultural cuyo funcionamiento no sirve para defender sus intereses de clase, étnia o género.

Como bien apuntaba el pensador Stuart Hall (1972)1, gran estudioso de la doctrina de Gramsci, ‘’muchas instituciones contribuyen al desarrollo y mantenimiento de la dominación cultural hegemónica: pero, de éstas, los sistemas de medios de comunicación de masas son probablemente (junto con la escuela) los críticos’’

Esto es, la ideología dominante imprime en prácticamente todas las esferas de la vida, especialmente en aquellas encargadas de reproducir los roles y representaciones culturales —como los medios de comunicación de masas o la enseñanza—, la voluntad de presentarse a sí misma como la única concepción posible de la realidad y, por tanto, se impone como una visión totalizante, incluso alienante, para todos los agentes que conforman la estructura social.

La irrupción de las llamadas tecnologías de la información a lo largo de la década de los 90 ha provocado una revolución sin precedentes en el campo de la comunicación. La información se produce y circula por el ciberespacio a una velocidad inusitada en la historia de la humanidad y a un ritmo humanamente incomprensible.

El desarrollo y consolidación de nuevos canales y plataformas digitales ha cambiado radicalmente el funcionamiento del proceso comunicativo históricamente establecido por los medios de comunicación de masas tradicionales. La llamada democratización de la información, derivada del abaratamiento de los costes de los aparatos electrónicos con conexión a Internet y la popularización de los mismos, ha generado una nueva dinámica en el ámbito de la comunicación. Las redes sociales brindan a sus usuarios la posibilidad de no sólo informarse y ser meros consumidores de información, sino también de difundir mensajes, y constituir así realidad a través de sus experiencias y opiniones, de forma presuntamente libre. La prensa escrita, los informativos emitidos a través de la radio o, incluso, a través de la televisión, se ven progresivamente eclipsados por un nuevo espacio cibernético que ha llegado para quedarse.

Paralelamente al meteórico apogeo de las RRSS, los medios de comunicación de masas tradicionales se adentran en una crisis clara de legitimidad y credibilidad. Consideradas parte consustancial del bautizado como stablishment, una suerte de conglomerado de élites políticas y oligopolios mediáticos, cadenas de televisión de prestigio mundial como CNN, NBC o FOX quedaron a la altura del betún tras hacerse patente el evidente apoyo que hicieron a la campaña electoral de Clinton, a la cual situaban por encima de Trump en cuanto a intención de voto en todos los sondeos.

Episodios como éste revelan la verdadera naturaleza de los gigantes de la comunicación. Su propósito no es garantizar el derecho de la ciudadanía a disfrutar de una información libre y veraz, sino maximizar sus beneficios indefinidamente. En el caso de las elecciones estadunidenses, esta determinación se materializó en el apoyo sin matices a la candidatura de la aspirante del Partido Demócrata a la Casa Blanca.

El caso español es, sin duda, paradigmático. La liberalización del sector, emprendida inicialmente en el año 1987, dio lugar a un mercado de la comunicación oligopólico. Los grupos PRISA, Planeta, Vocento, Zeta y Unidad Editorial controlan los principales medios de comunicación del país. Medios como El País, Le Monde, Cadena Ser, Huffington Post, ABC, Cope, El Periódico, La Razón, la Sexta y Antena 3, por nombrar unos pocos, están todos en manos de este reducido y selecto grupo que conforma el oligopolio mediático español. Teniendo en cuenta que los accionistas mayoritarios de estos medios son bancos privados, fondos de inversión y estamentos de la nobleza, parece evidente que la libertad de prensa en el Estado español se resume a la libertad de la oligarquía financiera de producir prácticamente todo lo que los ciudadanos vemos, leemos y escuchamos.

No es casual que, en determinadas cuestiones, tanto geopolíticas como más locales, todos los medios del capital cierren filas en torno a un mismo discurso. Por ejemplo: el apoyo a los grupos yihadistas encuadrados en el Frente Al-Nusra, catalizados bajo el paraguas del llamado Ejército Sirio Libre y bautizados como rebeldes moderados en un giro orweliano del lenguaje, por parte de los medios y gobiernos occidentales, deja entrever el interés de estos últimos de derribar el gobierno de Al-Assad, contrario a los intereses geopolíticos de los EEUU y la UE.

Otro ejemplo evidente es la escandalosa beligerancia de los medios en el caso de Venezuela. El apoyo a la oposición al gobierno llega hasta límites insospechables, tales como defender las guarimbas, el acaparamiento y la tesis de que en la República Bolivariana no hay elecciones libres. La pretensión que esconde este espejismo de información se resume a tratar de derribar el gobierno del PSUV, alineándose así con los intereses económicos de las empresas petroleras expropiadas y con el afán imperialista de los Estados Unidos de América.

El caso de las RRSS no parece mucho más prometedor. Estas plataformas, las cuales no dejan de ser también empresas con un volumen de negocio gigante a costa de la venta de datos personales a otras corporaciones para sus campañas de publicidad segmentada, tienden a convertirse en un mero repetidor del discurso dominante. Pascual Serrano, en su artículo Las redes sociales y la espiral del silencio (Serrano, 2015)2, señala cómo en estos canales digitales se genera una dinámica interpersonal análoga a la teorizada por Elisabeth Noelle-Neumann, La espiral del silencio.

Pascual resume este concepto de la siguiente forma:

‘’Las corrientes de opinión dominantes o percibidas como vencedoras generan un efecto de atracción que incrementa su fuerza final. Los movimientos de adhesión a las grandes corrientes de opinión son un acto reflejo del sentimiento de protección que confiere la mayoría y el rechazo al aislamiento, al silencio y la exclusión. Es más, quienes se identifican con corrientes que no tienen el reconocimiento mayoritario, tratan de ocultar sus opiniones. (…) la sensación de sentirte de pensamiento minoritario es lo que en el lenguaje coloquial he llamado en alguna ocasión “síndrome de perro verde”

Las principales RRSS, como Facebook o Twitter, emplean mecanismos algorítmicos de interacción y difusión fundamentados en la cantidad de seguidores que tengan los usuarios, de forma que aquellos que no gocen de una base sólida de adeptos quedarán condenados al ostracismo. Los medios de comunicación hegemónicos consiguen de esta forma imponer su discurso sobre el resto de voces, ya que su condición de ventaja en el mercado le permite reproducir su supremacía también en el espacio cibernético

Serrano explica el fenómeno con precisión en la siguiente cita:

‘’En conclusión, las nuevas redes sociales, no solo no han terminado con la espiral de silencio, sino que son todavía más vulnerables que las relaciones sociales interpersonales. Los ciudadanos buscan ser reconocidos socialmente a través del número de seguidores, los “me gusta” o los comentarios positivos en las redes. Y para ello, aparcan los temas espinosos o sobre los que consideran que sus opiniones son minoritarias. (…) Que nada chirríe. De ahí que ya tenemos otro nuevo entorno en el que debemos ser díscolos y no aceptar la espiral del silencio, las redes sociales. Y si no nos siguen que no nos sigan, y si no les gusta que no les guste’’

La conclusión de este breve análisis es, ciertamente, desalentadora. Ni los medios de comunicación de masas tradicionales ni los nuevos canales son capaces de garantizar el derecho a una información libre y veraz —y mucho menos de defender los intereses de las clases populares—. Para poder pensar esta cuestión valdría la pena reformular el ya clásico razonamiento de Marx (1867): ‘’Un negro es un negro. Sólo bajo determinadas condiciones se convierte en un esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina de hilar algodón. Sólo bajo determinadas condiciones se convierte en capital’’. Tirando de ese hilo, sería fácil concluir que un periódico es un periódico, y sólo bajo determinadas condiciones se convierte en un panfleto alienante. Evidentemente que difícilmente se pueda terminar de raíz con el problema de la independencia y veracidad de los medios de comunicación estando inmersos en unas relaciones sociales conflictivas basadas en la explotación. Sin embargo, existen ciertas iniciativas que podrían resultar beneficiosas en este aspecto sin necesidad de un cambio drástico de las relaciones de producción capitalistas.

Por un lado, existe la posibilidad de articular medios de comunicación independientes que muestren una visión alternativa a la de los grandes medios de masas, cuya financiación derive solamente de las aportaciones periódicas de sus suscriptores. Aunque poco efectiva, ya que estos medios tienden a ser humildes y su viabilidad y difusión es siempre complicada, esta opción puede suponer un gran avance a pequeña escala. Publicaciones como La Directa constituyen un claro ejemplo en este sentido,

Por otro lado, la fórmula aparentemente más efectiva sería la misma que se adopta, por ejemplo, en la educación para blindar su independencia: gestión pública bajo un régimen de libertad de ejercicio. Se tiende a solapar en el debate público, de forma intencionadamente errónea, la gestión pública de un medio de comunicación con la instrumentalización gubernamental o partidista del mismo. Nada más lejos de la realidad. El uso partidista de los medios públicos en la actualidad es obvio y constituye una violación flagrante del derecho a la libre información. Precisamente el reto consiste en remodelar la estructura y el funcionamiento de estos medios para conseguir que los periodistas, como individuos, disfruten de la misma libertad para informar de la que disfrutan los docentes para ejercer la enseñanza.

El filósofo Carlos Fernández Liria (2016)3 escribió lo siguiente al respecto:

‘’Se trata simplemente de instituir la independencia profesional del periodista, del mismo modo que los profesores tienen libertad de cátedra y los jueces tienen blindado el ejercicio libre de su función. En el terreno de la enseñanza, la libertad de cátedra termina en el ámbito de la enseñanza privada, donde un profesor puede ser despedido por no ceñirse a los dictados de la empresa que le contrató. En el ámbito de la Justicia se consideraría obviamente una catástrofe que los jueces pudieran ser cesados por dictar sentencias que no convinieran a determinados grupos empresariales. En ambos casos la libertad de cátedra y la independencia judicial se soportan en el carácter estatal de dichas instituciones.

Por contraste -y esto demuestra lo mucho que nos han comido el coco al respecto- la idea de estatalizar la prensa se considera siempre una extravagante ocurrencia totalitaria. Se confunde aquí muy interesadamente la idea de una prensa estatal con la de una prensa gubernamental. Es tan absurdo como decir que la enseñanza pública es gubernamental o que es una ocurrencia totalitaria. Lo mismo que sería pretender que, como siempre se corre el peligro de que el gobierno manipule el poder judicial, lo mejor sería… ¿qué? ¿Una justicia privada? Una prensa privada es tan incompatible con la libertad de expresión como una justicia privada sería incompatible con la justicia.

Los periodistas deberían acceder a los medios de producción de información y comunicación a través de un sistema de oposiciones, con tribunales que juzgaran en sesión pública según baremos aprobados por el poder legislativo. Deberían poder ejercer su función sin temor al despido, por periodos también acordados por la ley. De este modo, habría tanta libertad de prensa como libertad de cátedra en la enseñanza pública. En la situación actual, hay tanta de la primera como de la segunda en la enseñanza privada: ninguna. Los profesores de la enseñanza privada saben perfectamente que no pueden mantener su trabajo más que adecuándose a las exigencias ideológicas de la empresa que los contrató. Lo mismo ocurre con los periodistas y con ese ejército de intelectuales tan queridos por nuestros medios de comunicación’’

 

Gabriel Arqué García

 

1Hall, Stuart. (1972). Situating Marx, Londres, Human Context

2Serrano, Pascual. (2015). Las redes sociales y la espiral del silencio. http://pascualserrano.net/ Recuperado de: http://pascualserrano.net/es/noticias/las-redes-sociales-y-la-espiral-del-silencio/

3 Fernández Liria, Carlos. (2016). El ocaso de una dictadura mediática. http://www.espacio-publico.com/un-debate-largamente-aplazado#comment-5473

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