TIERRA INCÓGNITA


Mucho se ha escrito sobre la primera revolución socialista victoriosa de la historia. Unos para satanizarla y otros para reivindicarla, un siglo después, a nadie deja indiferente. Nuestro objetivo es aportar un modesto granito de arena en la tarea de realizar una reflexión crítica, que nos sirva para aprender de ella, de sus errores y de sus aciertos. Nuestra defensa incondicional de la revolución de octubre nos lleva a querer profundizar en las circunstancias en las que se desarrolló para comprender su evolución posterior. Somos conscientes de que caminamos por un campo de minas y que la tremenda carga ideológica que conlleva reflexionar sobre la revolución de Octubre y el primer estado obrero de la historia, es un pesada losa que nos dificulta ser objetivos. Queremos ser críticos porque el peor favor que podemos hacer a la causa de la lucha por el socialismo es el del acriticismo. Nuestra incondicionalidad no debe transformarse en unas orejeras ideológicas que nos hagan aceptarlo todo. Tal como decía el viejo Marx (hoy más joven que nunca), el deber de los revolucionarios consiste en cuestionarlo todo.

La mitificación de un acontecimiento implica una carga mágica que nada tiene que ver con el marxismo. Lo primero que tenemos que tener claro, aunque a algunos les pueda sonar a tontería, es que Lenin y los bolcheviques no eran infalibles, eran humanos y se equivocaron muchas veces. Caminaban por un territorio virgen, totalmente desconocido. Una terra incógnita que jamás nadie había hollado.

Marx y Engels nunca describieron como iba a ser ese camino, por la sencilla razón de que nunca nadie lo había atravesado. La construcción de la sociedad socialista sólo puede ser fruto de la experiencia de los trabajadores y no de la mente de unos cuantos iluminados. Los problemas con los que se iban a encontrar los que se enfrentaran a la tarea de construir el socialismo no podían preverse por adelantado. Para más inri, estaban convencidos de que la transición sólo era posible en los países capitalistas avanzados. Muchos consideran que esa afirmación fue un error garrafal de los “viejos”, porque lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. Surgió en países atrasados que apenas habían iniciado un desarrollo capitalista incipiente. No es cierto. En sus últimos años de vida, Marx atisbó la posibilidad de que la atrasada Rusia pudiera dar una sorpresa y se ahorrase la etapa capitalista, eso sí, siempre y cuando fuera socorrida por la revolución socialista europea.

Los bolcheviques tampoco creyeron que el socialismo fuera posible en la semifeudal Rusia. Estaban convencidos de que la revolución socialista iba a empezar en Europa Occidental y que Rusia iba a ser tan solo un eslabón secundario más, que iba a nutrirse para sobrevivir y avanzar de los países económicamente más avanzados. Incluso mucho después de octubre, siguieron creyendo que la ironía de la historia había permitido que ellos fueran tan solo los primeros.

“No ha sido nuestra voluntad, sino las circunstancias históricas, la herencia del régimen zarista y la debilidad de la burguesía rusa las causas de que (nuestro) destacamento se haya anticipado a los otros destacamentos del proletariado internacional: no lo hemos querido, han sido las circunstancias las que lo han impuesto. Pero debemos permanecer en nuestro puesto hasta que acuda nuestro aliado el proletariado internacional” (1).

Pero lo que hizo la historia fue tenderles una trampa mortal. La revolución sólo triunfó y sobrevivió en la semibárbara Rusia. Tal como dice Isaac Deutscher (2), la tragedia histórica de los bolcheviques en su período heroico, fue que nunca aceptaron que la peor de las posibilidades era la que iba a hacerse realidad. Estaban convencidos de que tarde o temprano el conservadurismo de la clase obrera europea occidental iba a romperse en pedazos, para que saliera a flote su instinto revolucionario. Pero la revolución europea fracasó y la avanzadilla de la joven Rusia revolucionaria se quedó aislada y acosada por sus enemigos que ansiaban destruirla, temerosos de que su simple supervivencia provocara tarde o temprano el contagio en otros países. La fe en la inminencia de la revolución se mantuvo prácticamente hasta la instauración de la NEP, e incluso después se consideró que tras aquel período de reflujo , la revolución socialista mundial era cuestión de tiempo.

La tesis de Marx de que el socialismo sólo podía surgir de las contradicciones del capitalismo desarrollado no era gratuita. Era necesario que las fuerzas productivas se desarrollaran de tal modo, que hicieran posible una clase obrera numerosa, organizada y educada en la lucha política, fuera capaz de apoderarse del aparato productivo capitalista, para ponerlo al servicio de sus intereses y de la mayoría de la sociedad. Nada de eso existía en la Rusia de 1917, que a pesar de contar con un proletariado combativo que había protagonizado tres revoluciones en tan solo quince años, no era más que una isla en un inmenso mar campesino, que tan solo aspiraba a emanciparse de los terratenientes, para tener su pequeña explotación familiar

Los bolcheviques dirigieron la revolución en un país que se encontraba en un avanzado estado de desintegración, en medio de una sangrienta guerra europea que nadie, salvo ellos, estaba dispuesto a parar. Apenas tomado el poder tuvieron que hacer frente a una feroz guerra civil contra los ejércitos blancos, que con la ayuda de las potencias imperialistas pretendían aplastar a sangre y fuego la revolución, para restaurar el viejo orden zarista. Un país en el que apenas quedaba industria, en el que las vías ferroviarias estaban en su mayor parte inutilizadas, y en el que los campesinos se negaban a suministrar alimentos a las ciudades, a cambio de una moneda que no valía nada y con la que apenas tenían que comprar.

Lenin y los suyos pisaban un terreno resbaladizo y en unas circunstancias límite, tomaban medidas casi siempre desesperadas y después corregían sobre la marcha, muchas veces para volver a equivocarse. La situación en la que se encontraban no les daba más margen para maniobrar. Era vencer o morir. Algunos de sus errores fueron graves y tuvieron serias consecuencias para el movimiento revolucionario. Esto, lejos de empañar su imagen, la engrandece.

Muchos detractores han acusado a los bolcheviques de haber llevado a cabo un golpe de estado, y de pretender disfrazarlo de revolución; de representar en el mejor de los casos a una minoría y de que por consiguiente, para sostenerse en el poder, habrían tenido que recurrir al terror y a la represión. No es cierto.

Es verdad que los bolcheviques eran un partido obrero y por tanto su base social era el proletariado urbano, una fracción minoritaria de la sociedad rusa. Pero tal como reflexiona Rosa Luxemburgo, aliada de los bolcheviques, pero también crítica implacable de sus obras, cuando no estaba de acuerdo: “No es a través de la mayoría como se llega a la revolución, sino a través de la revolución como se llega a la mayoría” (3).

En Octubre, los soviets de Petrogrado y Moscú debían tomar el poder, pero era el partido el que debía preparar la sublevación y llevarla a cabo. La estructura asamblearia de los soviets no parecía la más indicada para preparar y llevar a cabo la insurrección. ¿Golpe de estado? No, pero en el peor de los casos, el “golpe de estado” lo hicieron encumbrados en una gigantesca ola social que todo lo barría. La metáfora de Trotsky es suficientemente explícita, para comprender el punto de vista de los bolcheviques : “Los métodos de la democracia tienen sus límites. Se puede interrogar a todos los viajeros de un tren para saber cual es el tipo de vagón que mejor les conviene, pero no se puede ir a preguntar a todo para saber si hay que frenar en plena marcha del tren que va a descarrilar. No obstante, si la operación se efectúa con destreza y a tiempo, se podrá contar con seguridad con la aprobación de los viajeros” (4).

La caída del Palacio de Invierno, sin apenas resistencia armada, ni derramamiento de sangre, pone al descubierto la completa quiebra del gobierno provisional y de quien representaba en aquel momento los intereses de la mayoría.

Ningún otro partido estaba dispuesto a encarnar los deseos de la mayoría de la sociedad, la paz, el pan y la tierra. Los mencheviques defendían que el socialismo sólo era posible después de un largo período capitalista, y que era la burguesía la que debía dirigir ese estadio de la revolución (a pesar de que ésta clase había dado sobradas pruebas de que no estaba dispuesta a encabezar ninguna revolución democrática y de que prefería medrar a la sombra del zarismo). Los trabajadores debían apoyar y subordinarse a los intereses de los capitalistas. La mayoría de los dirigentes del partido socialista revolucionario querían continuar con la guerra europea y posponer una reforma agraria negociada con los grandes propietarios, para un futuro indeterminado.

En septiembre de 1917, el bolchevismo se convirtió en un partido de masas. El 25 del mismo mes Trotsky era elegido presidente del soviet de Petrogrado, y poco después Noguín subía a la presidencia del de Moscú. Los comités de fábrica, los sindicatos y los soviets caían uno tras otro bajo su influencia política. El partido bolchevique expresaba en su programa lo que deseaban de forma confusa las clases populares: la paz y la tierra. Eso explica su rápido crecimiento, cuando pocas semanas antes, era tan solo un partido minoritario, de segundo orden.

En Octubre, lo que menos le preocupaba a Lenin era si contaban o no con la mayoría formal. Lo que contaba para él era cómo se orientaban las masas. El eje de su pensamiento era la toma del poder para establecer desde él las alianzas que hicieran posible esa mayoría social. No es casualidad que al día siguiente de la toma del Palacio de Invierno, los primeros acuerdos de los soviets con mayoría bolchevique fueran decretar la retirada de Rusia de la sangrienta guerra europea y la entrega de la tierra a los campesinos. Fue en ese momento cuando la minoría revolucionaria se transformó en mayoría, y cuando las antiguas mayorías desaparecieron para siempre.

Mientras un sector del partido se oponía a la insurrección, otro prefería postergarla y otro se mantenía a la expectativa, Lenin se mostró partidario el ir al todo por el todo. Trotsky opinaba lo mismo, pero era partidario de esperar a la celebración del II Congreso de los soviets, donde los bolcheviques iban a tener una amplia mayoría. De esta forma el “todo el poder a los soviets” habría quedado legitimado por una decisión de la asamblea soberana. La postura de Trotsky era políticamente más correcta pero tenía sus peligros. En las situaciones revolucionarias, los días y a veces hasta las horas cuentan para decantar la victoria hacia un lado o hacia el otro. Lenin prefirió no correr riesgos y adelantarse a los acontecimientos. El partido, a través del Comité Militar Revolucionario del soviet de Petrogrado, que controlaba por completo, preparó y llevó a cabo la ocupación del Palacio de Invierno. “Los bolcheviques no tienen derecho a esperar el Congreso de los soviets, han de tomar el poder enseguida… Tardar es un crimen. Esperar el Congreso de los soviets es un juego pueril de formalidades, es traicionar a la revolución” (5).

Lenin y Trotsky sabían que contaban con la mayoría de los delegados del Congreso y por consiguiente que habrían ganado la votación. Quizás esa acción habría “legitimado” la insurrección y habría quitado argumentos a los que consideran que actuaron a espaldas de los soviets . Pero Lenin temía que el gobierno provisional todavía pudiera echar mano de algunos destacamentos que todavía le fuesen fieles. Las vacilaciones de los bolcheviques en Moscú, tuvieron un desenlace diferente. Dieron tiempo a las fuerzas contrarrevolucionarias para organizarse y el resultado fue mucho más costoso y sangriento.

El historiador Oskar Anweiler (6) argumenta que los soviets no tomaron el poder por sí mismos, al contrario de lo que ocurrió con la Asamblea Nacional francesa de 1789 y que este pecado mortal, fue la causa de su posterior decadencia y extinción como órganos independientes del poder popular. La Asamblea francesa tomó el poder en nombre de una alianza entre la burguesía y las clases populares, frente a la aristocracia feudal y la monarquía absoluta. Nada parecido ocurría en Rusia. La burguesía se había aliado con el zarismo y conspiraba contra la revolución. La mayor parte de la izquierda era contraria a que los soviets tomaran el poder y apostaba por una democracia parlamentaria. Y el movimiento campesino todavía no se había unido a los soviets de obreros y soldados y hacía la guerra por su cuenta, ocupando las fincas de los grandes propietarios. El avanzado estado de descomposición del ejército no implicaba que no pudieran existir fuerzas leales al gobierno provisional. Anweiler ve en la acción de los bolcheviques la prueba de su ocultas intenciones dictatoriales. No deja de ser una especulación que parece desmentida por las vacilaciones y disputas posteriores de los mismos dirigentes bolcheviques.

Anweiler (7) opina que, como una serie de soviets se habían declarado en contra de la celebración (y en consecuencia, no enviaron sus delegados), el segundo Congreso de los soviets era menos representativo que el primero. La aritmética formal a menudo está reñida con la historia. Con este argumento parece querer restarle valor al hecho de que existiera una nueva mayoría bolchevique (300 de los 670 diputados), a la que habría que añadir el centenar de representantes del ala izquierda eserista, que mantenían posiciones cercanas. Sin embargo tiene que reconocer que de las 366 organizaciones soviéticas, 255 se declararon a favor del “todo el poder a los soviets” (el 69,6%), 81 a favor de la democracia revolucionaria o de un gobierno de coalición sin el partido cadete (la burguesía) (22,1%), mientras que 30 se mostraban indecisos (8,3%). Hablando en plata, el 70% del Congreso era partidaria de derrocar al gobierno provisional y sustituirlo por una democracia asamblearia y solo el 22% se oponía.

Otro mito que debe de ser desenmascarado, es el de que los bolcheviques destruyeron la incipiente democracia que existía en Rusia desde la revolución de febrero. Tampoco eso es cierto. El gobierno provisional sólo se representaba a si mismo. Los terratenientes y la burguesía conspiraban en su contra. El general Kornilov había intentado unas semanas antes pasar por encima de él, para aplastar el movimiento revolucionario. No tenían ninguna ilusión en la capacidad de Kerensky para hacer retroceder a las clases populares. El campesinado exigía la tierra y se tomaba la justicia por su mano. Las grandes propiedades eran asaltadas y expropiadas, sin que nadie tuviera en cuenta la voluntad del gobierno. Los soldados estaban hartos de una guerra sangrienta y sin fin, y deseaban volver a sus hogares para poder participar en el reparto de las tierras. El gobierno se movía entre dos fuerzas colosales que iban a enfrentarse en un combate mortal. Si triunfaba la reacción, era el viejo orden zarista y no la democracia burguesa lo que iba a restaurarse. Si triunfaban los trabajadores y el campesinado pobre, la revolución iba a liquidar todo lo que quedaba del viejo orden. La democracia parlamentaria estaba condenada, porque ni la misma burguesía estaba interesada en ella.

Los bolcheviques vieron la posibilidad de que la revolución triunfase y la aprovecharon, esperando el triunfo inminente de la clase obrera alemana. No hacerlo habría sido criminal, porque habría entregado al movimiento revolucionario atado de pies y manos a la más negra reacción zarista. Pretender que una vez el poder, iban a hacer una revolución inmaculada, de guante blanco, sin errores ni excesos y sin violencia es una estupidez que no vale la pena ser contestada. Nunca se hizo una revolución sólo con una sonrisa y una flor en los labios.

Tal como argumentaba la misma Rosa Luxemburgo, en aquellas circunstancias tan adversas y en una situación de total aislamiento de la revolución, la posibilidad de construir una sociedad socialista democrática (entendiendo por democracia no el concepto burgués imperante, sino la democracia en la que el proletariado y las clases populares son y participan activamente del poder) era totalmente utópica.

Dicho esto. Una vez ha quedado clara que la crítica que pretendemos llevar a cabo, forma parte inseparable de nuestra incondicionalidad hacia la revolución de Octubre, creemos que es importante, reflexionar sobre esos errores (si los hubo), porqué sucedieron (qué circunstancias los hicieron posible) y cuales fueron las causas de su degeneración posterior.

“Tampoco cabe duda alguna de que muchas de las decisiones más graves que Lenin y Trotsky, los dirigentes más capacitados de la revolución rusa, tuvieron que tomar en su camino sembrado de espinas y de trampas de todo tipo, se tomaron tras vencer las indecisiones internas más profundas y en lucha, también contra las resistencias más extremas; y nada parecería más impropio a estos dirigentes que la idea de que todos sus actos, realizados en las condiciones amargas de coacción y de urgencia, en el torbellino vertiginoso de los acontecimientos sea admitidos por la Internacional como modelo sublime de política socialista, pues tal es una actitud para la que únicamente resultan apropiadas la admiración acrítica y la imitación servil” (8).

Algunos críticos doctrinarios han arremetido contra uno de los trabajos más lúcido de Lenin “El Estado y la Revolución”, comparando su contenido con lo que fue la realidad de la Rusia posrevolucionaria y ven ello la prueba de la perversidad y el engaño de los bolcheviques que conspiraban en secreto para implantar su dictadura. Lamentablemente, la ideología en ocasiones se convierte en unas anteojeras que no dejan ver la realidad. Los revolucionarios no escogen ni el momento, ni el terreno que consideran adecuado para llevar a cabo la revolución, simplemente la llevan hacia adelante, hasta sus últimas consecuencias. Otros advierten satisfechos y pagados de sí mismos, que todo poder corrompe, y que la tragedia de los bolcheviques consistió en que al atreverse a tomarlo, se corrompieron y construyeron su dictadura sobre el proletariado . Lamentablemente esta superstición desemboca en un callejón sin salida. Si no se puede tomar el poder para cambiar las cosas, lo dejamos en manos de nuestros enemigos de clase y acabamos aceptando que vivimos en el mejor de los mundos posibles, eso sí, desde una postura crítica, anticapitalista y… estéril.

La historia tiene un extraño sentido del humor. Las mismas condiciones que permitieron a los bolcheviques alzarse con la victoria (sus adversarios eran los restos del feudalismo y un capitalismo subdesarrollado), hizo que su tarea posterior se hiciese en las peores circunstancias. La toma del poder y la destrucción del estado capitalista es la etapa más fácil de una revolución (si se puede decir así) . La más difícil es construir a partir de las viejas ruinas, la nueva sociedad.

Acabadas las jornadas de Octubre, el gobierno revolucionario se encontró con una economía que desde el comienzo de la guerra europea caía en picado. En vez de encontrarse con una industria en pleno funcionamiento, unos recursos de capital y un proletariado preparado para hacerse cargo de la producción, como en los países capitalistas avanzados, tuvo que utilizar los de un país atrasado y en plena descomposición. En aquellas condiciones, lo único que podía socializarse era la miseria y la escasez endémicas, y no la abundancia de la que hablaba el marxismo. Un proletariado minoritario, poco preparado y sin experiencia política (la democracia parlamentaria en Rusia sólo tenía unos meses de antigüedad y los sindicatos y los soviets apenas eran unos recién nacidos) y un campesinado sin conciencia social, que sólo ansiaba apoderarse de la tierra, y que después de haberlo conseguido, se enfrentó a las exigencias de los bolcheviques para que alimentaran a las ciudades y ayudaran a poner en marcha la escasa industria existente.

La advertencia de los mencheviques de que no existían las premisas necesarias para la construcción del socialismo eran correctas, pero se olvidaban de que los capitalistas no tenía ningún interés en separarse del zarismo. Lenin y sus camaradas estaban de acuerdo de que en Rusia no existían las condiciones necesarias para la construcción inmediata del socialismo, pero si la burguesía no estaba dispuesta a llevar a cabo la revolución democrática, sería el proletariado y su aliado el campesinado pobre, los que sí que lo harían.

Los revolucionarios rusos esperaban que la revolución internacional acudiera en su ayuda y les permitiera realizar sus tareas en un proceso progresivo y continuo. La realidad fue muy distinta a la que esperaban. La revolución alemana fue derrotada y en el resto de los países europeos no llegó a producirse (salvo en Rumanía, donde fue aplastada). Apenas en el poder, se encontraron con una situación económica desesperada y con el reagrupamiento militar de la reacción, armada y financiada por las potencias imperialistas (que todavía en guerra entre ellas, colaboraban para aplastar a los soviets). Los campesinos se negaban a entregar sus excedentes a cambio de una moneda sin valor a causa de la inflación, y con la que apenas podían comprar los pocos productos manufacturados que todavía se producían y la amenaza de una hambruna en las ciudades era inminente. Está claro que no se cumplían las condiciones mínimas para construir el estado comuna y la democracia socialista.

La estructura del nuevo estado era contradictoria. Lejos de empezar a disolverse como requerían los postulados del marxismo, tenía que fortalecerse para hacer frente a sus enemigos y acabar con la resistencia de la burguesía y el zarismo. La gravedad de la situación eran tal que en el invierno de 1917-1918, es decir apenas unas semanas después de la revolución de Octubre, la amenaza principal no era el reagrupamiento y la ofensiva de los ejércitos blancos, sino del derrumbe de toda autoridad. La burocracia del estado capitalista se había derrumbado, pero en su lugar no había nada. En tales condiciones era prácticamente imposible construir una administración colectiva de las cosas y tuvieron que echar mano, con el objetivo de que fuera algo temporal y controlado, del viejo funcionariado zarista y de los técnicos pertenecientes a la burguesía. Una burocracia que, desde el primer momento, empezó a acaparar poder y privilegios en el seno del recién nacido estado obrero. La importancia de la pelea contra el cáncer burocrático fue mal comprendida en los primeros momentos, hasta que fue demasiado tarde. Lenin dedicó sus últimas batallas a hacerle frente, antes de su muerte. Todo fue inútil.

Lejos de ser un proceso ordenado, la construcción de la nueva sociedad en los primeros años, fue caótica y marcada por la urgencia de las circunstancias. A menudo la ingenuidad y el desconocimiento del terreno que pisaban les llevó a confundir los deseos con la realidad. En plena socialización de la miseria se creyó en la posibilidad de una transición inmediata al socialismo. La práctica desaparición del rublo (que no valía nada) y su sustitución por el trueque, hizo que algunos incluso anunciaran la desaparición del dinero y el cobro de una parte del salario en especies (en comida y otros productos básicos) como uno de los primeros logros del socialismo.

La trampa era perfecta. Fracasada la revolución europea, el estado revolucionario se encontró totalmente aislado. Fuera de sus fronteras, rodeado por un cerco de estados imperialistas que conspiraban en su contra y apoyaban a sus enemigos; dentro, en medio de una mayoritaria población rural indiferente y en ocasiones hostil. A medida que transcurría el tiempo y la economía, lejos de levantar cabeza, se hundía más y más, el cansancio y la desmoralización empezó a cundir también en sectores crecientes de lo que quedaba del proletariado urbano. La que pretendía ser la dictadura del proletariado, pasó a ser cada vez más la dictadura de una minoría revolucionaria que luchaba por sobrevivir y que creía encarnar los intereses de la mayoría. En estas condiciones, el estado-comuna defendido en “El Estado y la Revolución” no tenía sentido y estaba claro que no podía llevarse a cabo, por lo menos mientras no cambiasen las circunstancias. En su lugar surge un estado con graves con deformaciones burocráticas y con una democracia más que limitada, que tiene que recurrir a la represión y al autoritarismo para sobrevivir en un mundo hostil que pretende destruirlo. En una situación de debilidad tan extrema, la premisa marxista del inicio de su extinción, no pasaba de ser una deseable utopía

Con sus errores y aciertos, los bolcheviques tienen el mérito indiscutible de haber sido los primeros que se atrevieron a asaltar los cielos. Lo que podemos aprender de su extraordinaria gesta, tiene que servirnos para ser más fuertes y más sabios. La causa de la revolución socialista mundial no ha hecho más que empezar.

 

Enric Mompó

 

(1) V. I. Lenin, O.C. XXVII pág. 395.

(2) Isaac Deutscher. “El Profeta Armado” pág. 411.

(3) Rosa Luxemburgo. “La revolución rusa”, Obras Escogidas, Tomo I pág. 33.

(4) León Trotsky. “Historia de la revolución rusa”, pág. 264.

(5) León Trotsky. Op. Cit. pág. 229.

(6) Oskar Anweiler, “Los soviets en Rusia”, pág. 202-203.

(7) Oskar Anweiler, Op. Cit. Pág. 203.

(8) Rosa Luxemburgo, Op. Cit., Obras Escogidas, Tomo II pág. 120.

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