¿Por qué las mujeres deberíamos militar más?

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Reconozco que cuando los compañeros me propusieron tratar de responder a esta pregunta, lo único que me vino a la mente fueron otras preguntas, ¿es cierto que militamos menos? ¿Por qué? ¿Acaso es que no nos sentimos lo suficientemente interpeladas por las luchas? ¿Acaso no podemos o no queremos militar? ¿O será que no sentimos los espacios de militancia como propios, o útiles?

En mi experiencia, fuera de los grupos netamente feministas, las mujeres somos, o bien minoría, o tendemos a centrarnos más en las acciones concretas y menos en el discurso. Lo que quiero decir es, que incluso en espacios de activismo o militancia donde somos numerosas, reproducimos, en ocasiones, los papeles que la sociedad nos ha inculcado, tendemos a escuchar más y hablar menos durante las asambleas, y a centrarnos más en la logística, en las necesidades urgentes o las tareas prácticas, que en los discursos.

Le pregunté a varias amigas, su opinión por este tema, a las militantes, por lo que vivían en su día a día, a las que no militan aun, por qué no lo hacían, y algunas de sus respuestas me llamaron la atención, me hablaron sobre el miedo a meter la pata al dar su opinión, a hacer el ridículo, a no saber que decir en una asamblea, a no tener suficientes lecturas, a dar un paso adelante, a la utilidad real que tendría su participación…. En algunos de sus comentarios me sentí reflejada, esa sutil sensación de inseguridad de no estar a la altura, de no valorar suficiente nuestras propias opiniones, de pensar que no tienes nada importante que aportar, pensé en cómo el sistema capitalista y patriarcal nos inculca sus valores tan profundamente que nos acompañan incluso en los espacios donde trabajamos para cambiarlo. Nos acompañan a nosotras, cuando tenemos que pellizcarnos para no dejarnos llevar por la inercia del no molestar, y les puede acompañar a ellos, que a veces, no prestan una atención suficiente a la realidad concreta de la otra mitad del mundo, o a lo que podamos aportar específicamente las mujeres.

Durante cada una de aquellas conversaciones, intentaba convencerlas y animarlas a que participaran más, a que se implicaran, hablándoles de la presencia decisiva de las mujeres en huelgas y revoluciones, de la épica que a lo largo de la historia han demostrado las compañeras que, pese a tenerlo todo en contra se enfrentaron al poder y se jugaron la vida para cambiar las cosas, y de muchos de los grandes logros conseguidos y en cómo nuestra presencia fue decisiva en muchas otras, aunque no siempre visibilizada. Ejemplos hay miles, desde las mujeres zapatistas, las obreras sufragistas, las mujeres libres en los años treinta, o las compañeras de la revolución rusa y, afortunadamente, una largo etcétera. Les decía que sí, que a pesar de lo que pueda parecer a veces, resulta que las mujeres sí que militamos, y que cuando lo hacemos, cuando nos organizamos, marcamos la diferencia.

Pero aun así, seguí teniendo la sensación de no haber dado con una respuesta contundente, aquel montón de ejemplos emocionantes no solo no me parecían una razón definitiva a mí, sino que en la mayoría de los casos, no parecía convencer a mis amigas tampoco, terminando aquellas conversaciones con desazón y pocas respuestas.

Algún tiempo después, pensé que no hace falta retrotraerse al pasado para buscar historias heroicas, hoy en día, cada mañana, montones de trabajadoras nos levantamos y salimos a la calle a dar la batalla por nuestra supervivencia y la de los nuestros. Y lo hacemos explotadas en empleos con salarios generalmente inferiores a los de los hombres lo que dificulta, aún más si cabe, vivir dignamente, cargando, además, con la mayoría de todos esos cuidados informales que son necesarios en la sociedad y generan bienestar sin producir rendimientos económicos, convirtiéndonos en una suerte de ejército silencioso que se encarga de tareas sin las que la vida no sería posible. Y todo ello en un entorno hostil y violento, los desahucios, el paro y el nivel de pobreza que sufrimos recae en gran parte sobre las espaldas de las mujeres, haciendo que los cuidados y las tareas de reproducción sean cada vez más precarias. Y a todo esto le tenemos que añadir los feminicidios y la violencia sexual, una realidad a la que estamos expuestas desde el momento en que nacemos. Tenemos que tomar conciencia de que, contra viento y marea, las mujeres hemos sido siempre parte determinante en el sustento del tejido social, desde la cocina hasta la política. Por todo esto creo que debemos militar más, porque en un mundo hostil, cada día demostramos tener valentía y fuerza para enfrentarnos a una realidad injusta y que necesitamos cambiar.

Para conseguirlo debemos empezar por darnos cuenta de que un espacio de militancia no debe ser como un día de comida familiar, sino el espacio desde donde empezar a construir la sociedad en la que realmente nos gustaría vivir a todos. Sin perder de vista que, el sistema capitalista destruye, sistemáticamente los derechos de las personas, y que debemos enfrentarnos a él con contundencia; necesitamos, además, luchar contra la opresión de género y el patriarcado que nos asfixia. En definitiva, tenemos que estar en todos los frentes, no solo para asegurarnos de que el feminismo esté desde la base, sino también para ser más y llegar más lejos, para asegurarnos de que nuestra visión, nuestra experiencia y nuestras reflexiones sean parte integrante de la nueva realidad que queramos construir.

Vivimos tiempos difíciles, en un contexto como el actual, de crisis económica, política, ecológica, alimentaria y de los cuidados, donde las condiciones de vida se degradan a toda velocidad, es urgente que demos la batalla. Es el momento de implicarnos, de pensar en qué mundo queremos construir, y debemos hacerlo entre todos, nosotras dando un paso adelante, militando, participando más, haciéndonos oír, tomando más la iniciativa, asumiendo nuestra responsabilidad como parte del motor de cambio, sin miedo y sin complejos, y los compañeros concienciados de la necesidad de escuchar, de ser feministas y practicarlo, de tejer alianzas y complicidades. Sólo así, pensando y trabajando juntos, llegaremos a dónde queremos ir, a un mundo que podamos sentir como nuestra casa, en el que las personas y los valores humanistas sean el eje central de la sociedad.

Nos va la vida en ello.

 

Bárbara García

Irene Cronopia

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