DESPUÉS DE OCTUBRE


AL DÍA SIGUIENTE.

La primera sesión del II Congreso de los Soviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia, celebrada en la noche del 25 de octubre, se inició con la noticia de que el gobierno provisional de Kerensky había caído y de que el Comité Militar Revolucionario de Petrogrado, controlado por los bolcheviques, había tomado el poder, para entregarlo inmediatamente a los soviets. La noticia causó un gran revuelo en la asamblea y provocó las protestas de los socialistas revolucionarios y mencheviques, que decidieron abandonar en masa el Congreso, en desacuerdo con los acontecimientos.

Al día siguiente, al abrirse la segunda sesión, sólo quedaban los diputados bolcheviques, el ala izquierda de los socialistas revolucionarios (en proceso de ruptura con la derecha del partido) y delegados independientes. Lenin apareció en público por primera vez, como portavoz de la fracción bolchevique, para proponer la aprobación inmediata de los dos primeros decretos del nuevo poder soviético. El de la declaración unilateral de paz con todos los pueblo y el de la entrega de la tierra a los campesinos. Finalmente, a propuesta de Kamenev que presidía la sesión, también se aprobó la creación de un consejo de comisarios del pueblo, como nuevo gobierno provisional que dirigiría el país en nombre de los soviets, hasta la próxima formación de una Asamblea Constituyente.

El decreto sobre la proclamación unilateral de la paz, iba acompañado de una invitación a todos los pueblos europeos beligerantes, para que se declarase un inmediato alto el fuego y que se iniciasen las negociaciones para alcanzar una paz justa y democrática, sin anexiones ni indemnizaciones. Formaba parte del clima de entusiasmo y optimismo sobre la inminencia del estallido de la revolución internacional. La impresión generalizada entre los bolcheviques era de que la revolución rusa tan solo había sido el preludio de un movimiento revolucionario generalizado que iba a barrer el capitalismo europeo. El alejamiento de las expectativas y la presión alemana iba a crear un grave problema al régimen soviético en las semanas posteriores.

Si existía el temor de que la revolución de octubre pudiera quedarse aislada, el decreto de la tierra, la hizo invencible, asegurándose la simpatía de millones de campesinos. Para redactar el texto, Lenin no partió del programa agrario de los bolcheviques, sino que se inspiró en el mandato de los representantes campesinos, que concordaba con el de los socialistas revolucionarios. Esto le valió críticas procedentes de miembros de su propio partido, que lo acusaron de oportunismo y de renunciar a los principios. La respuesta de Lenin fue pragmática. La revolución no podría avanzar sino contaba con la firme alianza de los campesinos, y si en estos momentos, las aspiraciones de éstos no pasaban por la propiedad socialista de la tierra, los revolucionarios tendrían que aceptarlo:

“Como gobierno democrático que somos, no podemos hacer abstracción de la voluntad de las masas populares, aún cuando estemos en desacuerdo con ella. La vida dará la razón a quien la tenga… Lo esencial es que los campesinos tengan la seguridad absoluta de que ya no habrá en los campos grandes terratenientes, que no tienen que hacer ellos otra cosa sino organizar su propia vida” (1).

Pero es que además, aunque hubiesen decidido lo contrario, los bolcheviques no estaban en condiciones para hacer otra cosa que aceptar la reforma agraria que espontáneamente llevaban a cabo los campesinos. La vieja administración ya no existía y la autoridad de los soviets apenas llegaba a los arrabales de las ciudades.

Tal como indica Alec Nove la reforma agraria emprendida por los soviets en el decreto de la tierra se limitó reconocer y a legitimar lo que los campesinos estaban llegado por su propia cuenta a la práctica. El acto revolucionario precedía a la ley y ésta tenía que ser su consecuencia:

Las fuerzas del tradicionalismo, del igualitarismo y del mercantilismo campesinos, así como los intereses de los campesinos ricos y pobres, entrechocaron en grado diverso y de diferentes formas en millares de aldeas de donde la autoridad había desaparecido” (2).

El objetivo inmediato de los bolcheviques por lo tanto, fue separar a los campesinos pobres, de los acomodados y organizarlos de forma independiente, como sólidos aliados de la clase obrera industrial.

Octubre sólo podía sobrevivir si tenía en cuenta la realidad contradictoria. Mientras en las ciudades se había iniciado una revolución proletaria, en la que se contemplaba la implantación progresiva de la socialización de los medios de producción, en el campo el objetivo inmediato era acabar con las propiedades de los terratenientes, para crear un sistema de pequeñas y medianas propiedades familiares. La nacionalización de la tierra y la creación de una agricultura socialista moderna debía postergarse a un futuro indeterminado, en aras a la consolidación de la alianza del campesinado y el proletariado industrial. Lo urgente era asegurarse de que la revolución iba a llegar al día siguiente, después ya habría tiempo para organizar una reforma agraria eficaz que ayudase a superar el tradicional atraso de la agricultura rusa.

El Congreso nombró un nuevo Comité Ejecutivo compuesto por 102 miembros, 62 bolcheviques, 29 socialistas revolucionarios de izquierda y 10 socialistas (6 internacionalistas). El resto de las fuerzas políticas que habían abandonado el evento, quedaron sin representación. A diferencia del Comité Ejecutivo, el Consejo de Comisarios estuvo formado íntegramente por bolcheviques.

CONSTRUIR SOBRE LAS RUINAS DE LO VIEJO.

La situación era caótica. En Petrogrado apenas había víveres para algunos días. Pese a la grave amenaza del hambre, la vieja administración de la Duma estaba completamente paralizada por una huelga general. Las grandes firmas industriales, bancarias y comerciales se encargaron de pagar los salarios de los funcionarios que se mantuvieron el paro durante cuatro meses. En algunas oficinas bancarias el personal se mostró dispuesto a trabajar, pero por temor a las represalias si los revolucionarios eran derrotados, pidieron que los guardias rojos ocuparan las instalaciones.

No había servicios, ni oficinas, ni dinero. Pero era necesario pagar el salario de los obreros de la municipalidad para asegurar el suministro del agua potable, el gas, la electricidad y los tranvías. Los telegrafistas se negaban a transmitir los telegramas de los comisarios del pueblo; la dirección de los ferroviarios saboteaba los transportes y las líneas telefónicas permanecían cortadas. En los cuarteles se había ocultado el armamento y las piezas de recambio para evitar que los revolucionarios pudieran armarse. Los edificios ministeriales y municipales había sido saqueados y hasta las máquinas de escribir habían quedado inutilizadas.

El gobierno revolucionario carecía de medios materiales para hacer frente a la situación. Sólo la firme voluntad y el entusiasmo de los revolucionarios pudo evitar el desastre. Los guardias rojos y los trabajadores de las fábricas, sin ninguna experiencia, tomaron la iniciativa. El sindicato de metalúrgicos se encargó de reclutar el personal necesario para poner en marcha el comisariado del trabajo; el sindicato de gentes del mar y marineros se responsabilizó de organizar la administración de los puertos.

Las primeras medidas de los revolucionarios fue imponer impuestos al capital, o arrancar préstamos forzados a la burguesía, bajo la amenaza de enviar a unos cuantos capitalistas a trabajar a las minas. Con ese dinero se iban a pagar los salarios de los obreros de la ciudad. Todo parece fruto de la inexperiencia de unos hombres que estaban intentando levantar de la nada, una nueva administración. Tal como dice Carr:

En el terrible caos de las primeras semanas de la Revolución, los nuevos jefes tenían poco tiempo para concertar su acción y ni siquiera para pensar y planear las cosas de un modo consecuente, cada uno de los pasos que daban era, o reacción a alguna emergencia apremiante, o represalia por alguna acción o amenaza de acción contra ellos” (3).

Con infinitas dificultades y con todas las limitaciones materiales de la situación, todo, poco a poco, volvió a ponerse en marcha.

¿GOBIERNO? ¿QUÉ GOBIERNO?

Los rumores aireados por la prensa burguesa anunciaban que Kerensky se encontraba en las puertas de la ciudad a la cabeza de una columna de cosacos. Los noticias sobre Moscú también eran confusas. Continuaban los combates callejeros entre los guardias rojos y las fuerzas leales al gobierno provisional y el desenlace todavía era incierto. Con una situación tan complicada y sin apenas medios para hacerle frente, cuesta creer que los bolcheviques se sintieran cómodos asumiendo toda la responsabilidad del nuevo gobierno. Lenin ofreció a los eseristas de izquierdas la posibilidad de formar parte del mismo, pero éstos rechazaron la propuesta y prefirieron trabajar desde fuera por la reconciliación con la oposición.

Las negociaciones entre los bolcheviques y la oposición se iniciaron prácticamente en el momento en el que se formó el primer gobierno de los soviets. En el Congreso, Martov, líder de los mencheviques internacionalistas había propuesto, apoyado por el bolchevique Lunacharsky, un gobierno de unidad, en el que sólo estuviera excluido el partido kadete, representante de la burguesía. Dadas las circunstancias, todos estaban convencidos de la provisionalidad del nuevo gobierno. Entre los mencheviques y socialistas revolucionarias existía la convicción de que los bolcheviques no se atreverían a continuar solos y buscarían un acuerdo con la oposición.

El 29 de octubre, la mayoría Comité Central y después del comité ejecutivo del congreso (con la ausencia de Lenin, Trotsky y Stalin) aceptó negociar con la oposición. Sin embargo el clima estaba lejos de ser fraternal. Cuando todavía no se conocía el desenlace de la batalla de Moscú y Kerensky se encontraba en las afueras de la capital, sus condiciones equivalían a la rendición de los bolcheviques y la vuelta a la situación anterior a octubre. La derrota de los partidarios del gobierno provisional, hizo que se fueran suavizando. Se desarmaría a la guardia roja. Se formaría un nuevo gabinete en el que la mitad de las carteras estarían en manos de los bolcheviques, pero en el que Lenin y Trotsky estarían excluidos. El nuevo gabinete no sería responsable ante los soviets, sino ante “las amplias masas de la democracia revolucionaria”, es decir, un consejo nacional (150 representantes de los soviets, 75 de las organizaciones campesinas, 80 del ejército y de la armada, 40 de los sindicatos y 70 de la Duma municipal) en el que los bolcheviques tendrían asegurado el 60% de la representación. Era un regalo envenenado. La minoría contaría con la fuerza suficiente para bloquear y sabotear las medidas con las que no estuvieran de acuerdo.

La propuesta fue rechazada por la mayoría del Comité Central, que puso sus condiciones para continuar las negociaciones. La crisis estalló cuando los partidarios bolcheviques de la coalición, votaron en contra de la resolución de su propio partido. Otro bolchevique, Larín, propuso una moción censurando la represión contra la prensa burguesa, cuando en aquellos momentos estaba llamando a la insurrección armada contra el gobierno bolchevique (!). La moción fue rechazada tan solo por dos votos (!!). Conminada a someterse a la decisión de la mayoría, los dirigentes de la oposición del partido dimitieron de sus responsabilidades.

El partido estaba al borde de la escisión. Lenin les calificó de desertores y les invitó a abandonar la organización si no estaban dispuestos a aceptar la postura de la mayoría:

La escisión sería un un hecho enormemente lamentable. No obstante una escisión honrada y franca es, en la actualidad preferible con mucho al sabotaje interior y al no cumplimiento de nuestras propias resoluciones” (4).

Finalmente la ruptura no se produjo. La oposición, condenada por la mayoría de la militancia y por los trabajadores y soldados que habían apoyado la insurrección, acabó acatando la decisión de la mayoría. Cada vez se hizo más evidente que lo que buscaban los dirigentes mencheviques y socialrevolucionarios de derechas era el suicidio político de los bolcheviques y el desmantelamiento del nuevo orden. Cuando esto no fue posible, rechazaron la oferta de gestión mancomunada de los soviets y se decantaron por la lucha armada al lado de los ejércitos blancos que ya se estaban reagrupando en la periferia del país, o se aprestaron a capitalizar los réditos de la confusión reinante.

Se ha acusado a los bolcheviques de intenciones dictatoriales y de no estar interesados en compartir el poder con el resto de las organizaciones socialistas (5). La simplicidad de la acusación esconde en realidad un profundo prejuicio ideológico. La degeneración del primer estado obrero de la historia es mucho más complejo y no estaba implícita en el programa bolchevique. Si algunos quieren seguir empeñados en afirmar que existían planes ocultos, allá ellos. El problema que ahora nos ocupa es más complejo. Es comprender cuales fueron las circunstancias que hicieron posible una deriva burocrática y autoritaria posterior (estalinismo), cuando esto no formaba parte del ADN del partido.

Un gobierno de coalición que abarcara todo el amplio espectro socialista era incompatible con el proyecto de la toma del poder por los soviets. Los mencheviques y los socialistas revolucionarios (de derechas) eran partidarios de construir una república burguesa de corte parlamentario, como en Europa Occidental. El poder soviético les sonaba una aberración histórica que llevaría a Rusia al desastre. Para ellos la función de los soviets era vigilar y presionar a la burguesía para que no traicionara los ideales del capitalismo democrático, pero en ningún caso convertirse en la encarnación de una descabellada y prematura revolución socialista. Por consiguiente, un gobierno de unidad entre proyectos tan distintos y antagónicos era imposible, salvo que conllevara la traición de uno de los dos, que nadie estaba dispuesto a aceptar.

Pero incluso con esa incompatibilidad, los bolcheviques no renunciaron a convencer a sus adversarios para que se incorporaran al nuevo orden revolucionario. Jacques Sadoul (miembro de la delegación militar francesa) cuenta que Trotsky, algún tiempo después, le expresó su esperanza de que, una vez cumplidos los puntos esenciales del programa del partido bolchevique, se invitaría a los mencheviques a participar en el gobierno. El 2 de noviembre, el Comité Central reiteró que estaban dispuestos a formar gobierno con los partidos que habían boicoteado a los soviets, siempre y cuando éstos rectificaran y aceptaran la constitucionalidad soviética.

Es perfectamente lógico que los bolcheviques se decantaran por un gobierno monocolor y después por la inclusión de los socialistas revolucionarios de izquierda, ya que eran los únicos que aceptaban el poder soviético. Sin duda alguna, la autoexclusión de la “oposición socialista” fue un grave inconveniente que limitó gravemente el desarrollo de la democracia socialista, que de esta forma nacía mutilada (las únicas corrientes organizadas en el seno de los soviets que quedaron fue la de los bolcheviques y la de sus socios, y a partir del año siguiente, ellos solos). Este factor sin duda alguna facilitó la posterior degeneración, pero es injusto y totalmente injustificado atribuir toda la responsabilidad a los supuestos ocultos y tenebrosos planes de Lenin y sus compañeros.

El historiador Oskar Anweiler argumenta que la toma del poder por los soviets solo era deseado por una parte de los soviets y que si bien apoyaron el derrocamiento del gobierno provisional, rechazaban la autocracia bolchevique (6). Por supuesto, ni siquiera los bolcheviques eran partidarios de imponer una autocracia que chocaba con las tradiciones de la socialdemocracia revolucionaria en la que se habían formado. Tampoco estaba contemplada en “El Estado y la revolución” de Lenin. Poco después de la toma del poder, el Comité Central declaraba:

En Rusia ha sido conquistado soviético y el paso del gobierno de un partido soviético a otro queda asegurado sin ninguna revolución por la simple renovación de los diputados en los soviets” (7).

La dictadura del proletariado, transformada en la dictadura del partido no formaba parte del arsenal ideológico bolchevique. La evolución posterior estuvo marcada por una serie de circunstancias y forma parte de un proceso mucho más complejo que veremos más adelante. Después de la fallida sublevación de los socialistas revolucionarios de izquierda en 1918, los bolcheviques se quedaron solos en la defensa del gobierno de los soviets. De forma involuntaria, la idea del partido único, o de la dictadura del partido, fue colándose por la puerta trasera, a través de tres años de guerra civil, de hambre y miseria generalizadas, de comunismo de guerra y de un aparato productivo en ruinas. Esta situación y el aislamiento internacional de la revolución de octubre fueron la matriz que hizo posible la autocracia estalinista.

LA CONTRARREVOLUCIÓN NO DESCANSA

Muy pocos apostaban por el nuevo orden. Muchos partidarios y detractores estaban convencidos de que todo iba a acabar en un baño de sangre. En enero de 1918, cuando se celebró el III Congreso de los soviets, Lenin se felicitó públicamente de que el nuevo régimen, contra todo pronóstico, había logrado sobrevivir dos meses y medio, ¡5 días más que la Comuna de París!.

Pocos días después de la toma del poder, la situación distaba mucho de estar resuelta. A tan solo 32 kilómetros de Petrogrado, en Gatchina, el derrocado Kerensky, junto al general Krasnov, reagrupaba sus fuerzas para volver de nuevo a la capital. La administración estaba paralizada y la prensa burguesa se hacía eco de toda clase de rumores y especulaciones contra los bolcheviques. Se decía que Lenin y Trotsky habían huido y de que un ejército cosaco se acercaba a la capital para restaurar el orden democrático.

En realidad ni la revolución, ni la contrarrevolución contaban en aquellos momentos con fuerzas significativas. La guarnición de la capital que había apoyado el asalto del Palacio de Invierno, estaba sumida en el caos y se resistía a volver a tomar las armas. Sólo la amenaza de restauración del gobierno provisional, hizo que se aprestaran a regañadientes a combatir. Los guardias rojos constituían la única fuerza fiable disponible, pero no estaban preparados para combatir a campo abierto. Kerensky no se encontraba en mejor situación. Los destacamentos de cosacos que lo apoyaban, estaban convencidos de que se enfrentaban a un motín de espías alemanes y se mostraron sorprendidos al encontrarse ante ellos a los guardias rojos y los regimientos de la capital. En Pulkovo, los cosacos se rindieron sin apenas combatir y Krasnov fue hecho prisionero, mientras Kerensky de nuevo conseguía huir.

El fracaso y huida de Kerensky y la perspectiva de la inminencia de la revolución europea crearon un clima de entusiasmo desbordante, que en algunos casos rayó la ingenuidad. Parecía que la inmensa mayoría de la población estaba con la revolución. No es casualidad que una de las primeras medidas adoptadas por el II Congreso de los soviets fuese la abolición de la pena de muerte. La prensa burguesa continuó publicándose, aunque en sus páginas se llamaba a la insurrección armada contra los soviets. Resulta sorprendente que algunos revolucionarios (con el apoyo de muchos) denunciaran en nombre de la libertad de expresión, la represión del gobierno contra dichos periódicos.

Parecía que todo iba hacia adelante y que la revolución representaba los intereses de la inmensa mayoría. No era así. Mientras la pequeña burguesía del campo, satisfecha por el decreto de la tierra, la daba por buena, por lo menos por el momento. La clase media urbana se deslizó rápidamente hacia la contrarrevolución. La toma del poder por los soviets era un desatino, llevado a cabo por un puñado de aventureros, apoyados por las incultas masas obreras, que había que terminar. Para más inri, la declaración del alto el fuego unilateral había herido su sentido patriótico.

El optimismo fue la causa de la generosidad de los revolucionarios. Y la generosidad cayó en una ingenuidad que pronto iban a pagar muy cara. Los ministros del gobierno provisional que habían sido detenidos y alojados en la fortaleza de Pedro y Pablo fueron liberados a petición de Martov, lo que no les impidió conspirar para derribar el gobierno soviético. Los jóvenes oficiales que defendieron el Palacio de Invierno; el general Krasnov, que había dirigido las tropas cosacas de Kerensky, quedaron en libertad después de dar su palabra de que no volverían a levantarse contra el pueblo; Los oficiales y suboficiales responsables de la matanza de trabajadores desarmados ocurrida en el arsenal del Kremlin en Moscú, fueron liberados permitiéndoseles conservar sus armas (!). Todos corrieron a alistarse en los ejércitos blancos que se estaban reagrupando en la periferia, para iniciar una cruenta guerra civil que durante tres años iba a asolar el país.

De nuevo, hay algo que no encaja con las leyendas sobre la perversidad de los bolcheviques. Los maquiavélicos planes para implantar su dictadura no concuerdan con el ingenuo acto de liberar a los adversarios, incluso después de haber derramado sangre de los obreros, con la promesa de que no iban a volver a las andadas. Tampoco parece que en los primeros meses hubieran ejecuciones regulares. El terror rojo nacería después como respuesta al terror blanco, que iba a desencadenarse con los albores de la guerra civil. Sin embargo esto no quiere decir que fuera los métodos represivos fueran ajenos a los dirigentes bolcheviques y que les vinieran impuestos desde fuera. El terror como arma política para aplastar la resistencia del adversario siempre ha formado de la genética de las revoluciones y la revolución de octubre no iba a ser una excepción.

DE COMO LOS SOVIETS TOMARON EL PODER.

Tal como indica Oskar Anweiler, la minoría de los soviets que participó en el II Congreso, se manifestó en contra de la toma del poder y a favor del gobierno provisional. La autoexclusión de mencheviques y socialistas revolucionarios de derechas no ayudó precisamente a cerrar la fractura política que se había producido.

En las primeras semanas después de octubre, la autoridad del gobierno obrero y campesino apenas se extendía más allá de los arrabales de Petrogrado, Moscú y algunas grandes ciudades. Incluso en los soviets que habían apoyado la insurrección, o que habían aceptado la voluntad de la mayoría del Congreso, los bolcheviques no tenían un apoyo unánime. También era una incógnita saber si su autoridad iba a ser reconocida en el resto del país. En cualquier caso los decretos sobre la paz y el reparto de la tierra allanaron el camino,

El surgimiento de los soviets de obrero, soldados y campesinos fue un fenómeno espontáneo de autoorganización de las clases populares. Muchos de estos soviets o no habían podido, o no habían querido formar parte del II Congreso Panrruso. Su composición política era muy variable, dependiendo de la estructura social de la zona o la ciudad. Por consiguiente la toma del poder fuera de las dos grandes capitales, Moscú y Petrogrado, fue excepcionalmente complicada. Las únicas organizaciones políticas que la impulsaron fueron los bolcheviques y los socialistas revolucionarios de izquierda y algunos grupos anarquistas.

En muchos lugares la toma del poder no fue una acción impecablemente democrática. Las revoluciones nunca lo son. La revolución siempre es un acto de imposición de un sector de la población sobre otro. El problema es que las cosas siempre son más complejas. A lo largo de siglos de dominación, las clases propietarias establecen complicidades con sectores populares que le sirven de base social para estabilizar el orden político y social. La revolución sólo podía triunfar extendiendo su poder a todos los rincones del país y en esa labor se encontró con la resistencia de una parte del campesinado, de las clases medias y de algunos sectores de la clase obrera.

En la mayoría de las ciudades y zonas industriales, donde era mayoritaria la clase obrera y los bolcheviques contaban con un amplio apoyo social, los soviets se limitaron a apartar a la vieja administración. Pero en los casos donde eran minoritarios, como ocurría en muchas zonas rurales, o en determinados territorios, se crearon comités revolucionarios para apoderarse de la autoridad, forzaron la adhesión del soviet, o simplemente pasaron por encima de él.

¿SOCIALISMO? POCO A POCO Y SIN ATRAGANTARSE.

La revolución de octubre no se hizo en nombre del socialismo, por lo menos no a corto y mediano plazo. Las características de un país tan atrasado no lo hacían posible. Para empezar las aspiraciones de los campesinos no era la socialización de la agricultura (como indicaba el programa bolchevique) sino la liquidación de las propiedades de los terratenientes y su reparto entre una miriada de pequeñas y medianas explotaciones familiares poco productivas. Esto formaba parte de la revolución burguesa en Rusia, que nunca se había llevado a cabo. La burguesía no tenía ningún interés en enemistarse con los grandes propietarios semifeudales y se opuso a la reforma agraria. Los bolcheviques asumieron las reivindicaciones de los campesinos, para consolidar la recién nacida revolución. Los críticos los acusaron de oportunismo, pero era el único camino que les permitiría sobrevivir.

El proletariado aspiraba a crear las condiciones económicas y políticas que serían el punto de partida para la construcción del socialismo. Para conseguirlo era necesario el desarrollo de las fuerzas productivas del incipiente capitalismo ruso. Para iniciar el camino hacia el socialismo era necesario completar las tareas de la revolución burguesa que restaban pendientes y si la burguesía se oponía, lo haría la clase obrera.

El socialismo no podía ser introducido inmediatamente, claro está. Pero como primer paso los soviets se harían cargo del control de la producción y la distribución” (8).

En las Tesis de Abril, Lenin ya dejó claro que no se trataba de implantar el socialismo de forma inmediata, sino de crear las condiciones para que conseguirlo en un futuro. El régimen de los soviets, el control obrero de los medios de producción serían una excelente escuela de formación socialista. Allí los obreros aprenderían a tomar las riendas del poder económico y político. Definió al sistema fruto de la evolución de Octubre, como “Capitalismo de Estado”, un capitalismo en el que la burguesía ya no sería la dueña del poder político y económico, sino que estaría controlada por sus propios trabajadores.

“… no nos asusta traspasar las fronteras del sistema burgués; al contrario declaramos clara, terminante y abiertamente que marcharemos hacia el socialismo, que nuestra ruta pasará por una república soviética, por la nacionalización de bancos y sindicatos, por el control de los trabajadores, por el trabajo obligatorio para todos, por la nacionalización de la tierra…la experiencia nos dirá muchas cosas… entonces veremos” (9).

El problema era si los capitalistas estaban dispuestos a someterse y si los obreros, sabiéndose los vencedores, se conformaban, por el momento, sólo con controlar la producción.

La política económica estaba encaminada a la destrucción del poder de la burguesía, pero no el capitalismo. Éste sólo desaparecería cuando pudiera ser sustituido por el socialismo y la situación rusa distaba mucho de haber madurado hasta ese punto. La contradicción estaba servida, sin que la siempre esperada revolución internacional viniera a socorrerlos. Citando primero a Lenin, Alec Nove resume a la perfección la situación sobre la que giraba el eje de la política bolchevique

“…‘no hubo, ni podía haber un plan definido para la organización de la vida económica’. Había una estrategia política, unos objetivos socialistas generales, una determinación implacable. Y por último, aunque muy importante, también había guerra, desorganización y un caos creciente. No hemos de olvidar ni por un momento que Lenin y sus seguidores, y también sus oponentes estaba operando en una situación anormal y realmente desesperada” (10).

Todo era improvisación, medidas de urgencia y correcciones sobre la marcha. Las esperanzas de Lenin de poder llevar a cabo sus tesis vertidas en “El Estado y la revolución”, que permitirían la coexistencia de la iniciativa popular y la centralización eran cada vez más lejanas.

En enero de 1918 comenzaron las primeras nacionalizaciones: los ferrocarriles (que ya estaban en manos del estado, desde la época zarista) y la marina mercante. En el primer período, salvo excepciones de necesidad, se expropiaron empresas aisladas, no ramas de la industria. Sin embargo, las escasas requisas estatales fueron seguidas por una oleada de expropiaciones espontáneas, llevadas a cabo por los soviets locales, o por los mismos trabajadores de las empresas. Las llamadas a la moderación simplemente fueron desoídas por los que las llevaban a cabo (muchos de estos soviets tenían mayoría comunista) Se calcula que hasta junio, dos terceras partes de las nacionalizaciones se llevaron a cabo por decisiones locales.

El gobierno se alarmó por la envergadura de los acontecimientos. Se decretó que no se llevaría a cabo ninguna expropiación, sino se contaba con el visto bueno del recién formado Consejo Supremo de Economía Nacional. Pero no parece que la orden se tomara en serio porque las nacionalizaciones continuaban. Tres meses después volvió a publicarse el mismo decreto, con amenazas de tipo financiero, pero no parece que esta vez tuviera mucho más éxito que la anterior.

La guerra civil (los ejércitos blancos apoyados por los capitalistas rusos y extranjeros) fue un factor decisivo para la radicalización de la política bolchevique.

 

Enric Mompó

 

(1) Victor Serge. “El año I de la revolución rusa”, pág.130

(2) Alec Nove. “Historia económica de la Unión Soviética”, pág. 52.

(3) E. H. Carr. “La revolución bolchevique (1917-1923)”, pág. 170

(4) Pierre Broué. “El Partido Bolchevique”, pág. 139.

(5) Sheila Fitzpatrick. “La revolución rusa” pág. 88.

(6) Oskar Anweiler. “Los soviets en Rusia” pág. 216.

(7) Pierre Broué. Op. cit., pág. 142 cita a Lenin (Obras Escogidas, t. II, pág. 150).

(8) E. H. Carr. “La Revolución Rusa: De Lenin a Stalin” pág. 11

(9) Alec Nove. Op. Cit., pág. 47 (Lenin. O.C. Vol. XXVI pág. 105-107).

(10) Alec Nove. Op. cit., pág. 48. (Lenin, O.C. Vol. XXVI, pág. 365).

 

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