Ciencia a la carrera


Hoy en día a nadie se le escapa la importancia y la presencia de la ciencia en nuestras vidas. Por un lado, como un mecanismo para descubrir y explorar el mundo. Por otro, en el capitalismo, como base para el avance científico-tecnológico y para el desarrollo de las fuerzas productivas. La ciencia se ha convertido, además, en una suerte de diosa pagana, que igual que permite que tengamos conexión a internet en el bolsillo, nos brindará la solución a todos los problemas de la humanidad, sin tener que cuestionarnos sus causas. Dentro de esta lógica, investigamos campos cada vez más enrevesados y especializados, con equipos e instalaciones cada vez más caros y sofisticados, acumulando conocimiento científico básico que rara vez se traduce en alguna utilidad social. Todo esto se da en un contexto global, dentro de una maquinaria compleja y bien engrasada formada por instituciones, empresas, oficinas de patentes, grupos editoriales, jerarquías y privilegios, que poco tienen que ver con la vocación, la curiosidad científica o las necesidades sociales. Y en la base de todo estamos los trabajadores, entre ellos, los científicos.

La carrera de un científico empieza el día en el que decide hacer el doctorado y/o algún profesor le ofrece la oportunidad y el proyecto. Entre las motivaciones más comunes para dar este paso, están: la vocación o la curiosidad científica, y en ocasiones, por qué no decirlo, ese halo de superioridad intelectual y prestigio social que envuelve a esta profesión.

En esta primera etapa, los obstáculos se presentan pronto, si quieres empezar a investigar y a hacer méritos es probable que, al principio, tengas que hacerlo sin una remuneración. Toca entrar en la competición, solicitar becas que evalúan tu expediente académico, peticiones de financiación a diferentes estamentos… pero mientras tanto, lo que te recomiendan, es que empieces a trabajar en “tu” proyecto, y así vas adelantando.

Esta situación puede prolongarse desde unos meses, lo que tarden en concederte la ansiada beca, o incluso, hasta completar los 4 años de doctorado. Y así empiezas a dar los primeros pasos en tu carrera, a labrarte un futuro y a hacer currículum; reforzando, de paso, el prestigio de tu jefe y el de la institución para la que trabajas. Soñando con hacer un gran descubrimiento que se publique en una revista de gran impacto internacional, que te brinde estatus y reconocimiento en la comunidad científica. En nombre de esta noble causa, te sometes a jornadas laborales interminables, intentando ser el primero en una competición que se juega a escala internacional. Tus posibilidades de éxito están determinadas por el contexto; la división internacional del trabajo, el desarrollo tecnológico, los recursos económicos y el sistema educativo del país.

Pasado el trago de defender la tesis, tienes que elegir entre dos opciones, puedes optar por buscar un empleo en el mundo laboral empresarial, o continuar por la vía académica. Si optas por la segunda, el siguiente paso es pasar unos años en el extranjero de estancia postdoctoral. Para ello, te recomiendan buscar un contexto más favorable, emigrar a un país del top ten, buscar una institución de prestigio y un buen grupo de investigación, dirigido por un jefe importante que quiera contratarte. Y allí te lanzas, otra vuelta a la rueda, volver a competir con otros compañeros por una beca o un puesto en un laboratorio, conseguir fondos para un proyecto, ser el primero en sintetizar un nuevo compuesto químico, demostrar una teoría, o encontrar la vacuna que salve a la humanidad.

Una vez más, para tener perspectivas de futuro debes obtener grandes resultados antes que otros, y sigues haciendo méritos como responsable de un proyecto. Ahí estás, lejos de casa, en un país extranjero, empezando una vida desde cero, una nueva experiencia, aprendiendo idiomas, otra cultura, pero dentro de la misma competición, dedicando horas y horas de trabajo por vocación. Saltando de estancia en estancia, de país en país. En el horizonte, la quimera de la estabilidad laboral, de tener algún día una plaza en alguna universidad o, incluso, pasar a ser tú el jefe en un grupo de investigación. Pero esto, casi nunca llega. La mayoría se cansa y lo deja.

Los científicos, como el resto de trabajadores, vendemos nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario en régimen de explotación, y mientras corremos en la rueda, intentando medrar en nuestra carrera, centrados en obtener resultados, entre teorías e hipótesis, perdemos la perspectiva de cómo las prioridades capitalistas distorsionan el desarrollo de la ciencia. Deberíamos empezar por preguntarnos qué intereses fortalecemos realmente con nuestro trabajo ¿los de los trabajadores o a los del capital? ¿Qué significa tener una ciencia asalariada?

Es momento de pararnos, levantar la cabeza y empezar a hablar entre nosotros, a cuestionarnos ¿qué objetivo real tiene lo que investigamos? ¿Cuál es la finalidad última? ¿Quién, cómo y para qué aplicará y rentabilizará el conocimiento generado entre todos? ¿Nos instrumentalizan?

Cuando la Unión Europea, los estados y demás organismos supranacionales marcan la tendencia y las líneas estratégicas de financiación de unos campos científicos y no de otros, ¿en base a qué intereses o con qué criterio? ¿Qué papel juegan la ciencia y los científicos en la globalización capitalista?

La realidad de la investigación básica, de la ciencia y de sus trabajadores es tremendamente compleja y requiere un análisis mucho más profundo, pausado y colectivo que este. Pero es obvio que, la generación de conocimiento científico, va más allá de cada de uno de nosotros y de nuestros intereses individuales, es un proceso colectivo que tiene una importancia central para la sociedad, debemos, por tanto, pasar de una lógica de la competición permanente entre nosotros, y que beneficia a unos pocos, a una que nos aleje del mercantilismo. Con un acceso universal, libre y gratuito al conocimiento para hacer una ciencia mucho más contextualizada, al servicio de la vida y las personas, y no una herramienta más al servicio del poder.

 

Beatriz Cerezo

 

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