LA PAZ DE BREST LITOVSK: LA PAZ INFAME.

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Este gobierno consideraría como el peor crimen contra la humanidad la continuación de la guerra con el único fin de decidir cuáles de las naciones poderosas y ricas deberán dominar a las débiles… Este gobierno declara solemnemente su determinación de concluir inmediatamente una paz… igualmente justa para todas las naciones y nacionalidades sin excepción.” (1)

Obedeciendo al primer decreto aprobado en el II Congreso de los soviets, el 7 de noviembre se ordenó al general Dujonin, que había sido el último jefe del estado mayor de Kerenski, que propusiera un alto el fuego al alto mando alemán. Dujonin fue destituido y detenido después de negarse a acatar las órdenes y llamar a la rebelión. Finalmente acabó siendo asesinado por sus propios soldados por su empeño en querer continuar la guerra.

La paz y la revolución iban de la mano. Sin la paz, la insurrección de Octubre se hundiría como un castillo de naipes, pero sin la revolución la guerra iba a continuar, a pesar de que el ejército y la sociedad rusa estuvieran al borde de la extenuación. Frente a los partidarios de continuar la contienda a toda costa y cumplir el compromiso que había adquirido Rusia con sus aliados, los bolcheviques y los social revolucionarios de izquierdas se mostraron dispuestos a iniciar las conversaciones de paz por separado.

La reacción de las potencias aliadas fue el preludio de lo que iba a ser la intervención extranjera en la guerra civil. Francia y Gran Bretaña recibieron con hostilidad la noticia del alto el fuego unilateral y amenazaron incluso con permitir la expansión japonesa en Siberia. Desde el primer momento las embajadas no reconocieron la autoridad política de los soviets y se limitaron a mantener relaciones exclusivamente con el general Dujonin, hasta el momento de su destitución.

Un acuerdo entre Alemania y Rusia conllevaba el peligro del contagio revolucionario. El creciente malestar entre las tropas, cansadas y hastiadas de una guerra sangrienta que parecía no tener fin, era un excelente caldo de cultivo para las rebeliones y los motines, que podían desestabilizar el tablero de la guerra y poner en aprietos a los dos bandos imperialistas enfrrentados. Por otro lado, un acuerdo por separado implicaba que millones de soldados de las potencias centrales podrían desplazase hacia el Francia para reforzar las lineas del frente occidental. Era necesario derribar al régimen bolchevique y restaurar la situación prerrevolucionaria cuanto antes.

El 14 de noviembre, la alianza alemana y austro húngara se avino a negociar el armisticio. La reacción fue agridulce. Por un lado se mostraban satisfechos por la oferta de paz, pero por el otro expresaban su temor hacia la revolución que se la ofrecía. No era para menos, las tropas alemanas, aunque en mejores condiciones que lo que quedaba del ejército ruso, expresaban cada vez más abiertamente su hartazgo y sus deseos de confraternizar con el adversario. Estaban dispuestos a cobrarle a Rusia un alto precio por la paz, pero también eran conscientes de que en sus propias filas se estaba llegando a una situación límite.

Lenin y sus compañeros estaban totalmente convencidos de que la revolución europea era inminente y de que cuando estallase iba a acudir de inmediato en auxilio de la Rusia revolucionaria. Por lo tanto lo importante era detener cuanto antes la carnicería en el frente y ganar tiempo hasta que todo se incendiara. Existía el temor de que si la revolución internacional tardaba en llegar, los países de la Entente pudieran firmar una paz por separado con Alemania y Austria para atacar de forma conjunta la recién nacida revolución rusa. Sin embargo, negociar la paz con Alemania no significaba que estuvieran dispuestos a pagar cualquier precio por ella.

Si la voz de la clase obrera alemana… no ejerce una influencia poderosa y decisiva… la paz será imposible… Pero si resultara que hemos estado equivocados, si este silencio de muerte hubiera de reinar en Europa mucho más tiempo, si este silencio hubiera de dar al Kaiser, la oportunidad de atacarnos y de dictarnos condiciones insultantes a la dignidad revolucionaria de nuestro país, entonces yo no se si con esta economía transtornada y este caos universal producido por la guerra y las convulsiones internas, podríamos seguir luchando” (2).

El 2 de diciembre se firmó el armisticio y una semana después se iniciaron las negociaciones para la firma del tratado en Brest Litovsk. Cuando el 24-25 de diciembre, León Trotsky, nombrado comisario de asuntos exteriores se desplazó hacia el lugar de las conversaciones descubrió con asombro y desasosiego que el frente ruso prácticamente había desaparecido del mapa, las trincheras estaban casi vacías y los soldados que las ocupaban habían desertado, una vez conocido el decreto de los soviets. Su objetivo era alargar al máximo las conversaciones de paz y de paso hacer propaganda revolucionaria entre las tropas alemanas y austriacas. El problema era que tendría que negociar con sus adversarios sin la presencia de una fuerza armada real a sus espaldas y eso sus adversarios lo sabían.

No por casualidad los bolcheviques publicaron los acuerdos secretos que había firmado, en caso de victoria, la Rusia zarista (y después el gobierno de Kerensky) con los aliados occidentales, para repartirse el botín. Ni tampoco lo es que se hicieran numerosas proclamas llamando a la movilización y confraternización internacional de los trabajadores contra la guerra, para la instauración inmediata de una paz justa, sin anexiones ni indemnizaciones. Al contrario de las tradiciones diplomáticas y a exigencia de los bolcheviques, las negociaciones entre las dos delegaciones fueron públicas desde el primer momento. Si Rusia estaba exhausta y no tenía fuerzas para defenderse, tendría que ser las ansias de paz de los soldados del ejército adversario y la solidaridad internacional las mejores armas para defender la revolución.

El 5 de enero, se interrumpieron las conversaciones y Trotsky volvió a la ciudad de Petrogrado. Había que tomar decisiones valientes. Se había ganado casi un mes en las conversaciones, pero a pesar del malestar creciente en los países en guerra, la revolución europea continuaba sin estallar. Las exigencias alemanas eran muy duras y el precio para alcanzar la paz iba a suponer una profunda humillación para la Rusia revolucionaria y una fuente de descrédito para los bolcheviques (no estaba lejos la campaña contra Lenin, lanzada por sus enemigos, acusándolo de ser un agente del Kaiser). Sin duda alguna, un acuerdo en esas condiciones iba a echar más leña al fuego de las calumnias.

He aquí que los bolcheviques disuelven la Asamblea Constituyente ‘democrática’ con objeto de firmar con los Hohenzollern una paz humillante y que los reduce a la servidumbre, y eso en tanto que Bélgica y el norte de Francia estaban ocupados por los alemanes. Estaba claro que la burguesía de la Entente lograba sumir a las masas obreras en la mayor perplejidad, lo cual podía, por otra parte, facilitar una intervención armada contra nosotros” (3).

Ante el informe presentado por Trotsky, el partido quedó dividido en tres facciones enfrentadas. Lenin se mostró partidario de firmar la paz de inmediato; Trotsky propuso no aceptar las condiciones y tratar de seguir ganando tiempo con la fórmula “ni guerra, ni paz” y Bujarin se mostró partidario de responder con el inicio de una guerra revolucionaria. La tendencia belicista era la más numerosa y contaba desde el exterior con el apoyo de los socialistas revolucionarios de izquierda, pero era también la más confusa.

La postura de Lenin simplemente era pragmática. No se hacía ilusiones sobre la capacidad rusa en aquellos momentos para la defensa. La desbandada del ejército había supuesto que miles de cañones quedaran abandonados en el frente y cayeran en manos del ejército alemán. Era todo un símbolo de la gravedad de la situación. En el frente ya no quedaba nadie para defender la revolución. La firma suponía la aceptación de una paz infame y la “traición” a Polonia (que iba a ser entregada al Kaiser). Temía que con el tiempo las condiciones fueran cada vez más severas. Rechazar la paz en aquellos momentos, por humillante que fuera, cuando la revolución no tenía con que defenderse, equivalía al suicidio. Si la revolución alemana que parecía inminente estallaba, tiempo habría para recuperar los territorios ahora entregados a la codicia imperialista.

Si creyéramos que el movimiento revolucionario alemán es susceptible de estallar en cuanto se produzca la ruptura de las negociaciones, deberíamos sacrificarnos, porque la revolución alemana será superior a la nuestra. Pero es que no ha empezado todavía. Debemos sostenernos hasta que se produzca la revolución socialista general, y para eso no hay otro recurso que firmar la paz” (4).

Trotsky compartía el pesimismo realista de Lenin, pero consideraba que lo que había que hacer era perpetuar las conversaciones hasta que la Europa en guerra se incendiara definitivamente. No estaba totalmente convencido de que a la revolución no le quedaran fuerzas para defenderse. Los imperios centro europeos hacía algún tiempo que se tambaleaban. Austria sufría una huelga general y en Alemania arreciaban cada vez más las protestas contra el intento de poner condiciones para la firma de la paz. Los motines, las insubordinaciones y los actos de confraternización de los combatientes en las trincheras crecían sin cesar. Si las negociaciones se prolongaban unas semanas más, quizás la revolución internacional iba a acudir en su ayuda.

Bujarin y los comunistas de izquierda (y los socialistas revolucionarios de izquierda, fuera del partido) consideraban que las condiciones eran totalmente inaceptables y que el inicio de una guerra contra Alemania y sus aliados iba a precipitar la revolución internacional. La entrega de los territorios reclamados (y con ellos, una buena parte del proletariado y del campesinado rusos que vivía en ellos), suponía una traición difícil de digerir. La idea de que una guerra revolucionaria pudiera precipitar la revolución socialista en el centro de Europa era totalmente romántica y alejada de la realidad. Tres años después, en los últimos estertores de la guerra civil, los bolcheviques volverían a caer de nuevo en el mismo error, lanzando al Ejército Rojo contra Polonia con el objetivo de desencadenar allí la revolución. Craso error. Una ola de nacionalismo sacudiría el país contra el invasor ruso, que de forma interesada fue identificado al antiguo depredador zarista.

Mientras Lenin se mostraba tenazmente realista y no confundía los deseos con la realidad, cuestionándose que la revolución en el centro de Europa fuera cuestión de días o de semanas, como valoraban Trotsky, Bujarin y gran parte del partido. La situación era confusa y la genialidad de Lenin en aquellos momentos no estaba tan clara como pudo comprobarse después. Dzerzhinsky lo acusó de pulsilánime y de renunciar al programa de la revolución; Bujarin calificó que aceptar las condiciones impuestas por el Kaiser implicaba apuñalar por la espalda al proletariado alemán y austriaco; Uritsky consideró que Lenin enfocaba el problema “desde un estrecho punto de vista ruso, no internacional.”

La tensión en el partido era muy fuerte y existía un peligro real de escisión. Cuando en la segunda votación del Comité Central, Trotsky, con sus dudas, se decantó por apoyar a Lenin, numerosos cuadros dirigentes, Bujarin, Bubnov, Uritsky, Piatakov y Smirnov… dimitieron de sus funciones para recobrar su libertad de agitación dentro y fuera del partido. El Buró regional de Moscú declaró que no reconocía la autoridad de la dirección hasta la celebración de un congreso extraordinario y la convocatoria de nuevas elecciones. El Comité dirigente optó por evitar con tacto la escisión y garantizó (a propuesta de Trotsky) la libertad de expresión de la oposición. El órgano de prensa del partido en Moscú, “El Social Demócrata” inició una campaña contra el tratado de paz, mientras que la república soviética de Siberia se negó a reconocerlo y se mantuvo formalmente en estado de guerra contra Alemania. El 4 de marzo, el Comité del partido de Petrogrado publicó el primer número de un diario, “El Komunist”, que defendería las ideas de la oposición, que ya empezaba a conocerse como “comunistas de izquierdas”.

Cuando la escisión parecía ponerse en marcha, el principal dirigente de la oposición vaciló. Una cosa era predicar y otra dar trigo. Bujarin sintió el vértigo de la responsabilidad. No era lo mismo expresar la oposición al tratado de paz, que construir un nuevo partido comunista destinado a disputar la dirección de la revolución a Lenin y sus partidarios. La responsabilidad política era enorme y los peligros que acechaban a la joven revolución numerosos. ¿Estaban dispuestos a pagar el precio? Al parecer, los socialistas revolucionarios de izquierda, contrarios también al tratado, ofrecieron una alianza en el comité ejecutivo de los soviets que facilitara un cambio pacífico de la mayoría, provocando la caída del gobierno de Lenin y su sustitución por otro gabinete dirigido por Piatakov, bolchevique partidario de la guerra revolucionaria. La oferta fue rechazada (5).

La misma población rusa, y particularmente el proletariado y las clases populares se encontraban profundamente divididas y confusas ante la situación. La pérdida de los territorios occidentales hería profundamente el alma y el patriotismo ruso, pero no hay que olvidar que una de los factores que desencadenaron el triunfo de la revolución de octubre fue la exigencia de acabar con la guerra. El precio era terrible, pero ni la sociedad, ni la economía, ni el ejército (que sólo existía de nombre, mientras que el futuro ejército rojo todavía estaba en mantillas) estaban en condiciones para impedirlo.

Hacía poco que el clamor de paz había sido tan poderoso como para destruir el régimen de febrero y llevar a los bolcheviques al poder. Pero ahora, cuando la paz había llegado, el partido responsable por ella era el primero en ser culpado” (6).

Después de la primera votación, el Comité Central votó prorrogar al máximo las negociaciones con los alemanes. Firmar la paz de inmediato, o proclamar la guerra revolucionaria habría significado aumentar el peligro de escisión. La postura intermedia defendida por Trotsky significaba el único acuerdo posible en aquellos momentos. La fórmula “ni guerra, ni paz” implicaba para Lenin y sus partidarios evitar el disparate de iniciar una guerra revolucionaria sin medios materiales para sostenerla, mientras que Bujarin y los “comunistas de izquierda” consideraban que de esta forma habían evitado la firma del aborrecido tratado de paz. Sin embargo la realidad pronto les iba a salir al paso.

Al reanudarse las conversaciones, los alemanes endurecieron su postura y dieron un ultimátum. La delegación rusa dio por terminadas las negociaciones y Trotsky anunció que Rusia, se negaba a suscribir el acuerdo, se retiraba de la guerra y ordenaba la desmovilización unilateral de las tropas.

El 17 de febrero el ejército alemán comenzó una ofensiva contra un ejército que sólo existía en el papel. Cuando las noticias llegaron a la ciudad de Petrogrado, el Comité Central se reunió con carácter urgente para votar de nuevo el dilema ¿guerra o paz?. Después de una fuerte batalla dialéctica y en una ajustada votación en la que la dirección aparecía dividida exactamente por la mitad, el apoyo de Trotsky a Lenin le dió finalmente a éste una escueta mayoría de un voto. El apoyo de Trotsky a Lenin evitó la guerra en el interior del partido y en definitiva, la escisión.

Se volvió a ofrecer a los alemanes la firma del tratado de paz. Pero la respuesta supuso un duro golpe para los bolcheviques. Las condiciones eran ahora todavía más duras. Finlandia, Polonia, Estonia, Livonia, Curlandia, Lituania, Ucrania y Besarabia quedarían en manos alemanas y austriacas, mientras Ardakhan, Kars y Batumi serían entregadas a Turquía. Con el tratado Rusia perdía el 40% de su proletariado industrial, el 90% de su producción de combustible, el 90% de su industria azucarera, el 65-70% de la metalurgia, el 45% del trigo candeal (el principal producto de exportación). Alemania daba un plazo de dos días para responder y tres para negociar. La mayoría partidaria de la paz se mantuvo, pero no dejaba de ser una mayoría forzada y a regañadientes.

Con la firma, Rusia se iba a encontrar en una situación rayana en la supervivencia. ¿Era viable la revolución en estas condiciones? El hambre y la miseria se generalizaban. La producción industrial se había derrumbado y apenas existían productos manufacturados. La inflación y la pérdida de valor de la moneda se desbocaban. El gobierno revolucionario apenas tenía capacidad para recaudar impuestos y sólo podía recurrir a la máquina de imprimir billetes. Los campesinos se mostraban cada vez más reticentes a cambiar sus productos por las montañas de papeles sin valor, cuando apenas tenían que compra con ellos. Como consecuencia, el dinero desaparecía y el trueque se convertía en la única forma efectiva de actividad comercial.

La penosa situación iba a aumentar el enfrentamiento larvado entre la ciudad y el campo, cuando los tambores de la guerra civil en el interior del país sonaban cada vez más insistentemente. Y si la revolución no era viable, ¿no sería infinitamente más coherente desencadenar la guerra revolucionaria contra el imperialismo centro europeo? Estas eran la dudas que le quitaban el sueño a una gran parte del partido bolchevique.

Lenin quería un respiro para poner orden en su propia casa, pero no existía ninguna garantía de que Alemania fuera a respetar el tratado que acababa de firmar. Y sino se llegaba a un acuerdo tampoco existía ninguna garantía de los dos bloques imperialistas enfrentados no se pusieran de acuerdo para aplastar a la joven revolución rusa. Quizás la guerra revolucionaria sería finalmente inevitable, pero necesitaban unos meses para reorganizarse y consolidar la revolución. Lenin estaba dispuesto a pagar cualquier precio por ese momento de respiro, abandonar Ucrania, los países bálticos… Era consciente de que planteaba firmar una paz infame, pero también de que no era su última palabra. Apenas firmado el Tratado, el Comité Central del partido votó unánimemente iniciar los preparativos para una futura guerra.

Las dudas eran inevitables. Los partidarios de la guerra revolucionaria advertían de que las potencias imperialistas no iban a darle ningún respiro a la revolución y de que pondrían todos los medios necesarios para liquidar la amenaza. La firma de la paz iba a ser tan solo un capítulo más de sus exigencias, después vendrían otras hasta estrangular de una vez por todas el peligro revolucionario. El ejército rojo no iba a formarse en la paz y tranquilidad de los cuarteles, como esperaba Lenin, sino en las trincheras de una guerra agotadora e interminable. La profecía de los belicistas iba a cumplirse. Apenas acabados los combates en el frente de la guerra europea, iba a desencadenarse una guerra civil mucho más cruel y sangrienta, que iba a desangrar el país durante tres largos años.

La ofensiva alemana de febrero había sido un paseo triunfal. En una semana avanzaron entre 200 y 300 kilómetros hacia el interior de Rusia sin encontrar apenas resistencia organizada. Pero el ejército alemán tenía también sus propios límites: la guerra de guerrillas, la destrucción de las líneas férreas, las crecientes dificultades de abastecimiento y la hostilidad manifiesta de la población en los territorios ocupados; las huelgas, el hambre y el descontento en su retaguardia. Cuanto más se adentraban en Rusia, más aumentaban sus necesidades de tropas y material para mantener el control de lo conquistado. El testimonio del general Eric Ludendorff indica que el estado mayor alemán era consciente de la situación, y de que la ofensiva en profundidad estaba descartada por completo (7). Se habían limitado a planear un avance breve y enérgico que obligara a los bolcheviques a firmar de inmediato. El problema de éstos era que su debilidad era tal, que cualquier revés, como la ocupación de Petrogrado, podía hacer tambalear la revolución.

Por duro que pudiera parecerles a los bolcheviques la firma del tratado, la apreciación de Lenin demostró ser cruelmente cierta. El ejército no existía más que en la imaginación de algunos, los transportes no funcionaban, la producción estaba totalmente desorganizada, el avituallamiento de la población era lamentable y la amenaza de una hambruna inminente. La guerra revolucionaria en condiciones tan penosas era una utopía ligada a las emociones y a los sentimientos de los revolucionarios, pero estaba muy lejos de la realidad. Era duro ver como las tropas alemanas y austriacas aplastaban a los soviets y a los revolucionarios ucranianos, sin poder ir en su ayuda. En el ánimo sombrío de muchos militantes, cundía un sentimiento mezcla de impotencia, culpabilidad y frustración.

Al desastre de la guerra europea se añadía ahora la rapiña de los imperios centrales. Al contrario de lo que esperaba Lenin, la Rusia revolucionaria no iba a tener ningún momento de respiro. En una situación de caos y de ruina generalizada, el país iba a adentrarse en una sangrienta guerra civil.

Sin embargo, mientras la fracción belicista el partido se refugiaba en un incómodo silencio, la respuesta de sus hasta entonces aliados los socialistas revolucionarios de izquierda no fue la misma. Los eseristas denunciaron la traición bolchevique y rompieron con éstos, expresando su total oposición al acuerdo de paz. En marzo, después de la ratificación del tratado, se retiraron del Consejo de Comisarios del Pueblo, aunque todavía permanecieron durante algún tiempo en el resto de los departamentos el gobierno y en los órganos ejecutivos de los soviets.

En el mes de julio, durante el V Congreso de los soviets, los socialistas revolucionarios decidieron llevar hasta sus últimas consecuencias su oposición y la ruptura con los bolcheviques. Sus dirigentes, Kamkov y Spiridovna denunciaron la traición y llamaron a una guerra de liberación. Dos días después se producía el asesinato del embajador alemán, el conde Mirbach, a manos de dos militantes eseristas, altos funcionarios de la cheka, con la esperanza de desencadenar una guerra entre Rusia y Alemania. Inmediatamente después lanzaron una insurrección contra el gobierno de los bolcheviques. Tras dos días de escaramuzas se rindieron.

Desde ese momento los bolcheviques se encontraron completamente solos en los soviets. Esa soledad, junto a la situación limite que atravesó el país en los tres años siguientes crearon las condiciones políticas idóneas que llevarían a Rusia posteriormente al surgimiento del estalinismo y a los pasajes más oscuros de su historia reciente. Los imperios centrales todavía se sostuvieron nueve meses desde la firma del tratado, hasta noviembre de 1918 y la revolución alemana iba a fracasar, dejando a la Rusia revolucionaria totalmente aislada y en el peor de los escenarios posibles.

 

Enric Mompó

 

 

(1) V. I. Lenin. O.C. (Ed. Rusa), t.XXVI pág. 218. Citado por Isaac Deutscher “El profeta armado” pág. 320.

(2) Isaac Deutscher. “El profeta armado” pág. 331.

(3) León Trotsky. “Acerca de Lenin” cap. III citado por Víctor Serge, “El año I de la Revolución Rusa, pág. 251.

(4) V. I. Lenin. O.C. t.XV. Anexo: “El CC del PCR y la paz de Brest Litovsk”, Citado por Víctor Serge. Op. Cit. pág. 247.

(5) Pierre Broué. “El Partido Bolchevique”, pág. 161.

(6) Isaac Deutscher. Op. Cit. Pág. 362.

(7) Isaac Deutscher. Op. Cit. pág. 357.

 

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