Sobre el trabajo


“Pretenden que trabajemos gratis porque nos gusta lo que hacemos” (El Pais, 6 de febrero de 2017); UGT alerta de aumento del paro estructural y la precariedad tras cinco años de reforma laboral (Telecinco, 9 de febrero de 2017); ¿Cuándo te robará el trabajo un robot? Esta es la lista de profesiones con menos perspectivas de futuro (La Sexta, 27 de febrero de 2017); Los nuevos ‘sin techo’: con trabajo pero sin hogar (El Pais, 6 de Marzo de 2017); CCOO acuerda con el Gobierno la reducción de la precariedad en el empleo público (CCOO, 29 de marzo de 2017); Rosell, Riesgo, Ryder y Kromjong inauguran en CEOE el seminario sobre el Futuro del Trabajo (CEOE, 31 de marzo de 2017); CCOO y UGT firman un preacuerdo de Convenio de Contact Center que eterniza la precariedad del sector (CGT, 1 de abril de 2017); Baja el paro, pero el 90% de los contratos de marzo son temporales (CCOO, 4 de abril de 2017);…

Ya sea a través de los medios de comunicación o de las organizaciones sindicales, bien por estar afiliados/as a ellas, bien porque aquellas con presencia en nuestros centros de trabajo mantienen un mínimo nivel de actividad; cada día llegan a nuestros oídos noticias sobre el trabajo (o el empleo como su forma asalariada) de forma recurrente. A menudo estas revisten un carácter negativo. A pesar de ello, rara vez nos detenemos a preguntarnos qué es el trabajo, cómo se nos presenta, qué papel juega en nuestras vidas y cómo influye en nosotros y en nuestras relaciones.

No es casual que por parte de patronales y empresarios no se quiera abordar el tema. “El obrero sólo le interesa en cuanto trabajador, en cuanto medio o instrumento productivo, o fuente de riqueza, y no propiamente como ser humano (…). La economía política reconoce, con una franqueza que raya el cinismo, que esta inhumanidad existe, pero el trabajo humano sólo le interesa como producción de bienes con vistas a la ganancia. Las consecuencias negativas que tiene el trabajo para el hombre se le presentan como algo natural que no requiere explicación, y, por tanto, las condiciones de existencia humana -o más exactamente inhumana- del obrero en la producción, se consideran como condiciones irrebasables. Para la economía política burguesa el trabajo es una categoría meramente económica: trabajar es producir mercancías, riquezas. Pero si el trabajo afecta negativamente al hombre -y si, por otra parte, le afecta vitalmente- ello quiere decir que tiene una dimensión más profunda que la meramente económica.”[1]

Una postura diferente se esperaría de las organizaciones sindicales. Siendo estas un espacio organizativo propio de los trabajadores y trabajadoras, desarrollado ante la necesidad de vincularnos para hacer frente a las consecuencias negativas que para nosotros conllevan las actuales relaciones de producción. Sin embargo, la concepción del trabajo que sostiene la economía burguesa, la cual responde únicamente a los intereses de la clase dominante, es la misma que se ha impuesto de forma mayoritaria, en la actualidad y en el territorio del Estado español, en nuestros sindicatos. Y lo que es más preocupante, estas mismas organizaciones han pasado a asumir el rol de reproducir esta concepción entre los propios trabajadores y trabajadoras.

Esta lectura de la realidad no niega la existencia de luchas sindicales. Pero en su mayoría, estas se afrontan desde una postura exclusivamente posibilista. Hecho que no es casual viendo la forma cómo se aborda mayoritariamente la cuestión de la formación sindical: en la que se tiende a plantear las posibilidades y los límites de la legalidad pero se omite, más allá de puntuales quejas formales, una lectura de clase de la misma. Se les reconoce a los trabajadores y trabajadoras el derecho (y el deber) de enfrentarse a aquello que empeora sus condiciones de vida. Pero este reconocimiento se basa en el hecho de ser ellos y ellas quienes sufren las consecuencias negativas del trabajo (actitud meramente defensiva) y no por su pertenencia a una clase en cuyas manos está el superar las actuales relaciones de producción.

Esta postura tiende a traducirse en la aparición de clasificaciones de trabajos de primera, de segunda, de tercera; la aparición de categorías como precariado;… en resumen, a poner la parte por encima del todo. Poniendo más énfasis en la persecución de intereses diferenciados en lugar de profundizar en una política sindical que apunte a las cuestiones esenciales. Aquellas que realmente nos igualan como miembros de una clase social que carece de medios de producción, y que, forzados a vender como mercancía nuestra fuerza de trabajo, producimos plusvalía.

Las contradicciones que afloran entre aquello que se dice defender y las formas que se adoptan para llevarlo a cabo acostumbran a saldarse de una manera formal: ya sea justificando que las consignas utilizadas apelan a la unidad de la clase; poniendo el énfasis en las relaciones con otras organizaciones, movimientos sociales, políticos,… como forma de ser y aparecer, ante la propia debilidad organizativa; apelando a una solidaridad basada en el hoy por ti, mañana por mí, a la hora de reforzar luchas parciales, en lugar de profundizar en los vínculos comunes a todas ellas;… Cuestiones que, si bien no dejan de ser necesarias, a menudo sirven para esquivar una reflexión más profunda acerca de la situación real del movimiento obrero en general, y del sindical en particular.

En su obra La ideología alemana, K. Marx y F. Engels afirmaban que “podemos distinguir al hombre de los animales por la conciencia, por la religión o por lo que se quiera. Pero el hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus medios de vida, paso éste que se halla condicionado por su organización corpórea. Al producir sus medios de vida, el hombre produce indirectamente su propia vida material. (…) Tal y como los individuos manifiestan su vida, así son. Lo que son coinciden, por consiguiente, tanto con lo que producen como con el modo cómo lo producen. Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción.”[2] De esta forma señalaban que “el trabajo no sólo produce objetos y relaciones sociales, con un carácter enajenante en un caso y en otro, sino que produce al hombre mismo. Así, pues, el trabajo que, por un lado, niega al hombre, por otro, lo afirma en cuanto que lo produce como tal.”[3]

Considero que es un buen punto de partida para elaborar una línea sindical que ponga el énfasis en superar la contradicción existente entre fuerzas productivas y relaciones de producción, la cual se expresa en los titulares que inician este artículo y que está presente en la vida diaria de todos los trabajadores y trabajadoras. Queda por resolver si las organizaciones sindicales apuestan realmente por su superación o será un debate que se continuará esquivando.

 

Manuel Villar

 

 

  1. Adolfo Sánchez Vázquez: Filosofía de la Praxis, 1967.
  2. K. Marx y F. Engels, La ideología alemana, 1845-46.
  3. Adolfo Sánchez Vázquez: Filosofía de la Praxis, 1967

 

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