Trabajo de cuidados, trabajo asalariado

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Sadie_Pfeifer,_48_inches_high._Has_worked_half_a_year._One_of_the_many_small_children_at_work_in_Lancaster_Cotton..._-_NARA_-_523128.jpg

El pasado ocho de marzo, diversos manifiestos denunciaban la situación de la mujer trabajadora. En el ámbito laboral los trabajos a media jornada, la precariedad, los salarios más bajos. En casa la responsabilidad mayoritaria del trabajo de cuidados… Por el hecho de ser mujeres[1]. Y eso por qué? En otro comunicado nos dicen por causa del género, “construcción social e histórica cuyo objetivo es la explotación de las mujeres tanto en el hogar como en el trabajo”[2], pero sin especificar muy claramente cómo se articula o en beneficio de quién. En otras palabras, la culpa es del patriarcado.

Las feministas anticapitalistas han adoptado el concepto de patriarcado para integrar en el análisis de clase el relativo poder de los hombres sobre las mujeres, también en el seno de la clase obrera. Pero si el capital tiende a la acumulación y la máxima explotación de la fuerza de trabajo, entonces tenderá a llevar a las mujeres al trabajo asalariado sentando así las bases materiales para su independencia en relación a los hombres (como lo defendieron Marx y Engels). Cómo es posible entonces que tantas mujeres estén completa o parcialmente excluidas de la producción capitalista, trabajando en el hogar? O dicho de otra manera, si la ley de la acumulación es indiferente al género, cómo se perpetúan las divisiones entre los géneros? Cuáles son sus bases materiales?

Me parece aquí interesante recuperar aquí la tesis de Johanna Brenner y Maria Ramas[3] que apuntan a diferencias biológicas como origen y causa de esa diferencia de género. Ojo, no defienden el determinismo biológico, es decir que las diferencias biológicas sean las que determinen por sí solas las relaciones sociales. Al contrario, intentan entender como el sistema de clase de la producción capitalista asimila la realidad biológica de la reproducción. Es decir que las diferencias biológicas pueden determinar, en este contexto, la participación de las mujeres en la vida económica y política, su capacidad para organizarse para defender sus intereses, etc.

Si echamos un vistazo a la historia de las mujeres trabajadoras bajo el capitalismo, parece que en sus inicios las mujeres se retiraban del trabajo asalariado a tiempo completo tras el nacimiento de su primer hijo y buscaban trabajos que fueran compatibles con el cuidado de la familia: a tiempo parcial, a domicilio, de temporada, etc. En los pocos casos en que las mujeres podían trabajar y tener los niños con ellas, la tasa de participación aumentaba. Son casos rarísimos: en 1887 en EEUU, sólo el 4% de las mujeres asalariadas estaba casada. El embarazo, el parto, la lactancia no eran (no son) compatibles con la producción capitalista.

En la economía preindustrial, la reproducción podía ser adaptada a las exigencias de la producción, que organizaban los trabajadores mismos, artesanos o a domicilio. La industrialización modificó esta situación substancialmente. Los trabajadores perdimos el control del proceso de producción y los ritmos de producción, siempre crecientes, hicieron imposibles la coordinación del trabajo productivo y reproductivo. La necesidad de la clase capitalista de extraer plusvalía llegó a amenazar (y amenaza) la misma supervivencia de la clase obrera. La organización de la reproducción en un sistema familiar ligado al hogar fue una manera de resolver esa crisis.

Las largas jornadas laborales aconsejaban la división del trabajo: que sólo una persona trajese el salario a casa, mientras la otra se ocupaba primordialmente de la reproducción familiar. La incompatibilidad de reproducción y trabajo asalariado aconsejaba que fuera la mujer quien se quedase en la casa. En esa época, la mortalidad infantil, los abortos no deseados, los partos difíciles eran comunes entre las obreras. En un momento en que la tasa de natalidad era altísima, es decir, que las mujeres pasaban gran parte de su vida adulta pariendo y cuidando niños, tenía sentido que las mujeres se quedasen en casa si el núcleo familiar se lo podía permitir. Siendo el salario más alto generalmente el del hombre, era más razonable renunciar al salario menor y más precario que normalmente podía aportar una mujer. Estos cálculos siguen siendo comunes a día de hoy.

Defender que la división sexual del trabajo tiene bases materiales no quiere decir que los valores patriarcales precapitalistas no haya desempeñado un papel en el establecimiento del sistema familiar en el seno de la clase obrera. Ni tampoco negar que los hombres tenían un interés material en imponer una forma de familia donde las mujeres y los niños estaban bajo su control. Pero los hombres de la clase obrera no tenían los medios para mantener esta forma de familia contra la oposición de las mujeres. Son más bien las fuerzas productivas y relaciones de producción capitalistas quienes dieron a la reproducción biológica una capacidad de coerción. En la lucha por la supervivencia, la clase obrera vió muy limitada la posibilidad de organizar su propia reproducción.

La solución que se dió al problema de la reproducción fue sin embargo trágica para las mujeres, contribuyendo a mantener su dependencia y subordinación. Las mujeres siguieron en las posiciones más precarias del mercado laboral limitandose al mismo tiempo su capacidad de sindicalización y organización. La historia de la sindicalización femenina comienza con mujeres jóvenes, solteras, sin hijos propios. Esta situación agrandó el desequilibrio entre los sexos, permitiendo a los hombres ejercer un control sobre la sexualidad de las mujeres, transferirles una gran parte de la carga de trabajo doméstico y formular demandas emocionales no recíprocas.

Si el siglo XIX vio la constitución de la familia obrera, el siglo XX ha sido testigo de la desaparición del “ama de casa”. La ley de acumulación capitalista ha llevado a las mujeres casadas al trabajo asalariado. En el centro capitalista, durante unos años, la productividad en aumento del capital y el miedo a la Revolución propiciaron una fuerte subida salarial. Por su parte el capital transformó gran parte de los cuidados en mercancía, reduciendo el tiempo de trabajo social necesario para la reproducción. Las mujeres empezaron a trabajar a tiempo completo, reemplazando el trabajo infantil. La relativa compatibilidad entre producción y reproducción sólo se consiguió a costa de bajas de maternidad, servicios de guardería… Gastos para el capital que aumentan el coste del capital variable sin aumentar la productividad del trabajo, reduciendo la tasa de ganancia. Es obvio que los capitalistas no estaban dispuestos a realizar tales gastos y mantenerlos en el tiempo.

Hoy todos los datos confirman que las mujeres siguen siendo responsables del cuidado de los hijos, siendo las mujeres con hijos pequeños las que mayoritariamente trabajan una jornada reducida. Es previsible que ocurra lo mismo en las familias donde la persona dependiente es de edad avanzada. Siempre que las mujeres ganen menos que los hombres, tendrán menos capacidad exigirles responsabilizarse de las tareas familiares, reforzando así las desigualdades en el mercado laboral. La fuerza de trabajo de las mujeres sigue estando devaluada con relación a la de los hombres y los sectores que se encuentran masivamente feminizados lo son porque están mal pagados. Si empieza a mejorar algo el salario en un sector, la fuerza de trabajo masculina reemplaza a las mujeres.

Aún así, la fuerza que empuja a las mujeres a su rol doméstico tradicional es mucho más debil hoy que en el siglo XIX. Es más, una minoría de mujeres ha podido salir del círculo vicioso en el que el trabajo de cuidados refuerza los bajos salarios y viceversa. Eso sí, de forma individual, pagando a otras mujeres por los servicios que si no habrían de realizar ellas mismas. Algo que la gran mayoría de mujeres no se puede permitir. La reproducción de la fuerza de trabajo es siempre conflictiva para el conjunto de la clase obrera, especialmente en tiempos de crisis y en particular para las mujeres. La solución pasa por la lucha colectiva, la organización sindical de las mujeres en el seno del movimiento obrero para incluir reivindicaciones propias, la auto-organización de la reproducción ampliando la responsabilidad del cuidado de las personas dependientes a toda la clase, la organización política que es la única que permite transformar las relaciones con los hombres dentro y fuera de la familia.

 

Inés Torres

 

 

  1. http://www.cgtcatalunya.cat/spip.php?article12338#.WM5E9X1LDQw
  2. http://www.endavant.org/8-marc-dia-internacional-de-les-dones-treballadores-contra-lexplotacio-i-la-pobresa-lluita-feminista/
  3. http://newleftreview.es/I/144/johanna-brenner-maria-ramas-rethinking-women-s-oppression

 

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