CONTROL OBRERO, COMITÉS Y SINDICATOS.

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Al contrario de lo que muchos podrían pensar, el primer gobierno de los soviets no se planteó la socialización inmediata de la economía. En realidad, tal y como planteaba el programa bolchevique, la figura que se contemplaba era la del control obrero de los medios de producción mediante los comités de fábrica que proliferaban desde la revolución de febrero.

A diferencia de la clase obrera de los países capitalistas avanzados, el proletariado ruso carecía de los conocimientos técnicos y culturales para dirigir la economía del país. El control obrero y la administración del crédito (suministrado por las entidades financieras nacionalizadas) sería la escuela en la que aprendería a gestionar los medios de producción y convertirse en la clase dirigente de la revolución socialista. Gracias también al control de los comités recuperaría una parte de la plusvalía que ahora iban a parar al bolsillo de los empresarios, en beneficio del Estado, con lo que disminuiría en la misma proporción la explotación de los trabajadores. Después, ya habría tiempo para hablar de las expropiaciones.

La falta de formas concretas de cómo se iba a proceder después de la revolución, quedaba justificado en parte, por el convencimiento de que la revolución socialista internacional iba a acudir en cuestión de semanas, o a lo sumo de meses, en auxilio de la atrasada Rusia. De hecho, Lenin concebía la revolución rusa como parte (y no la más importante) de la revolución europea que él creía a punto de estallar.

“Si uno se pregunta cómo concebía nuestro partido, antes del 23 de octubre el sistema de control obrero en conjunto y sobre cuál base de qué orden económico pensábamos organizarlo, no hallaremos una respuesta clara en ninguna parte.” (1)

Antes de la revolución de Octubre, Lenin había apoyado la creación de los comités de fábrica y se había mostrado convencido que la fórmula del control obrero era el mecanismo apropiado para que los obreros aprendiesen a dirigir la economía del país. El problema surgía cuando se daba un paso hacia adelante y las empresas dejaban de estar en manos de los capitalistas. Era necesario crear los organismos que centralizaran y coordinaran la producción, que acabaran con el caos del mercado capitalista y redistribuyeran los beneficios.

El 14 de noviembre se promulgó un decreto por el que se invitaba a los obreros a que controlaran la producción, los negocios y la situación financiera de las empresas. A falta de un organismo centralizado que regulara la economía, se confiaba todo a la iniciativa de los propios trabajadores. Los comités (mayoritariamente controlados por los bolcheviques) se convirtieron en los órganos de control de las fábricas, responsables ante un consejo local de control obrero, que a su vez quedaba subordinado a un consejo panrruso. En la práctica, los comités eran los que detentaban el poder real en las empresas. Sus resoluciones se volvían obligatorias y el secreto comercial quedaba abolido.

“Queda establecido el control obrero sobre la producción, conservación y compraventa de todos los productos y materias primas, en todas las empresas industriales, comerciales, bancarias, agrícolas, etc., que cuenten con cinco obreros y empleados (en conjunto) por lo menos, o cuyo giro anual no sea inferior a 10.000 rublos” (2).

La resistencia no se hizo esperar. La burguesía confiaba en que el gobierno bolchevique no iba a durar y que el proletariado no sería capaz de conservar el poder. La conflictividad se disparó. A la resistencia y el sabotaje de los patronos y los técnicos, los trabajadores contestaron con la ocupación de las fábricas y las expropiaciones. La iniciativa por lo tanto no partió de los bolcheviques, ni de sus aliados los socialistas revolucionarios de izquierda, siguiendo un plan ordenado de construcción del socialismo, sino de la lucha espontánea de los trabajadores contra sus explotadores. El gobierno tardó todavía varios meses más para lanzar sus primeros decretos de nacionalización. Todavía en abril de 1918, preveían la constitución de sociedades mixtas, en las que participaría el Estado, junto a capitales rusos y extranjeros (3).

Es importante destacar el grado de ingenuidad de los dirigentes bolcheviques. Sus planes de tránsito ordenado y pacífico hacia el socialismo, pronto se vieron desbordados por la dura realidad. La burguesía había perdido el poder político, pero iba a luchar con todas sus fuerzas para evitar perder la propiedad sobre los medios de producción. No iban a colaborar de buena gana para convertir las fábricas bajo el control de los comités, en escuelas de formación para los que los iban a expropiar en el futuro. Pero tampoco los trabajadores iban a ponérselo fácil a los bolcheviques. Una oleada de expropiaciones trastocó sus planes y les obligó a improvisar sobre la marcha.

EL CONTROL OBRERO. EL CAOS GENERALIZADO.

La desaparición del Estado capitalista dio paso a la tendencia espontánea de los trabajadores a apoderarse de las empresas en las que trabajaban. Por primera vez se sentían los dueños de las fábricas y actuaban como tales. Si los odiados empresarios paraban las máquinas y cerraban los centros de trabajo, los obreros los volvían a poner en marcha. Las primeras incautaciones se llevaron a cabo por la iniciativa espontánea, sin que el gobierno de los soviets tuviera nada que ver.

Para poder controlar las expropiaciones espontáneas de fábricas, se creó el Consejo Superior de Economía (Vesenja) dotado con plenos poderes, pero sus primeros pasos fueron vacilantes y tímidos. Se limitó a legalizar lo que los trabajadores realizaban por su propia cuenta. No existía ningún intento de llevar a cabo una política coherente de nacionalizaciones. Sólo unos meses más tarde, en los albores de la guerra civil, el gobierno empezó a utilizar el mecanismo para dejar a la contrarrevolución sin su base económica.

La burguesía, privada del poder político del estado y sometida al estricto control de sus obreros en los centros de producción, se sintió amenazada en sus derechos de propiedad. Exigió que sus intereses fueran respetados. Y sino… el caos. Estaban totalmente convencidos de que los obreros serían incapaces de poner en marcha el aparato productivo. Los empresarios petroleros, por ejemplo, para volver a poner en marcha la producción, reclamaron las mismas condiciones que tenían antes de la revolución y amenazaron con suspender las extracciones si se les obligaba a someterse a las nuevas leyes.

En ocasiones los industriales conseguían ganarse la confianza de los comités y se aprovechaban de la inexperiencia de los obreros, para hacerse abastecer por el Consejo Superior de Economía y hacer buenos negocios, como una forma de robar al Estado. Otras veces se dedicaban a liquidar los centros de trabajo, ocultar sus abastecimientos, robar o vender la maquinaria y huir llevándose el dinero conseguido. Los trabajadores y sus comités se encontraban con las empresas cerradas, y con lo que quedaba de ellas intentaban ponerlas de nuevo en marcha. Hubo casos en los que patronos y trabajadores se pusieron de acuerdo para no aplicar las órdenes del gobierno de cerrar o concentrar las fábricas dedicadas a la fabricación de municiones, o cuando se prohibió el trabajo nocturno para las mujeres.

El sabotaje no sólo lo causaban los capitalistas, en muchos casos también procedía de los cuadros técnicos y administrativos, que por lo general eran hostiles al nuevo orden revolucionario. La expropiación era una de las armas de los trabajadores contra sus patronos, cuando éstos se resistían a aceptar su control. Los comités se apoderaban de las fábricas en nombre de los obreros. Sin embargo, llevadas a cabo sin un criterio de utilidad económica, muchas de las incautaciones contribuían a aumentar el caos de la producción.

En el invierno de 1917-1918, las expropiaciones fueron casi exclusivamente obra de los trabajadores. Fue un proceso espontáneo y desordenado. Se incautaron las empresas, una por una, y no por sectores. No existía ningún atisbo de planificación. Los soviets y los consejos de economía regionales y locales, con sus decretos se limitaban a refrendar lo que habían hecho los obreros por su propia iniciativa.

Ante la falta de un plan económico estatal que las contemplara, el alud de expropiaciones contribuyó a crear una conciencia corporativa en las empresas. El decreto de noviembre de 1917 sobre el control obrero fue interpretado también como la confirmación de que los medios de producción habían pasado a ser propiedad exclusiva de los trabajadores de cada fábrica, y no de la clase en su conjunto, como en una especie de capitalismo popular. Las empresas expropiadas competían entre sí para colocar sus productos en el mercado, mejoraban las condiciones laborales de las plantillas ateniéndose sólo a la situación de cada empresa y no, a las necesidades generales de la población. A medida que la bola de nieve crecía, la economía del país, ya muy deteriorada por la guerra y la revolución, se encaminaba hacia el desastre.

Con una política económica gubernamental titubeante, que iba muy por detrás de como se desarrollaban los hechos, el proceso encerraba innumerables peligros. Se ha responsabilizado en muchas ocasiones a los trabajadores y a sus comités del caos reinante. Pero no es menos cierto que en su lucha contra la resistencia que oponían sus antiguos explotadores, se veían obligados a apoderarse de las empresas y esperar la ayuda y el asesoramiento de los soviets y los sindicatos. El problema es que nadie había previsto la velocidad vertiginosa con la que se desarrollaba la nueva situación. Nadie sabía qué hacer y sólo se podía improvisar.

“Cada comité pensaba, antes que nada, en los intereses de su empresa (es decir, en los trabajadores que representaba); de esto a defenderla por todos los medios, sin preocuparse de los intereses generales del país, no había más que un paso. Cualquier empresa aunque fuese atrasada, mal equipada, dedicada a una industria de importancia secundaria, reivindicaba su derecho a la vida, es decir, al abastecimiento, al crédito, al trabajo… De ahí que el resultado fuese un perfecto lío, porque las fábricas vivían por cuenta propia, anárquicamente.” (4)

No podía ser de otro modo. Los comités y los trabajadores de las empresas luchaban para sobrevivir, incluso los de las empresas más obsoletas y peor equipadas. No era su tarea, ni tenían los mecanismos necesarios para saber cuales eran “los intereses generales del país”. El gobierno tuvo que crear los organismos (El Consejo Superior de Economía) que improvisasen una nueva política económica para la situación y no siempre iba a acertar. A menudo los decretos iban a ser papel mojado, que nadie iba a querer o poder cumplir.

Los trabajadores y sus comités no tenían los conocimientos suficientes para llevar hacia adelante la administración, la producción y la distribución de los productos. Como no existía un plan del gobierno soviético, las empresas funcionaban sin dirección y de forma totalmente arbitraria, tratando de resolver los problemas, día a día, por su propia cuenta y de la forma que consideraban más conveniente.

En realidad, los errores y excesos de los comités, jugaron un papel secundario en la crisis. Las causas de la descomposición económica eran anteriores a la revolución de Octubre. Nacieron con la guerra europea: la escasez crónica de materias primas y combustible, el mal estado de la maquinaria y las instalaciones y la reducción de las plantillas porque los obreros eran enviados al frente. El proceso revolucionario se limitó a agravar la situación

En ocasiones, se agotaban las materias primas o el combustible, sin que nadie se hubiera asegurado de conseguir nuevos suministros. Algunas empresas enviaban delegaciones a las provincias, para asegurarse por su propia cuenta las materias primas, a veces a precios altísimos. Otras, con excedentes, se negaban a compartir los suministros con las fábricas que los necesitaban más. Había comités que subían los salarios y los precios de forma arbitraria, mientras que otros se ponían de acuerdo con los antiguos propietarios para restablecer el antiguo sistema de primas. Algunas empresas se quedaban sin crédito, simplemente porque nadie había pensado en ello. A veces eran los mismos trabajadores los que robaban y revendían los materiales, o desobedecían las órdenes que llegaban. El clima generalizado de desconfianza hacia el personal técnico y los antiguos directivos, no ayudaba precisamente a solucionar los problemas.

El VII Congreso del partido bolchevique, a principios de marzo de 1918, pidió que se adoptaran medidas para elevar la autodisciplina en las fábricas, y atajar la plaga de la irresponsabilidad y los saqueos que se producían. Poco después, el IV Congreso de los soviets reclamó medidas similares.

La economía rusa, seriamente siguió deteriorándose en los meses posteriores a octubre. Era necesario poner orden en el proceso productivo y la autonomía de las empresas controladas por los comités era un obstáculo. La acción directa y espontánea de los obreros en las fábricas, sin una planificación centralizada de todo el proceso productivo y distributivo, era un callejón sin salida que conducía al desbarajuste y al colapso.

“El caos (decía Lenin en enero de 1919) no puede suprimirse más que por la centralización, juntamente con la renuncia a los intereses puramente locales que evidentemente han provocado la oposición a este centralismo, el cual es, sin embargo, la única salida a nuestra situación… Nuestra situación es mala… porque no tenemos una centralización estricta.” (5)

Socialismo no consistía en sustituir a los antiguos capitalistas por unos comités que defendían su derecho a la independencia del poder político (el gobierno de los soviets). En la práctica esto equivalía a cambiar unos propietarios por otros. Había que establecer una economía planificada y coordinada por una autoridad central (los soviets) en interés de toda la sociedad, y no en el de unos pocos. Los trabajadores no eran los dueños de los medios de producción de sus empresas, sino los usufructuarios. Era la totalidad de la clase, el conjunto de los trabajadores, la verdadera propietaria de las empresas. El control obrero y la autogestión por lo tanto sólo podían llevarse a cabo de forma limitada, como parte de una economía democráticamente planificada, al servicio de las necesidades de toda la sociedad.

LA EVIDENCIA DE UN FRACASO.

Con la firma del tratado de Brest Litovsk, Lenin comprendió que el terreno que pisaba la revolución era muy resbaladizo, distinto del que habían supuesto antes de Octubre . La pérdida de Ucrania y de una buena parte de las zonas más ricas e industrializadas de Rusia, había agravado el caos y la decadencia de la economía. Las promesas de la revolución tendrían que posponerse por un período de tiempo. Ahora había que evitar el colapso y estabilizar la situación.

Tal como nos explica el historiador Paul Avrich, poco sospechoso de simpatizar con los bolcheviques, pero muy objetivo en sus apreciaciones, el control obrero (al menos en sus formas más radicales) tuvo unos efectos devastadores en el proceso productivo (6). En el debate sobre las causas del fracaso, los obreros de las fábricas acusaban a los antiguos propietarios de ser los causantes del desastre y que el control obrero era necesario para impedir el cierre de los centros de trabajo y los despidos masivos. Los empresarios contraatacaban afirmando que la caída de la producción se debía a la continua interferencia que los comités provocaban en los proceso productivo, ya seriamente deteriorado por la falta generalizada de materias primas y combustible. Cada una de las partes tenía una parte de razón.

Ante la caótica situación, las centrales sindicales (dirigidas bolcheviques y mencheviques) exigieron el control estatal de la industria. Paradójicamente, los comités de fábrica que habían alentado la revolución, sin una dirección centralizada que organizara la producción y la distribución, corrían el peligro de llevar a la disgregación y al colapso la economía y a medio plazo, desembocar en la restauración política del poder de la burguesía.

“… el control obrero implicaba el control de los soviets, y no ‘la ridícula transferencia de los ferrocarriles a los ferroviarios, o de las fábricas de cuero a los trabajadores del ramo’, cosa que conduciría a la anarquía más que al socialismo.” (7)

El control obrero era una escuela necesaria para que los trabajadores aprendieran a dirigir la economía del país y establecieran su dictadura de clase. Lenin era consciente de esto, pero no podía escapar a una de las grandes máximas de Mafalda: “Lo urgente no dejaba paso a lo importante”. Lo primero era evitar el colapso inminente de la producción que conllevaría la derrota de la revolución y para ello había que organizar un plan de desarrollo de la economía a nivel estatal.

El caos y los errores cometidos por los comités convencieron a Lenin de que los trabajadores no estaban preparados para controlar el proceso de producción. En las circunstancias en las que se encontraban, consideraron que no había margen de maniobras. Había que aprovechar los conocimientos de los empresarios y de sus técnicos para relanzar la economía antes de que fuera demasiado tarde. Esto encerraba inquietantes peligros, pero quizás no había otro camino a seguir. Sin duda alguna la burguesía aprovecharía la ocasión para erosionar el poder revolucionario. Si la revolución internacional no llegaba en su ayuda, habría que hacer las cosas con los recursos con los que contaban.

Si tal como creía Lenin, los trabajadores tenían que limitarse a través de sus comités, a controlar la contabilidad de las empresas y se dejaba a los antiguos directivos y técnicos la administración y el proceso productivo, se mutilaba gravemente el proceso educativo por el cual los trabajadores debían convertirse en el motor y la dirección de la futura sociedad socialista.

El 5 de diciembre de 1917 se creó el Consejo Superior de la Economía Nacional (Vesenja), asignándole la misión de elaborar un plan que regulase la economía. Era el primer paso, el primer intento de llevar a cabo una planificación centralizada y superar la desorganización. Pero para llevarla a cabo era necesaria la existencia de una estructura piramidal que llevara a cabo, de arriba abajo, y de abajo arriba, las directrices del Consejo, responsable a su vez ante el gobierno y los soviets.

SALIR DEL AGUJERO. SIN MARGEN DE MANIOBRA.

En la conferencia de los comités de fábrica, celebrada en octubre de 1917, los sindicatos surgieron inesperadamente -con su firme defensa del orden, la disciplina y la dirección centralizada de la producción- como los más sólidos aliados de la política bolchevique.

Pocos meses después, en enero de 1918, se celebró el I Congreso de los sindicatos de toda Rusia, en el que los bolcheviques eran ya claramente mayoritarios (de los 416 delegados, 273 eran bolcheviques y 66 mencheviques). Después de acalorados debates, el Congreso votó a favor de que los comités fueran absorbidos y se transformaran en organismos de control sindical. Recalcó que el control obrero no podía consistir en el poder local e independiente de los trabajadores en las empresas y que sólo podía funcionar como parte de un plan económico que representara los intereses del conjunto de la sociedad.

Fue en abril del mismo año, cuando el consejo central de todos los sindicatos publicó una regulación en la que se instaba a implantar una severa disciplina laboral en los centros de trabajo para corregir la grave desintegración económica que sufría el país, que amenazaba con la “extinción del proletariado”.

Pero sería ya en medio de la guerra civil que asolaría el país durante tres largos años, cuando el gobierno se decidió claramente a tomar la iniciativa. El 28 de junio de 1918, se inició el proceso de nacionalización de la industria. Por decreto fueron expropiadas todas las empresas mineras, textiles, metalúrgicas, electrotécnicas, madereras, tabaqueras, vidrieras, cerámicas, cemento curtidos, caucho y transportes, cuyo capital superase el medio millón de rublos. Las fábricas empezaron a ser agrupadas por sectores de producción o trusts industriales.

El Consejo Superior de Economía sería el encargado de la reorganización de la industria y de organizar la administración de las empresas expropiadas, que se declaraban en adelante como otorgadas en concesión gratuita a sus antiguos propietarios. El papel de los comités de fábrica consistiría en velar por el cumplimiento de las directrices y asegurar la disciplina en los centros de producción.

En el I Congreso de los Consejos Económicos, celebrado en mayo-junio de 1918, hubo que hacer frente a los problemas. La falta de preparación del proletariado y el desbarajuste económico obligaba a tomar medidas antes de que fuera demasiado tarde. Se decidió reclutar a los antiguos directivos y al personal técnico de las empresas a cambio de sueldos elevados, se introdujo el trabajo a destajo, la prolongación de la jornada laboral, la obligación de realizar horas extras, el control de los relevos de los puestos de trabajo y la adopción del sistema taylorista. Poco después se adoptó el sistema de dirección individual de las fábricas en detrimento del control obrero. Medidas que en sí mismas suponían un serio retroceso para la construcción de unas relaciones laborales socialistas, pero que pretendían corregir la situación, el hambre en las ciudades y la rápida disminución de la clase obrera a causa de su integración en el ejército rojo y la emigración al campo. Si con estos métodos el capitalismo había logrado incrementar la producción, el gobierno revolucionario bien podía hacer lo mismo, aunque fuera de forma temporal.

“El aumento del rendimiento de trabajo y su organización superior exigen, en primer lugar, la firmeza de la gran industria, y en segundo, la disciplina de los productores… Implantemos el trabajo a destajo, inspirémonos en lo que tiene de bueno el sistema de Taylor. ‘Como todo progreso del capitalismo, este sistema lleva consigo junto a los refinamientos de la explotación capitalista, magníficas adquisiciones científicas’.” (8)

Sin apenas margen posible de maniobra, Lenin y los bolcheviques se veían obligados a aceptar métodos de producción que tan solo unos meses antes habían condenado tachándolos de ser propiciar la esclavitud capitalista. Había que evitar como fuera el desastre, pero las medidas que pretendían solucionar unos problemas abrían otros, no menos peligrosos.

“… al permitir que un grupo específico, separado de los propios obreros, se encargue de la función de dirigir la producción, la clase obrera pierde toda posibilidad hasta de controlar los medios de producción.” (9)

Las medidas adoptadas eran provisionales, un alto en el camino, un paso atrás para avanzar después dos más hacia adelante. Había que impedir que la economía siguiera cayendo. Lenin consideraba la jefatura de los técnicos en las fábricas, como un mal necesario que había que soportar hasta que los obreros estuvieran en condiciones para dirigirlas. Sin embargo había que preguntarse ¿y después qué? Sin un verdadero control obrero de las empresas (como parte del control estatal) y sin unos métodos laborales que permitieran la iniciativa creadora de las masas trabajadoras, la escuela en la que la que éstas iban a educarse para asentar su dictadura sobre la burguesía y los nostálgicos de la vieja sociedad, quedaba gravemente lastrada.

Las advertencias de Ossinsy y Smirnov, miembros de la oposición en el partido, no andaban desencaminadas. Las diferencias no estaban en si había que contratar o no a los especialistas burgueses en la industria, en la administración y el ejército, sino en cómo y en qué condiciones se los reclutaba. Exigían que estuvieran sujetos al control de los comités de empresa. Era urgente corregir los errores cometidos en las primeros meses de la revolución y revitalizar cuanto antes los consejos obreros, la piedra maestra sobre la que descansaba la dictadura del proletariado y la democracia socialista.

Los temores de los comunistas de izquierda eran compartidos por una gran parte del partido (el mismo Lenin, se mostraba inquieto por el creciente peso de la burocracia en la economía y en la dirección del estado). En diciembre de 1919, en la conferencia del Partido Comunista, Sapronov, otro miembro de la oposición, con el desacuerdo del representante oficial Vladimirsky, consiguió que se adoptase una resolución en la que se pedía la modificación del comité ejecutivo central, a fin de hacerlo más representativo, y una serie de reformas destinadas a devolver un poder efectivo a los comités ejecutivos de los soviets locales. Lamentablemente la resolución aprobada, no llegó a tener efectos prácticos.

La burguesía había sido destruida como clase dirigente. Su poder había desaparecido con el triunfo de la revolución de Octubre. Ahora había que evitar que en su lugar surgiera una burocracia, que acabara transformándose en la nueva clase capitalista. Con el paso dado hacia atrás, los bolcheviques pretendían reconstruir la economía del país. El peligro era que, a medida que esta política de urgencias se llevaba a cabo, se debilitaba el recién nacido poder de los trabajadores y resurgía de las cenizas la vieja sociedad a través de una casta privilegiada de funcionarios (casi todos ellos, procedentes de las antiguas clases dirigentes) que a medio plazo iban a poner en peligro la revolución e iban a precipitar su degeneración.

¿ERAN LOS SINDICATOS LA HERRAMIENTA ADECUADA?

En el mitin celebrado el 28 de noviembre de 1917 sobre el congreso panruso del control obrero que acababa de constituirse, el representante bolchevique Larín contrapuso a los sindicatos, que según él representarían los intereses de la clase obrera en su conjunto, con los comités, que defenderían los intereses particulares de las empresas. La conclusión era que los comités de fábrica deberían quedar subordinados a las centrales sindicales.

Zhivotov, el portavoz del movimiento de los comités de fábrica resaltó que:

“En los comités elaboramos reglas que vienen de la base, tratando de ver como pueden ser aplicadas a la industria en su conjunto. Son reglas que vienen del taller, de la vida misma. Son las únicas reglas que pueden tener verdadero sentido y deberían por lo tanto venir en cabeza en las discusiones sobre el control obrero.” (10)

La advertencia no era baladí. Pese a los errores y las limitaciones de los comités seguían siendo la pieza clave para la participación de los trabajadores en la construcción del socialismo. Quien dirigiera la vida económica, dirigiría también la vida política y social del país. La cuestión era como escapar del abismo, sin poner en peligro el objetivo de la revolución.

Para corregir el caos económico se vislumbraban dos tendencias claramente enfrentadas, que polemizaban sobre qué estructura había que adoptar y sobre qué organismos debía descansar el nuevo proyecto. Los bolcheviques desecharon la convocatoria de un congreso de comités de fábrica y se decantaron por fortalecer el papel de los sindicatos. Llama la atención el hecho de que hasta el momento el partido de Lenin había apoyado a los comités de fábrica como el instrumento más adecuado para el ejercer el control obrero. Los bolcheviques eran mayoritarios en ellos, mientras que en los sindicatos lo eran desde hacía muy poco tiempo y los mencheviques y socialistas revolucionarios todavía contaban con una sólida presencia.

Cabe preguntarse por las causas del viraje. Se ha acusado a Lenin de querer acabar con la independencia de los comités de fábricas porque eran demasiado reacios a dejarse controlar por el gobierno (11). Teniendo en cuenta que los bolcheviques eran mayoritarios en la dirección de éstos, no parece que esa fuera la verdadera causa. El motivo parece que fue más de índole práctico. Los comités apenas empezaban a coordinarse entre sí y ya arrastraban un grave descrédito, mientras que las organizaciones sindicales que existían desde hacía tiempo, llegaban a todos los rincones del país.

De nuevo, algunos nos advierten de que la subordinación de los comités a los sindicatos, era tan solo el primer paso hacia la implantación de la dictadura bolchevique. El siguiente sería someter a las centrales sindicales (que de manera indirecta y deformada todavía estaban sometidas a la influencia de la clase obrera), al Consejo de Economía, y a través de éste al control del Estado. Las bases de la nueva burocracia estaban servidas.

Si el poder de los soviets correspondía realmente al de los representantes del proletariado y del campesinado pobre, la acusación de Maurice Brinton resulta absurda. Estamos hablando de medidas que se adoptaron apenas tres meses después de la revolución de Octubre. Pero la existencia del poder de los soviets no equivalía necesariamente a que fuera posible implantar de forma inmediata un cuadro de relaciones laborales verdaderamente socialistas. En realidad lo que se contemplaba era socialización de la miseria, en un cuadro de desplome y descomposición social, en un país en el que ni siquiera habían llegado a consolidarse el sistema capitalista.

Sin embargo y aunque los sindicatos parecían los organismos más indicados para dirigir la producción industrial, pronto se vieron desbordados por los acontecimientos. Si entre los comités de fábrica se habían cometido gran cantidad de errores, abusos y enfrentamientos, los sindicatos no les fueron a la zaga. Pronto el Consejo Central quedó bloqueado por la lucha de tendencias en su seno. Aunque los bolcheviques hubieran conseguido recientemente la mayoría de la dirección, muchos continuaban todavía en manos de la oposición. Algunos incluso, como el sindicato de correos y telégrafos, o el de los ferroviarios, eran manifiestamente hostiles al poder de los soviets y a los bolcheviques.

Los sindicatos habían acusado a los comités de representar los intereses corporativos de los trabajadores de cada fábrica, frente a los de toda la clase obrera en general (que ellos decían representar), pero la conciencia corporativa pronto surgió también entre ellos. Algunos sindicatos fundaron cooperativas y se dedicaron a comercializar los productos de las fábricas que controlaban, y que dada la penuria existente caían de lleno en la especulación. Otros, aumentaban los salarios, por el simple hecho de que se había hecho la revolución o confiscaban por su propia cuenta los trenes cargados de víveres que llegaban a la estación más próxima. En los inicios de la guerra civil, cuando los ejércitos blancos se encontraban en las puertas de Moscú, la capital se encontró sin pan porque los cargadores de las fábricas de harina habían convocado una huelga exigiendo un aumento de salarios.

¿Debían los sindicatos convertirse en un engranaje del nuevo Estado socialista, o por el contrario tenían que mantener su independencia, para mejor servir los intereses de los trabajadores?

CONTROL OBRERO Y/O CENTRALIZACIÓN.

En el debate entre los partidarios de los sindicatos y los de los comités, encontramos con frecuencia el choque entre dos conceptos que pretenden definir el control obrero y la propiedad de los medios de producción, como si ambos fueran incompatibles. Si la soberanía la ejercen los trabajadores de las empresas, o bien si corresponde a una estructura económica centralizada que esté en manos del conjunto de la clase obrera. En realidad esa incompatibilidad entre el control obrero y el control estatal de la industria no existía, o no debería haber existido, en tanto en cuanto lo que tenían delante no era un gobierno capitalista, sino el gobierno de los soviets (un gobierno de representantes de los trabajadores y del campesinado pobre), quien debía controlar el conjunto de las empresas.

El origen de la problemática probablemente procedía de la vieja tradición anarquista que estaba ampliamente arraigada en el campesinado ruso y que el joven proletariado había llevado consigo en mayor o menor medida a las fábricas. Una tradición que les hacía desconfiar de cualquier tipo centralización fuese la que fuese, no importa si era bajo la yugo zarista, capitalista o con el gobierno de los soviets.

Frente a los que cansinamente objetan las tendencias “totalitarias” de los bolcheviques, hay que recordar que la revolución de Octubre que había entregado el poder a los soviets, había sido apenas unas semanas o algunos meses antes. La degeneración “autoritaria” y “burocrática” que pretenden denunciar todavía no había tenido tiempo para desarrollarse, salvo que consideren que formaba parte de un perverso plan oculto de Lenin y sus allegados. Pero eso ya no es una reflexión crítica sobre la historia, sino paranoia anticomunista.

El problema con el que se enfrentaban los bolcheviques era que se movían en una situación extrema. El colapso de la revolución estaba a la vuelta de la esquina. No había ni margen, ni tiempo para experimentar sobre la idoneidad de tal o cual decisión. Las medidas que se adoptaban no necesariamente eran las más adecuadas y probablemente se podían haber tomado otras, con resultados también distintos. Pero eso pertenece sin duda alguna a la historia ficción. En cualquier caso, para analizarlo sería importante estudiar qué ocurrió en otros procesos revolucionarios que se encontraron con problemas similares.

Sería por ejemplo bastante clarificador poder hacer un estudio comparativo entre las medidas adoptadas por los bolcheviques en 1917-18 y las que se tomaron en la revolución española (con particular fuerza en Catalunya) en 1936. A simple vista se pueden observar muchas similitudes, pero también importantes diferencias.

Los comités de fábrica en Rusia y los de las empresas colectivizadas en Catalunya toparon con problemas parecidos: Una guerra civil, la pérdida de regiones suministradoras de materias primas y también de mercados, escasez de combustible, el hecho de que los trabajadores más concienciados dejaran los centros de trabajo para marchar al frente, la necesidad de contratar a los antiguos directivos y los técnicos para hacer funcionar las fábricas. En los dos casos las expropiaciones fueron llevadas a cabo de forma espontánea y sin la intervención de las organizaciones revolucionarias (ya fuera el Partido Bolchevique o la CNT-FAI) y en ambos se cometieron los mismos errores y excesos, frutos de la espontaneidad: La competencia por el mercado, el desconocimiento de como administrarlas, la negativa de unas empresas a auxiliar a otras que lo necesitaban, el aumento del precio de las manufacturas y los salarios sin tener en cuenta la grave situación económica, la tendencia a la creación de una especie de capitalismo popular, la desigualdad de los salarios entre empresas ricas y pobres ,… Y también en ambos casos los sindicatos acabaron jugando un papel crucial para corregir el caos y corregir la situación.

Por supuesto, existen diferencias muy importantes. En la revolución española la guerra civil acababa de empezar, y la capacidad productora de la industria estaba intacta. Rusia, por el contrario, había sufrido un largo y profundo deterioro desde 1914, a raíz de la guerra europea y del proceso revolucionario. La capacidad de la economía rusa antes de octubre estaba por los suelos, mientras que una buena parte de la clase obrera industrial había tenido que abandonar las fábricas para combatir en el frente de batalla.

Controladas las empresas desde arriba por los sindicatos. Organizadas y concentradas en agrupaciones industriales, en una especie de trusts (como en Rusia), los comités de fábrica en Catalunya jugaron un papel mucho más destacado y mantuvieron un grado mayor de independencia (que fue perdiendo a medida que el gobierno pequeño burgués de la Generalitat recuperó el terreno perdido en la revolución). Sin embargo y pese a gozar de una mayor autonomía, los comités estaban surbordinadas a los organismos económicos superiores. También es importante observar que, al parecer, la clase obrera española y catalana, fuertemente influidas por el anarcosindicalismo, habrían estado mejor preparadas que el proletariado ruso, para poner en marcha las empresas colectivizadas y restablecer la producción.

Lamentablemente no tenemos conocimiento de que ese estudio comparativo entre los dos procesos revolucionarios se haya llevado a cabo y la mayoría de las opiniones encontradas son excesivamente doctrinarias. Más preocupadas en demostrar las virtudes de una y los defectos de la otra, que en querer aprender de un fenómeno tan impresionante y esperanzador como es el de la ocupación y socialización de las fábricas. Desgraciadamente la vida de las colectivizaciones fue corta, saboteadas por los adversarios de la revolución en nombre de la república burguesa española, fueron liquidadas por las tropas franquistas. No podemos saber cómo habrían evolucionado, ni si habrían superado los problemas iniciales para convertirse en un sistema económico coherente, al servicio de la revolución.

Los defensores de los comités han acusado a los bolcheviques de haber utilizado a los sindicatos para doblegar su independencia. Pero en cambio no hemos observado ninguna denuncia, ni desconfianza sobre el control que los sindicatos españoles ejercieron sobre los comités de fábrica en las empresas colectivizadas. Las centrales sindicales rusas tenían una vida muy corta, prácticamente habían nacido con la caída del zarismo y no había habido tiempo para que desarrollaran una burocracia consolidada.

¿Podían los comités de fábrica haber superado sus limitaciones, organizándose a nivel estatal y dotándose de una dirección que hubiese dirigido la economía? Creemos que sí, que es perfectamente posible, que esa opción estaba abierta, pero que el gobierno de los soviets se decantó por el apoyo a los sindicatos. También es probable, tal como dicen algunos, que la decisión tomada contribuyera a fomentar la apatía y cinismo de sectores de la clase obrera (12).

El inconveniente de convertir a los sindicatos en los organismos encargados de controlar la producción en las fábricas, era que su subordinación a las directrices provenientes del Consejo de Economía y del gobierno les hacía perder su independencia. Pero ¿era necesario que los sindicatos mantuvieran la independencia que habían tenido bajo el capitalismo, en una sociedad que estaba construyendo el socialismo y que estaba dirigida por un gobierno que se decía obrero y campesino? Las cosas no eran tan fáciles.

“Ante la situación de ‘desintegración económica’, que amenazaba con producir la ‘desintegración del proletariado’, los sindicatos se vieron obligados ‘a dirigir todos sus esfuerzos a la elevación de la productividad del trabajo y, en consecuencia, a crear en fábricas y talleres los fundamentos indispensables de la disciplina laboral’.” (13)

El papel tradicional de los sindicatos era la defensa del poder adquisitivo de los salarios y las condiciones laborales de los trabajadores frente a los capitalistas. Pero si la burguesía había perdido el poder político y se había implantado la dictadura del proletariado, es decir, el poder de la misma clase que decían defender los sindicatos, ¿Qué sentido tenía que siguieran existiendo los sindicatos con sus antiguas funciones? Desde el primer momento de la revolución, se había puesto de manifiesto el papel ambiguo de los sindicatos y las relaciones con los soviets y los comités no habían sido fáciles. Con frecuencia se habían disputado el papel de representantes de los trabajadores, sin que quedara claro qué campo correspondía a cada uno.

En el I Congreso Panruso de los sindicatos, celebrado en enero de 1918, Zinoviev, que presidía el encuentro y dirigía la tendencia bolchevique, mayoritaria, no tuvo dificultades para imponer la tesis oficial. Los sindicatos tenían que transformarse en órganos del estado socialista, y asumir la organización de la producción. Pero ¿debían perder su independencia por completo?

EL GRAN DEBATE. SOCIALISMO O CAPITALISMO DE ESTADO.

Las medidas adoptadas por el gobierno de Lenin para escapar de la catástrofe no fueron aceptadas por una parte del partido y por los socialistas revolucionarios de izquierda. Para muchos los pasos que se estaban dando para atrás, lejos de solucionar los problemas de la revolución las agravaban. La oposición en el partido, que había sido derrotada en la polémica sobre el tratado de Brest Litovsk, había resurgido con fuerza en los debates sobre el curso que debía adoptar la economía.

Los dos sectores del partido coincidían en que la revolución había triunfado y que el poder de la burguesía y sus aliados había sido derrotado, pero diferían en cuál era el camino a seguir para construir la nueva sociedad. Mientras unos defendían que Rusia ya estaba preparada para el socialismo, los otros consideraban que ni siquiera existían las condiciones para la existencia de una economía capitalista consolidada, y que lo primero que había que hacer era estabilizar la economía y recuperar la producción.

Los “comunistas de izquierda”, cuyos dirigentes más conocidos eran Bujarin, Smirnov Radek y Preobrajensky, reivindicaron la inmediata satisfacción de las necesidades de los trabajadores: la igualación de los salarios, el suministro gratuito de alimentos, la ropa y el alojamiento, la atención médica, las facilidades para viajar y la educación gratuita. La cuestión era que esas reivindicaciones, que formaban parte del programa bolchevique, sólo eran aplicables en una economía plenamente desarrollada y no en una que estaba en ruinas, amenazada por el hambre y la miseria generalizadas. Significativamente en el programa de la oposición en el partido, junto a las reivindicaciones, no se explicaba la manera para conseguirlas.

Censuraban que la dirección del partido y el gobierno de los soviets no estuvieran dispuestos a nacionalizar toda la industria, ni a socializar la producción. Temían que con su política timorata acabaran abortando la revolución socialista, en aras de una alianza entre el proletariado y el campesinado pobre, al que identificaban con la pequeña burguesía agraria. Les inquietaba que Lenin pusiera tanto énfasis, no sólo en la disciplina laboral y el reclutamiento de los especialistas pequeño burgueses sino también en la reintroducción de los viejos métodos que la vieja burguesía utilizaba para aumentar la producción (el trabajo a destajo, las horas extras…) que creían erradicados para siempre.

“En lugar de avanzar de la nacionalización parcial a una socialización general de la industria a gran escala, los acuerdos con ‘los capitanes de la industria’ han de llevar a la formación de grandes trusts dirigidos por ellos y que abarquen las industrias básicas que desde fuera, pueden tener la apariencia de empresas estatales. Un sistema tal de producción organizada crea una base social para le evolución del capitalismo de estado y constituye una etapa de transición hacia él.” (14)

Para la oposición del partido, las medidas adoptadas suponían un serio retroceso de la revolución. Se abandonaba la tesis tradicional del Estado-comuna que Lenin había defendido en “El Estado y la revolución”, administrado desde abajo por los trabajadores, que debía constituir la base del socialismo, por la de un Estado burocrático e hipercentralizado.

“Si esta tendencia prevalece, la clase obrera perderá su papel dirigente y la hegemonía de la revolución socialista, que empuja a los campesinos más pobres a sacudirse el yugo del capital financiero y de los propietarios rústicos; la clase obrera no será ya sino una fuerza encuadrada por la masa pequeño burguesa… Las conquistas de la revolución obrera y campesina en caso de renunciar a una política proletaria activa empezarían a cuajarse en un sistema de capitalismo de estado y de relaciones propias de la pequeña burguesía.” (15)

La respuesta de Lenin fue la firme defensa de su política. El país no podía más y había que suspender temporalmente la ofensiva contra el capital, de lo contrario el colapso de la economía amenazaba con dar al traste con todo lo que se había conseguido hasta entonces. La revolución internacional no acababa de llegar y había que aguantar como fuera. Era necesario consolidar lo logrado y acumular fuerzas. El proletariado y las masas campesinas estaban cansados y necesitaban un respiro. No se había hecho la revolución para morirse de hambre.

El punto débil de sus tesis era que en aquellas condiciones, una alianza con la pequeña burguesía y con lo que quedaba de la vieja clase capitalista, encerraba graves peligros. Si no había una rápida mejora de las condiciones de vida de la población, la desmoralización del proletariado (no solo de sus capas más atrasadas, sino también de su vanguardia, que constituía la base social del partido) iba a debilitar seriamente la revolución, en un momento en el que los enemigos internos y externos se aprestaban para combatirla.

Le acusaban de renunciar al socialismo para construir un capitalismo de estado, pero la situación real era mucho peor. El problema no era que Lenin y sus partidarios estuvieran claudicando, sino que no existían las condiciones materiales para construir el socialismo, y para crearlas no bastaba con la voluntad, ni con repetir, como si se tratara de un mantra, el programa socialista del partido.

“¿Qué estamos amenazados de una evolución hacia el capitalismo de estado? ¡Pero esto sería ya un gran paso hacia adelante! Sería una etapa hacia el socialismo. ‘No se concibe el socialismo sin una gran técnica capitalista que esté a la altura de los últimos adelantos de las ciencias modernas y sin una organización racional que someta rigurosamente a decenas de millones de hombres a una norma única de producción y de consumo.” (16)

Para Lenin, en una situación tan desesperada como en la que estaban, la construcción de un capitalismo de estado no era un paso atrás, sino todo lo contrario. La construcción de una economía basada en los grandes monopolios industriales, como había ocurrido en la Alemania de la guerra, era positivo. Era en el capitalismo de estado, donde el proletariado tendría que educarse y aprender a gestionar y administrar la economía, la base de su dictadura de clase.

La revolución internacional en la que confiaban fanáticamente, pronto iba a acudir en su ayuda, aportando los recursos materiales y organizativos que necesitaban. Lenin no se engañaba, conocía los peligros que se cernían sobre ellos, aunque los menospreció durante algún tiempo, hasta que en el último período de su vida comprobó la gravedad de la amenaza, pero entonces ya era demasiado tarde.

Con el capitalismo de estado Lenin coincidía con los mencheviques de que la atrasada Rusia todavía no estaba preparada para el socialismo. La tesis en realidad procedía de Marx, que afirmaba que la construcción del socialismo sólo era posible en los países capitalistas desarrollados. La contradicción contra la que se estrellaban los mencheviques era que su sujeto revolucionario, la burguesía, no estaba dispuesta a llevar a cabo su tarea y se había aliado con el zarismo, por temor al empuje del proletariado. En el contexto ruso y en período histórico en el que estaban, la aplicación mecánica de la afirmación de Marx, se convertía en un obstáculo para la revolución. Había que darle la vuelta, y eso es lo que comprendieron Lenin y sus compañeros.

Si las bases materiales existentes no permitían la instauración inmediata del socialismo y era necesario un período de desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo, era el proletariado y no la burguesía la clase social que debía dirigir el proceso revolucionario. Lenin veía en el capitalismo de estado el puente que había que atravesar: Una economía de monopolios, gestionada y administrada por los capitalistas, que a su vez estarían controlados por la férrea mano del poder de los soviets.

La teoría del capitalismo de estado no era nueva para Lenin. En las Tesis de Abril ya había defendido que la revolución no podía implantar el socialismo de inmediato, sino que lo que había que hacer era asegurar el control de los soviets sobre la producción y la distribución de los productos. Unos meses después, en “El Estado y la Revolución”, escrito en vísperas de la revolución de Octubre, ya había defendido que la evolución del capitalismo hacia el capitalismo de monopolio estatal era un paso hacia el socialismo. La revolución proletaria se limitaría a apoderarse de los monopolios, para entregarlos a la administración de los trabajadores, como parte de una economía centralizada.

Pero la burguesía no estaba dispuesta a someterse a sus designios y abogaba por la restauración del antiguo régimen y la destrucción de la revolución, de la mano de los generales blancos y sus aliados internacionales. Además, el proletariado ruso, que había demostrado ser tan combativo al realizar tres revoluciones en menos de quince años, se mostraba a corto plazo, a los ojos de los bolcheviques, incapaz de dirigir el proceso de transformación de la economía. Y para más inri, la revolución europea seguía sin aparecer en escena.

Para superar los graves problemas en los que se encontraban, se veían obligados a contratar no sólo a los técnicos y especialistas pequeño burgueses, sino también a los antiguos propietarios de las fábricas. De forma paralela, tenían que reclutar a la vieja burocracia del Estado zarista para evitar el colapso de la nueva administración. En un país donde el analfabetismo entre las clases populares estaba generalizado, los militantes obreros que contaban con una educación básica eran más que contados. En estas condiciones era muy difícil crear en tan poco tiempo una estructura que permitiese a los trabajadores asumir las tareas de dirección del país. El nuevo estado nacía con graves deformaciones burocráticas, tanto en la dirección política, como en la económica, que inquietaba seriamente a muchos militantes del partido.

En el I Congreso de los Consejos de Economía Nacional de toda Rusia, celebrado en Moscú el 26 de mayo en 1918, el representante de la oposición, Lomov, advirtió de las consecuencias de las medidas que se estaban aplicando.

“Estamos estrangulando por todos los medios -nacionalización, centralización- las fuerzas de nuestra patria. A las masas se les está cercenando toda la vitalidad de su potencia creadora en la totalidad de las ramas de nuestra economía nacional.” (17)

Entre la espada de la debacle económica y la pared de las posibles consecuencias que podían acarrear las medidas que se estaban llevando a cabo, los bolcheviques escogieron lo que les parecía más urgente. El burócrata, el especialista y el antiguo empresario eran un mal menor. A pesar de sus hostilidad al nuevo régimen y sus viejas tradiciones provenientes de la época zarista, proporcionaban una serie de conocimientos técnicos sin los cuales el régimen revolucionario no habría logrado sobrevivir. Una vez que estuviera en marcha la recuperación de la producción, ya habría tiempo para enfrentarse al cáncer burocrático y volver a la senda del socialismo. O eso es lo que creían. Pero las cosas no iban a ser tan sencillas.

En el VIII Congreso de los soviets, en diciembre de 1920, Zinoviev ya alertó sobre el crecimiento desmesurado del poder de la burocracia. Pero el mal ya estaba hecho y no iba a ser tan fácil erradicarlo. Años después, un Lenin gravemente enfermo, dedicaría los últimos esfuerzos de su vida a combatir al monstruo de Frankenstein que habían creado, pero sería demasiado tarde.

EL CATALIZADOR DE LA GUERRA CIVIL.

El agravamiento de los choques armados en todo el país zanjó la polémica. Por lo menos por el momento. Las circunstancias de la guerra civil llevó al fracaso las negociaciones con los capitanes de la industria (los grandes empresarios) y obligó al gobierno a realizar la expropiación completa de las fábricas. Lenin no tenía intención por el momento de adoptar medidas tan radicales, pero la guerra, el caos y el hambre, y el peligro de que los capitalistas aprovechasen la situación para desestabilizar el régimen, lo llevó a extremar el control y la centralización de la economía.

En mayo de 1918 la polémica entre la mayoría del partido y la oposición terminó sin que ninguno de los dos bandos consiguiera la victoria sobre el otro. El compromiso entre la burguesía industrial y el gobierno había acabado en un sonado fracaso. Pero tampoco las exigencias de la oposición de aumentar la autonomía local y el control obrero habían llegado a buen puerto. En aquel momento lo que primaba era la nacionalización total de la industria y el comercio, y su unificación en grandes trusts, bajo una administración única.

En el verano del mismo año, el proceso gradual de control sindical de la producción y la reconversión de los comités en organismos de vigilancia de las fábricas se vio interrumpido por el conflicto y las medidas de lo que después vino a llamarse “Comunismo de Guerra”. Lenin y sus partidarios se verían obligados a aplicar las medidas que reclamaban los comunistas de izquierda. El problema era en qué condiciones se llevaban a cabo. Hizo falta endurecer el racionamiento en las ciudades y recurrir a la creación de sociedades de consumo, a las confiscaciones y nacionalizaciones, a la creación de los comités de campesinos pobres y al trabajo obligatorio. La revolución pugnaba por sobrevivir de forma desesperada, con una economía prácticamente en ruinas y en una situación de aislamiento total a nivel internacional.

“Después de que la revolución proletaria hubo pasado por un período de preparación de ocho meses, que en el orden económico estuvo marcado por titubeos e indecisiones el gobierno proletario, bajo la presión de una guerra civil cada vez más encarnizada y de la intervención de la Alemania del Kaiser, que se hacía fuerte en la paz de Brest Litovsk, en favor de la propiedad capitalista, decretó la expropiación de los expropiadores nacionalizando la gran industria por decreto el 26 de junio de 1918.” (18)

La guerra acabaría, por lo menos por el momento, con el debate sobre la linea económica a seguir, sobre la base de la defensa de la patria contra la agresión. El conflicto iba a sumir a Rusia en una situación terrible. El proletariado se iba a desangrar en tres largos años de penuria y de guerra. La producción se iba a desplomar todavía más a niveles inimaginables, y el hambre y la miseria iba a asolar las ciudades. Una vez terminada la contienda, el debate sobre qué hacer con la economía iba a resurgir con fuerza, pero en un situación totalmente distinta e infinitamente peor.

 

Enric Mompó

 

 

(1) E. H. CARR. “La revolución bolchevique (1917-1923)”, Tomo II, pág. 71, cita a N. Osinski (Obolenski), Stroitelsivo Sotsializma (1918) pág. 34.

(2) MAURICE BRINTON. “Los bolcheviques y el control obrero (1917-1921)”, pág. 49, cita a Lenin, Obras Escogidas, tomo II, pág. 500-501.

(3) Con excepción de la flota mercante, que ya había sido nacionalizada en enero de 1918, la primera industria que fue expropiada por el gobierno fue la azucarera en mayo del mismo año, seguido de la petrolera el mes siguiente. Con esta iniciativa el gobierno de los soviets pretendía empezar a ejercer un control sobre la producción, que acabase de una vez por todas con el caos.

(4) VICTOR SERGE. “El año I de la revolución rusa”, pág. 373.

(5 ) E. H. CARR. Op. Cit. tomo II, pág. 192.

(6) PAUL AVRICH. “Los anarquistas rusos”, pág. 154.

(7) PAUL AVRICH. Op. Cit. pág., 165. Cita a Lenin.

(8) VICTOR SERGE. Op. Cit., pág., 355.

(9) MAURICE BRINTON. Op. Cit., pág. 22.

(10) MAURICE BRINTON. Op. Cit., pág. 57.

(11) MAURICE BRINTON. Op. Cit., pág. 54-55.

(12) MAURICE BRINTON. Op. Cit., pág. 77.

(13) E. H. CARR. Op. Cit., pág. 121.

(14) E. H. CARR. Op. Cit., pág. 101.

(15) VICTOR SERGE. Op. Cit,. pág. 348 (Tesis de los “Comunistas de izquierda” presentadas en el VII Congreso del PC (bolchevique).

(16) VICTOR SERGE. Op. Cit., pág. 351-352

(17) E. H. CARR. Op. Cit., pag. 108.

(18) VICTOR SERGE. Op. Cit. pág. 371 (Kritzman, El período heroico de la gran revolución rusa).

 

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