Feminismo en democracia

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La rama hegemónica del feminismo, el feminismo liberal, tenía como objetivo desmantelar leyes discriminatorias y normas sociales excluyentes que reproducían la subordinación de las mujeres en el ámbito familiar, social, económico y político. Hay que reconocerlo. Tuvieron mucho éxito. Por una parte por su capacidad de organización y reivindicación. Por otra parte, porque sus demandas encontraron un punto de unión con las necesidades del sistema capitalista en el mundo occidental de los años 60 y 70. En un momento de pleno empleo en muchas de las economías centrales (EEUU, Alemania, Francia, Inglaterra), era necesario incorporar nuevos trabajadores al mercado laboral. El otorgar parecidos derechos formales a mujeres y a hombres, por mucho que fuera resultado de una lucha feroz, era un mal menor para el capital.

En ese proceso, en el que el feminismo liberal se generaliza, también pierde todo rastro de radicalidad que pudiera tener. El feminismo liberal es funcional al sistema. Ese tipo de feminismo es hoy políticamente correcto. Ahí podemos ver a políticos de diferentes colores, del PP a Podemos, participando en manifestaciones contra la violencia de género. De hecho, grupos de extrema derecha como Hazte oír son rápidamente neutralizados por la misma derecha que los ha sostenido y financiado. Al imponerse como la manera de luchar por los derechos de las mujeres, este feminismo trágicamente conveniente, también ha impuesto una forma de entender la igualdad. Es la igualdad entre hombres y mujeres en el seno de cada clase, sin cuestionar las diferencias entre ambas, dentro del marco de la democracia formal del capitalismo y utilizando sus herramientas.

Esta lucha por la igualdad responde en última instancia a los intereses de las mujeres de la clase dominante, así como a los del sistema. Ha pasado de reivindicar la destrucción de la familia tradicional a la integración de familias consideradas parias, de la liberación sexual a la mercantilización de la sexualidad, del enfrentamiento con la patronal al acceso a los cargos directivos, de la autodefensa al aumento de efectivos policiales, de la autogestión al asistencialismo, del acceso a la educación pública a los másteres de género privados, del ejercicio del poder a la representación institucional, de exigir justicia a exigir leyes, de lo colectivo a lo individual, de la clase al género. Las reivindicaciones del movimiento feminista han dado un giro progresivo hacia lo permitido por el sistema. Y este giro es palpable también en los colectivos feministas más radicales (y no sólo feministas, pero ese es otro tema).

El cambio sólo se entiende, más allá del proceso histórico de donde proviene, si se enmarca en una concepción determinada de la democracia, y de su compatibilidad con el capitalismo. El concepto de democracia ha ido variando a lo largo de la historia. La democracia de la que hablamos hoy es una democracia limitada, formal, que es la única que tolera el capitalismo. El capitalismo provee un acceso privilegiado al poder a aquellos que controlan la riqueza, lo que es profundamente antidemocrático, si por democracia entendemos el poder del pueblo. Además, la misma existencia del capitalismo depende de sujetar las condiciones de vida y reproducción social a las leyes del mercado y la acumulación capitalista. Eso significa que ha de situar cada vez más esferas de la vida fuera del ámbito donde, en democracia, se exige rendir cuentas y asumir responsabilidades. Ni las empresas, ni el proceso de trabajo, ni el mercado está sujeto a control democrático ni a la rendición de cuentas. La democratización necesariamente ha de ir de la mano de la desmercantilización. Proceso, que llevado coherentemente a término, implica el fin del capitalismo.

El concepto de democracia imperante se centra sólo en los derechos pasivos del pueblo, en el poder político desligado de las relaciones sociales de producción. La esfera política aparece separada del ámbito económico. Los individuos pueden ejercer sus derechos como ciudadanos siempre que no cuestionen las bases del poder del capital en el ámbito económico. Y esto es aplicable incluso en sociedades capitalistas con Estados intervencionistas fuertes. Los triunfos políticos, como el sufragio universal, se han de entender como concesiones en momentos en que la separación entre poder político y económico estaba ya constituida. Y la capacidad de cambiar lo económico (que en la sociedad capitalista rige la vida entera) desde la esfera institucional prácticamente era inexistente.

En algunos lugares del centro capitalista, especialmente después de la segunda guerra mundial, han agregado una nueva dimensión a la idea de democracia, bajo la forma de asistencia social. Es un argumento importante en los lugares donde el Estado aún tiene apariencie de neutralidad, pero los derechos sociales como tales, no salen del ámbito de los derechos pasivos. Exigir al Estado que provea ciertos servicios a los ciudadanos en dificultades no sólo victimiza a los trabajadores empobrecidos. En tiempos de crisis como esta es cada vez más un callejón sin salida. El proceso de autorganización, en la búsqueda de herramientas para sobrevivir a las dificultades que crea el mismo Capital, ha sido históricamente una oportunidad para la politización, la creación de una consciencia obrera y revolucionaria y potencialmente para dar una forma organizativa a la necesidad imperante de destruir la sociedad capitalista y conformar otra sociedad.

La lucha política es fundamental para el movimiento obrero organizado. La lucha por determinadas reformas democráticas dentro del capitalismo es a menudo interclasista. Eso no quiere decir que haya que dejarla de lado, al contrario, sino plantearse quién ha de tener la hegemonía en esas reivindicaciones. Quién determina qué demandas se hacen, desde que posicionamiento, cómo se articulan y justifican, cómo nos hemos de organizar, qué herramientas utilizar y en qué momento. Hoy son las clases medias y los profesionales liberales. Mientras no sean los trabajadores quienes defiendan, desde los intereses y objetivos de su clase, los que controlen y dirijan esas luchas, continuaremos siguiendo a nuestros jefes y jefas, a nuestros represores y represoras como corderos al matadero.

 

Inés Torres

 

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