Frente a la disciplina del trabajo


Aunque haya quien se empeñe en negarlo, o al menos en ocultarlo, la situación en el lugar de trabajo es, permanentemente, una situación de conflicto. Ya sea en una gran fábrica, una pequeña empresa familiar, una gran centro comercial o un pequeño comercio local, el capital tiene la potestad (libertad) de hacer lo mejor para rentabilizar su inversión. Para ello, no solo se basa en introducir nuevas tecnologías o en abrir vías de negocio, si no que necesita desarrollar un control sobre las relaciones humanas que le aseguren la obediencia y disciplina de los trabajadores y trabajadoras. En los lugares de trabajo se hace lo que dice el jefe, cuando lo dice el jefe y como lo dice el jefe.

Las formas que ha venido adoptando la organización trabajo en la época del capital: fordismo, taylorismo, toyotismo,… combinan la incorporación de nuevas tecnologías en los procesos de producción con la modificación de la forma de relacionarnos en el espacio de trabajo. Evitan la aparición de espacios que permitan el contacto directo entre los trabajadores y limitan la circulación de la palabra. Se niega lo humano y se considera al trabajador como un mero elemento del proceso productivo. Se nos presentan como mejoras organizativas, que buscan incorporar las innovaciones tecnologicas, en aras de buscar una mayor eficiencia. Pero su aplicación supone un refuerzo de la disciplina. Se apoyan en un incremento de la competencia entre trabajadores, bien por dinero, bien por prestigio; en el miedo que suponen las continuas evaluaciones;…

Es necesario señalar que los medios de disciplinamiento no se circunscriben unicamente al centro de trabajo. Desde el sistema educativo, los medios de comunicación, las propuestas de disfrute del ocio, se desarrolla un contexto cultural orientado a reforzar la relación social basada en la explotación del trabajo asalariado. Insistiendo en que como trabajadores no tenemos nada y orientándonos para que nos dispongamos a vender nuestra fuerza de trabajo.

Cualquier intento de intervenir sobre las condiciones concretas de la organización del trabajo se considera una intrusión en la libre gestión que el empresario hace de su capital. Esto no significa que un capitalista no sea capaz de asumir subidas salariales superiores a las previstas, aunque esto le suponga tener que renunciar a posibles ganancias. Sin embargo, considerará inaceptable la perdida de disciplina en el proceso de trabajo. Por ejemplo, el hecho de encontrarse con una huelga de la plantilla ante el despido de un compañero o compañera. O que se condicione la entrega de una partida de mercancias comprometidas para conseguir reivindicaciones que en otra cisrcunstancia son permanentemente desoidas. Son situaciones que serán tratadas de violentas y subersivas y no dudará en emplear todos los medios a su disposición para evitar que estas situaciones de contestación se consoliden. A menudo lo subversivo no es aquello que se reclama, hecho que se demuestra en que las peticiones a veces son satisfechas. Si no el negar el lugar de subordinado para realizar planteamientos contrarios a la lógica que pretende imponer la patronal.

El poder no cesa en el empeño de imponer su lógica. Desde una postura legalista se nos vende que la única lucha trabajadora posible es la que llevan a cabo los delegados y delegadas sindicales dentro de los parámetros que le ofrece la normativa en vigor. Un sindicalista responsable responderá al malestar de la plantilla buscando dar solución a sus reivindicaciones. A menudo esta respuesta pasará por una negociación en la que, a cambio de una cantidad de dinero, se nos retornará al trabajo. Una vez restaurada la disciplina laboral se nos presentará lo conseguido como un mérito del sindicato, buscando engrosar las filas de la afiliación para continuar reproduciendo este modelo. Desviando la atención de la aparición de un foco de reveldía en el ámbito de trabajo para continuar poniendo en primer plano el espectáculo de la política institucional. Presentando el derecho laboral como un medio capaz de administrar el conflicto entre capital y trabajo.

Sin embargo, “el derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado”[1]1. De esta forma, no existen límites en el derecho que impongan al capitalista como ha de ser la organización de su proceso productivo, ni sobre la entrada de mejoras tecnológicas en el mismo. Ámbas vendrán a considerarse como parte del progreso y de la libertad del capital para gestionar sus inversiones. Presentando los conflictos que conllevan como consecuencias irremediables del propio desarrollo tecnológico, y planteando que vienen impuestas por este. Negándose, desde la moral hegemónica, que sean una profundización en las formas de dominación.

En la realidad del Estado español, vemos como las diferentes organizaciones sindicales encuentran un límite permanente a la hora enfrentarse a los conflictos generados por los cambios en las condiciones de trabajo. Esta cuestión va más allá de las diferencias existentes en la actualidad entre el sindicalismo oficialista, con el pacto social como eje principal de su accionar sindical, o el denominado sindicalismo alternativo, aunque reconozca la existencia de la lucha de clases y la necesidad de afrontarla en lugar de ocultarla. Del mismo modo que no depende de cuan honestos sean quienes están al frente de dichas organizaciones. Este límite viene impuesto al delimitar su accionar dentro de un Derecho que solo entra en los lugares de trabajo cuando el propietario lo deja entrar.

Se trata de superar la visión de los lugares de trabajo como meros espacios de dominación o de cooptación. Es necesario ir más allá de cuestionar a un jefe para que venga otro, de la humanización de las órdenes, del confort del espacio de trabajo,… para poner el énfasis en revertir la cultura de la delegación de la lucha en otro. Mirando más allá del malestar que se genera en el trabajo, fruto del cual surge la necesidad del capitalista de disciplinarnos, aparecen también actos de solidaridad entre compañeros, muestras de complicidad que se observan en miradas y gestos que se construyen en la cotidianidad del día a día, expresiones colectivas de resistencia a la disciplina impuesta. Fisuras que permiten que se muestre lo humano, dentro de una situación de dominación, y a partir de las cuales se hace posible instalar a los trabajadores y trabajadoras como sujetos activos, como actores políticos, en el lugar de trabajo. Convirtiendo estos espacios en nuevas zonas de política, en la que los trabajadores participen de aquellas cuestiones que les afectan por el hecho de ser trabajadores.

Sin olvidarnos de la necesidad de la movilización para consolidar la organización de los espacios de trabajo, pero siendo conscientes que esta necesita construir su propia legitimidad. Construcción que no puede basarse únicamente en la repetición de consignas o en formas de adoctrinamiento. Ha de surgir de la propia realidad laboral, consolidándose en la construcción de espacios que enfrenten las ideas hegemónicas de individualismo, competencia y jerarquía que impone el capital. Tarea que debería tener su reflejo en el seno de las propias organizaciones sindicales, buscando hacer de estas espacios de confianza en las que prepararnos y reforzarnos ante un trabajo que demanda paciencia y constancia y para el cual no hay recetas mágicas. En este sentido es necesario recoger y aprender de nuestra historia, la CNT de los años 30, las primeras Comisiones Obreras,… recoger su esencia, analizar sus límites y tomar todo aquello que nos sirva para actuar en la realidad que hoy nos toca vivir.

El desarrollo de estas politicas de construcción suponen un freno a las inclinaciones burocráticas que tienden a imponerse en las organizaciones sindicales. Por ello el llevarlas a la práctica no está exento de enfrentamientos. Hemos de huir de las lecturas que sentencian que las nuevas formas de organización de la mano de obra suponen la definitiva subordinación del trabajo al capital. No hacerlo supone aceptar que no hay más posibilidad que la condena. Supone, en definitiva, negar nuestra propia esencia humana.

 

David Rey

 

  1. 1 K. Marx (1875), ‘Crítica al Programa de Gotha’.

 

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