LA GUERRA CIVIL Y LA FORMACIÓN DEL EJÉRCITO ROJO[1]

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Tan solo un mes después de la revolución de Octubre, las escaramuzas estallaban ya en la cuenca del Don, en el Kubán y en el territorio de los Urales. Los primeros destacamentos de las guardias blancas, dirigidos por los antiguos generales zaristas Kornilov, Kaledin, Alexèiev y Denikin se levantaban contra el poder de los soviets. En la región de Oremburgo los cosacos se rebelaban encabezados por el atamán Dutov. Eran los albores de una sangrienta guerra civil que iba a hundir el país en la barbarie.

Las tropas sublevadas, financiadas y armadas por las potencias capitalistas (todavía en guerra entre ellas, coincidían en su deseo de ver aplastada la revolución bolchevique a la que temían) no ocultaban que su intención no era restaurar el recién derrocado gobierno de Kerensky, sino volver al viejo orden zarista. El amplio frente contrarrevolucionario mostraba extraños compañeros de cama, desde los eseristas de derechas (que soñaban con la vuelta de la Asamblea Constituyente) hasta los generales blancos (partidarios de restaurar la monarquía), apoyados por fuerzas militares francesas, británicas, checoslovacas, estadounidenses y polacas.

Poco después de la firma del Tratado de Brest Litovsk, los japoneses se unieron a la gran coalición invadiendo Siberia y ocupando la región de Vladivostok sin encontrar apenas resistencia. Los alemanes reprimían a sangre y fuego la revolución finlandesa y obligaban a la flota rusa a retirarse del golfo de Finlandia. Gracias a los acuerdos de paz se habían apoderado de Ucrania, de Crimea y de las costas del Mar Negro y del Azov. Por todo el territorio conquistado, las tropas de los imperios centrales avanzaban aplastando los conatos de la resistencia, mientras las guardias rojas rusas, en la frontera, contemplaban impotentes la represión contra sus hermanos ucranianos, sin poder acudir en su ayuda. En el interior de Rusia la legión checoslovaca, dirigida por los servicios secretos aliados se sublevaba contra los soviets para ocupar Samara, y en el norte británicos y franceses desembarcaban en la región de Murmansk y en Arjángelsk, con el pretexto de defender el territorio de una supuesta amenaza alemana.

El incendio de la guerra civil se daba en un país devastado. El hambre se cebaba en las ciudades del norte de Rusia, aisladas de sus graneros tradicionales del sur y del este. El gobierno soviético, acosado, había dejado atrás las vacilaciones iniciales y había decretado la nacionalización general de la industria, mientras llamaba a la formación de comités de campesinos pobres que se encargasen de confiscar las reservas de alimentos de los agricultores acomodados. Por todas partes se escuchaban rumores, reales o imaginarios, de nuevos levantamientos contra el gobierno de los soviets. La burguesía y la aristocracia, volvían a levantar la cabeza, esperanzados por lo que creían que iba a ser el final de la revolución. El tambaleante poder de los soviets, acorralado por sus enemigos externos e internos, parecía tener los días contados.

Recién terminada la guerra europea, el bloque victorioso había decretado el bloqueo económico de Rusia, que iría acompañada de lo que vino a llamarse la “cruzada de las catorce naciones”. La amenaza de la intervención militar cobraba cada vez más fuerza. El capitalismo internacional veía con profundo horror la revolución y el peligro de contagio que ésta implicaba para su propia supervivencia. Acabado el conflicto europeo y derrotada Alemania y sus aliados, ahora la Entente podía dedicar hombres y recursos a liquidar la revolución.

Sin embargo, la situación era compleja. Las tropas aliadas estaban hartas de guerra y muchos, unos por cansancio y otros por simpatía hacia la revolución, no estaban dispuestas a continuarla contra los bolcheviques (motín de Odesa en 1919). Los gobiernos de las potencias europeas se encontraban divididos sobre los planes de invasión. La intervención directa en Rusia podía volverse en su contra y aumentar la tensión social que existía en sus respectivos países. Era más fácil armar y financiar a los rusos blancos para que fueran ellos los que les allanaran el camino.

“Si se iniciase una empresa militar contra los bolcheviques, ésta terminaría por bolchevizar Inglaterra y por crear un soviet en Londres.” (1)

Desde el mismo 26 de octubre, hubo claros indicios de que las antiguas clases dirigentes rusas no iban a aceptar de forma pasiva el nuevo orden y de que iban a combatirlo a muerte. Sin embargo, divididos y debilitados por la hostilidad del campesinado, fueron incapaces de articular una contrarrevolución. Sería el dinero y las armas suministradas por los Aliados, y sobre todo por el convencimiento de que el capitalismo internacional no iba a permitir que el primer estado obrero de la historia fructificara, lo que les permitiría vislumbrar la posibilidad de acabar con la revolución.

Expulsados de las capitales Petrogrado y Moscú y de las regiones industriales y mineras del país, los derrotados generales zaristas se desplazaron hacia los territorios del sur y hacia la Ucrania agraria y nacionalista (después de que Alemania abandonara el territorio), hostil a todo lo que podía recordarle al antiguo yugo imperial. Los cosacos eran la pequeña burguesía agraria de estas regiones, pequeños y medianos propietarios con fuertes tradiciones militares, que habían gozado de privilegios en el antiguo régimen. Estos territorios iban a suministrar la carne de cañón que necesitaban los ejércitos blancos para lanzar su contraofensiva.

LOS ORÍGENES DEL EJÉRCITO ROJO

En octubre de 1917 las guardias rojas de Moscú y Petrogrado apenas sumaban 7.000 hombres y en todo el país apenas llegaban a unas pocas decenas de miles. Preparados para intervenir en los enfrentamientos callejeros, no constituían una fuerza eficaz en los combates en espacios abiertos. Hasta los inicios de la guerra civil su número no iba a aumentar significativamente. Sin embargo pronto iban a convertirse en la piedra maestra sobre la que iba a construirse el futuro Ejército Rojo.

Cuando se iniciaron los primeros choques armados, el panorama era francamente desolador. Del viejo ejército apenas quedaban algunas unidades desorganizadas y no existía ningún mecanismo administrativo capaz de movilizar las fuerzas necesarias para formar un nuevo ejército. Existían también en el sur del país numerosas fuerzas guerrilleras indisciplinadas y difíciles de controlar que fueron los primeros en enfrentarse a las guardias blancas con resultados desiguales. En ocasiones combatían eficazmente y en otras eran un verdadero desastre. Llenos de entusiasmo y entrega, suplían con su voluntarismo su desconocimiento de las artes de la guerra moderna. En estas condiciones tan precarias, cuando estalló la primera gran crisis de la guerra en agosto de 1918, con la ocupación de Kazán, la balanza militar pareció decantarse a favor de las fuerzas disciplinadas y bien armadas de la legión checoslovaca.

“La capacidad de resistencia de nuestras unidades fue insignificante: durante el verano de 1918 una ciudad tras otra cayeron en manos de los checoslovacos y de los rusos contrarrevolucionarios unidos a ellos. Su centro era Samara. Se apoderaron de Simbirsk y Kazán. Desde el Volga se preparaba el ataque a Moscú.” (2)

El 14 de marzo de 1918, León Trotsky fue nombrado comisario de defensa con el encargo expreso de construir un nuevo ejército que hiciera frente a los adversarios. Periodista y revolucionario, Trotsky carecía de cualquier tipo de formación militar. Sin embargo en pocos meses y sin apenas medios, iba a poner en marcha la maquinaria de un ejército regular que, tres años más tarde, al final de la guerra, iba a contar con más de cinco millones de hombres. El nuevo comisario de la guerra emprendió su tarea con la colaboración de un pequeño grupo de incondicionales y con los escasos recursos con los que podían contar.

No existía ningún aparato administrativo para reclutar a los hombres, ni para alojarlos, vestirlos y alimentarlos. No había mandos, ni oficiales y suboficiales dispuestos a adiestrar a los nuevos soldados. La guarnición de Petrogrado estaba sumida en un caos total y era problemático incluso localizar donde estaban los depósitos de armas y municiones, o de alimentos. Los primeros centros de reclutamiento no aparecerían hasta un mes más tarde. Para iniciar la tarea Trotsky tuvo que recurrir a lo único que tenía a mano, a las guardias rojas, a los militantes del partido y a los simpatizantes de los soviets.

El tratado de Brest Litovsk había puesto en evidencia la debilidad del nuevo poder. La guerra europea había corroído hasta los cimientos al ejército zarista y la revolución se había encargado de destruirlo por completo. El movimiento revolucionario había vencido a sus adversarios representando el odio que las clases populares sentían hacia el viejo ejército zarista y la guerra. Se suponía que la revolución europea que estaba a punto de estallar convertiría en superfluo cualquier cuerpo militar regular, más allá de las guardias rojas. Pero la situación se agravaba y ésta seguía sin llegar.

La obra de Trotsky consistió, como habían hecho antes los jacobinos en Francia, en convertir la descentralizada milicia civil en un ejército regular capaz de intervenir con éxito en una guerra. El 22 de abril de 1918, se promulgó el decreto de instrucción militar general y obligatoria. Todo el pueblo ruso, salvo la burguesía y la clase terrateniente, tendrían que dedicar una parte de su tiempo a la instrucción militar.

Como una parte de la población era hostil al régimen de los soviets, las primeras unidades del ejército se organizaron improvisadamente en torno a la figura del voluntariado, teniendo en cuenta sus opiniones políticas. Sin embargo no era eso lo que alentaba el proyecto del Ejército Rojo. La idea del pueblo en armas que siempre había defendido el partido bolchevique implicaba el servicio militar universal y obligatorio. Sin embargo eso no era suficiente para crear un ejército moderno y eficaz. Necesitaban técnicos militares y éstos no abundaban entre los miembros del partido, ni entre los partidarios de los soviets. No había más remedio que que sacarlos de las clases enemigas y concretamente, entre los antiguos oficiales y suboficiales del ejército zarista, aunque la gran mayoría de ellos fuesen hostiles a la revolución.

A finales del otoño de 1918, se sustituyó el voluntariado por el reclutamiento obligatorio que se llevó a cabo teniendo en cuenta la clase social a la que pertenecían. Las viejas clases explotadoras, hostiles a la revolución, quedaban de nuevo exentas. Las primeras levas forzosas procedían de la clase obrera industrial de Moscú y Petrogrado. La revolución socialista sólo podía ser defendida de forma eficaz por un ejército de clase, y si esto no era posible (la clase obrera, sólo era una pequeña fracción de la sociedad rusa) había que reclutarlo entre el campesinado pobre y las clases populares con intereses más cercanos a los de la clase obrera.

ZARISTAS EN EL EJÉRCITO ROJO: “QUIEN TEMA A LOS LOBOS QUE NO VAYA AL MONTE”.

Uno de los grandes retos con los que tuvo que enfrentarse Trotsky fue el reclutamiento de oficiales y suboficiales que dirigiesen las unidades del nuevo ejército regular. La influencia política de los bolcheviques en el viejo ejército había sido inversamente proporcional al escalafón militar que ocupaban. Con las simpatías de gran parte de los soldados, su presencia era menor entre los suboficiales y todavía más escasa entre los oficiales y los mandos.

Habría sido pecar de ingenuo pensar que todos los militares reclutados iban a servir con lealtad una causa que detestaban y que muchos consideraban como la causa de todos los males. Para evitar el peligro de traición se colocó al lado de cada uno de ellos a dos comisarios políticos, encargados de vigilar sus decisiones. La mayoría aceptó sin oponer demasiados reparos.

En las memorias de los generales blancos, éstos se lamentaban de la facilidad con la que los bolcheviques habían conseguido reclutar a muchos antiguos militares como organizadores y personal técnico del Ejército Rojo. Era evidente de que la inmensa mayoría no simpatizaba con el poder soviético y que muchos incluso conspiraron contra él. Durante la guerra hubo muchos que desertaron y otros intentaron obstaculizar los movimientos de sus unidades, pero en ningún momento el nuevo ejército corrió el riesgo de convertirse en un baluarte de la contrarrevolución, como muchos temían. El fuerte sentimiento clasista de las unidades militares, el hecho de que en cada una de ellas existiera un núcleo de voluntarios, procedentes de la clase obrera y la existencia de los comisarios políticos (comunistas o socialistas revolucionarios de izquierda, escogidos en los soviets) impidieron tal posibilidad.

El anuncio de la incorporación de los oficiales zaristas provocó el temor y la indignación generalizada entre los soviets. La idea de que la revolución tuviera que ser defendida por una casta de militares que la odiaba, horrorizó a la mayoría de los militantes del partido bolchevique. ¿Cómo era posible que después del triunfo de la revolución, fuesen a estar dirigidos por los mismos generales reaccionarios que poco antes los perseguían y pretendían fusilarlos? El mismo Lenin se tomó su tiempo para apoyar el proyecto.

La oposición al reclutamiento de profesionales se extendió fuera del partido, al resto de las organizaciones políticas de la oposición, mencheviques, socialistas revolucionarios de izquierdas y anarquistas que acusaron a los bolcheviques de “militaristas”. En el interior del partido la vieja oposición a la firma del tratado de Brest Litovsk, volvió a resurgir con fuerza contra lo que ellos consideraban una nueva y peligrosa desviación. Rechazaban un ejército permanente y centralizado que estuviera mandado por los antiguos militares zaristas, que a la primera de cambio traicionarían al Ejército Rojo para correr a enrolarse en las filas de los ejércitos blancos.

A comienzos de 1919 se habían reclutado cerca de 30.000 militares, mientras que el núcleo del ejército que había nacido de la guardia roja crecía sin parar para hacer frente a las necesidades de la guerra. Si para levantar de nuevo la industria y el comercio, había que recurrir de forma provisional a los especialistas burgueses y pequeño burgueses, el ejército iba a hacer lo mismo recurriendo a sus antiguos adversarios.

UN EJÉRCITO NACIDO DE LA NADA

La construcción de un ejército regular, disciplinado y centralizado fue recibido con hostilidad e incomprensión manifiesta por todas partes. Para poder construir un nuevo ejército había que deconstruir la mentalidad y los prejuicios que ellos mismos tenían, o que habían apoyado hasta hacía muy poco. La población en general, alentada por un espíritu pacifista que se había ido fortaleciendo durante los últimos años del conflicto europeo, detestaba la guerra y estaba convencida de que la revolución podía ser defendida sólo con los guardias rojos y las columnas de guerrilleros, y por lo tanto no hacía falta un ejército regular que identificaba con el zarismo y la represión. También estaban convencidos de que los soldados, organizados por los comités de soldados, tenían derecho a elegir a sus mandos para que los dirigieran en el frente.

“Si nos hubiera tocado edificar sobre un terreno virgen, la cosa habría sido, desde el comienzo, más fácil y segura. Pero no: nos correspondió construir el ejército sobre un terreno recubierto por la sangre y el fango de la pasada guerra, sobre el terreno de la necesidad y el agotamiento; cuando el odio a la guerra y a todo lo militar estaba vivo en millones y millones de obreros y campesinos.” (3)

El partido bolchevique había apoyado de forma entusiasta, durante toda la guerra europea hasta Octubre esas ideas. La prueba de que no era un ardid táctico es que la inmensa mayoría de los militantes del partido recibió el giro con estupor y desconcierto. Siempre habían identificado el ejército regular con la contrarrevolución y el sistema de milicias como su antídoto revolucionario. Para evitar que las fuerzas armadas pudieran transformarse en un instrumento al servicio del adversario exigían una sólida democracia interna en la que los soldados, a través de sus comités, pudiesen elegir y controlar a sus mandos.

Sin embargo un ejército en guerra no reunía las mejores condiciones para la democracia. Los mandos debían ser los más eficaces en el combate, no los más populares entre los soldados. En medio de una ofensiva los comités no podían convertirse en un obstáculo a la eficacia militar. No había posibilidad de dirigir las unidades militares a través de comités elegidos, ni de jefes sometidos a estos comités que podían ser cambiados en cualquier momento. El valor y el entusiasmo revolucionarios eran necesarios, pero no eran suficientes para vencer al adversario, mejor armado y mejor organizado. Y además, si los revolucionarios eran reacios a ser dirigidos por los antiguos militares zaristas que tan solo unos meses antes los habrían perseguido, éstos tampoco parecían muy conformes en ponerse a su servicio.

Los destacamentos guerrilleros habían sido útiles en los primeros momentos para acabar con los focos de la contrarrevolución interna que todavía quedaban después de Octubre, pero en el momento en que ésta, armada y financiada desde el exterior, empezó a organizarse en verdaderos ejércitos regulares, dejaron de ser suficientes.

El comisariado de guerra procedió a disolver las unidades guerrilleras y empezó a organizar las primeras divisiones y regimientos. Los cambios fueron una fuente de tensión y conflicto con los que se oponían dentro y fuera del partido, y por diferentes motivos, a encuadrarse en el nuevo ejército. Las guerrillas por su propia naturaleza eran indisciplinadas y no siempre estaban dispuestas a obedecer las órdenes de los mandos. Se las consideró como una expresión del campesinado antes de la revolución, incompatible con el nuevo ejército del proletariado.

También fueron puestos en entredicho los comités de soldados y marineros que habían jugado un papel primordial para la revolución. Habían sido un obstáculo eficaz para desbaratar los planes de los contrarrevolucionarios antes de Octubre. Pero ahora no se trataba de erosionar y destruir el viejo ejército de la burguesía y la aristocracia, ahora se trataba de construir uno nuevo, que debía ser el instrumento de la revolución. La situación había cambiado.

“En los regimientos zaristas los comités eran la encarnación misma de la revolución, al menos en la primera etapa. En los nuevo regimientos el “comiteo” era un elemento de descomposición y no podía ser tolerado.” (4)

Los comités fueron disueltos inmediatamente. Los bolcheviques consideraron que se habían convertido en un obstáculo y que como tal debían desaparecer. A partir de ese momento los oficiales ya no serían elegidos por los soldados, sino por los mandos del ejército, con criterios de eficacia en los combates. La pena de muerte fue restablecida (por negarse a combatir) y volvieron a aparecer los distintivos jerárquicos.

 

Enric Mompó

  1. Parte 1

 

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