Ante los desafíos del sindicalismo


Son multiples los retos a los que se enfrenta el sindicalismo para hacer de las organizaciones sindicales herramientas útiles para la defensa de los intereses colectivos de los trabajadores y trabajadoras. Para ello, el primer desafío pasa por ser capaces de vislumbrar una sociedad que vaya más allá del capital, sin renunciar a buscar respuestas al deterioro de las condiciones de vida que padecemos hoy en día quienes dependemos de un salario para poder vivir. Es decir, ser capaces de encontrar la articulación entre los intereses inmediatos y una visión estratégica de confrontación con el capital, buscando propuestas organizativas que permitan desarrollarla.

Además, en base a los cambios producidos con las nuevas formas de organización del trabajo, así como a las tendencias corporativistas y burocráticas que se han venido imponiendo (en mayor o menor grado) en el seno de las organizaciones sindicales, se hace necesario atender a cuestiones urgentes de carácter organizativo que impidan que los sindicatos dejen de ser un espacio de referencia para la organización de los trabajadores.

Una de estas cuestiones tiene que ver con la tendencia del capital a incrementar la precarización del trabajo, con la introducción de nuevas formas de subproletarización, en detrimento del trabajo “estable” típico de la fase de expansión de la industria concentrada. Una de los empeños del sindicalismo en la actualidad debería pasar por organizar a aquellos trabajadores y trabajadoras que se encuentran desorganizados, promoviendo espacios de autoorganización de los desempleados en lugar de expulsarles por no ser capaces de afrontar las cuotas establecidas. Si las organizaciones sindicales no son capaces de organizar a la clase obrera en su conjunto tenderán a verse reducidas a un conjunto minoritario y parcial de trabajadores.

Otro de los desafíos a los que prestar atención es la necesidad de incorporar a aquellos trabajadores y trabajadoras que no tienen tradición previa de organización sindical. Destacan en este ámbito las mujeres, parte fundamental y en un incremento constante en el mundo del trabajo, con la necesidad de promover espacios que permitan articular las cuestiones de clase con las referidas a la cuestión de genero. Los jóvenes sin empleo, siendo este un sector que cada vez encuentra más dificultades a la hora de incorporarse al mundo laboral y que, debido a la ruptura política producida en el Estado español a raíz del franquismo y la transición, son profundamente desconocedores de la historia de luchas del movimiento obrero por la conquista de sus derechos. Y los inmigrantes, quienes además de sufrir una situación de desarraigo, suelen ser empleados en condiciones de superexplotación, en unas condiciones laborales a menudo inaceptables para la población local.

Es fundamental luchar contra la burocratización y el corporativismo en el interior de las organizaciones sindicales. No basta con reivindicar la historia de lucha de la que provienen las diferentes expresiones sindicales, sino que cabe hacer una autocrítica sobre las formas con la que se viene construyendo en el presente. Es necesario hacer un análisis realista sobre la distancia existente entre las “instituciones sindicales” y su base social. Huir de señalar a los trabajadores y trabajadoras como culpables por su falta de implicación y cuestionar si la línea político-sindical planteada es la adecuada para que se sientan identificados/as con ella.

Por último, las organizaciones sindicales han de ser capaces de ver más allá del marco normativo existente y ser capaces de adaptarse a los nuevos modelos de organización del trabajo que se vienen imponiendo. La empresa fordista, verticalizada, dió lugar a un tipo de sindicato también verticalizado. Con el desarrollo del modelo toyotista, la subcontratación,… este modelo sindical se ve imposibilitado para hacer frente a los ataques del capital. Esto supone la necesidad de impulsar políticas sindicales con un marcado carácter de clase, huyendo de la lógica del sindicato de empresa o de centro de trabajo. Es necesario desarrollar formas organizativas propias, creando nuestros propios canales de información y de intervención que vayan más allá de los establecidos en estatutos de los trabajadores o convenios colectivos, sin renunciar a estos. No es posible que un sindicato se escude en desconocer la realidad de un centro de trabajo porque el empresario no se lo haya comunicado, sabiendo que son el conjunto de las y los trabajadores quienes construyen y viven esa realidad. Además, con un modelo productivo globalizado y deslocalizado, es fundamental establecer vínculos que vayan más allá de la propia empresa o de los límites de un Estado.

Este análisis no resultará novedoso en determinados ámbitos sindicales y políticos. Pero dado que no se trata de pensar los hechos, si no de revolucionarlos, cabe una reflexión acerca de los límites que nos encontramos a la hora de hacer frente a estos retos. Reflexión que, en mi opinión, ha de comenzar por las propias dinámicas de funcionamiento que se vienen imponiendo en la actividad sindical. De las cuales se deriva que la articulación entre dar respuesta a los intereses inmediatos, y la voluntad de desarrollar una propuesta estratégica de confrontación con el capital, se da de tal forma que la primera tiende a desligarse de la segunda. Cayendo en un pragmatismo que deduce que lo verdadero se reduce a lo útil.

“Es lo que vemos en el modo que tiene de concebir estas relaciones la conciencia ordinaria. Para ella, lo práctico -entendido en un sentido estrechamente utilitario- se contrapone absolutamente a la teoría. Esta se hace innecesaria o nociva para la práctica misma. En vez de formulaciones teóricas, tenemos así el punto de vista del “sentido común” que dócilmente se pliega al dictado o exigencias de una práctica vaciada de ingredientes teóricos. En lugar de éstos tenemos toda una rez de prejuicios, verdades anquilosadas y, en algunos casos, las supersticiones de una concepción irracional (mágica o religiosa) del mundo. La práctica se basta a sí misma, y el “sentido común” se sitúa pasivamente, en una actitud acrítica, hacia ella. El “sentido común” es el sentido de la práctica. Como no hay inadecuación entre “sentido común” y práctica para la conciencia ordinaria el criterio que ésta proporciona en su lectura directa e inmediata es inapelable. La conciencia ordinaria se ve a sí misma en opocisión a la teoría, ya que la intromisión de ésta en el proceso práctico le parece perturbadora. La prioridad absoluta corresponde a la práctica, y tanto más cuanto menos impregnada esté de ingredientes teóricos. Por ello, el punto de vista del “sentido común” es el practicismo, práctica sin teoría, o con un mínimo de ella.”[1]

La aparición de un sindicalismo capaz de afrontar los desafíos que se le presentan va de la mano de una lucha contra el “sentido común” -en los términos que lo expresaba Sánchez Vázquez en el párrafo anterior-. Pasa por un análisis de la realidad con las categorías propias de nuestra clase que nos permitan conocer las dinámicas del Capital y los mecanismos que genera para mantener la explotación. Por entender la relación entre nuestra ubicación en el proceso productivo y nuestra potencialidad para transformar la realidad. Sólamente de esta forma, las respuestas a los retos que se le presentan al sindicalismo podrán tener un verdadero carácter emancipador.

 

Manuel Villar

 

 

  1. Filosofía de la praxis (Adolfo Sánchez Vázquez, 1967)

 

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