LA GUERRA CIVIL Y LA FORMACIÓN DEL EJÉRCITO ROJO[2]

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YUNQUE Y MARTILLO.

A principios de 1919 la situación de la revolución era desesperada. La Rusia de los soviets estaba rodeada por todas partes. Su Territorio se reducía al antiguo principado medieval de Moscú. En el Oeste estaban los alemanes, la flota inglesa y Polonia; en el Norte las tropas británicas, francesas, americanas y serbias; en el Sur, los franceses en Ucrania, Denikin en el Kubán y los ingleses en el Caúcaso y en la Transcaspia y por último en Siberia, al Este los japoneses y en el Oeste la legión cheka y el almirante Kolchak.

En el mes de mayo las tropas del general Yudénich, salidas de Estonia, llegaron a 15 kilómetros de la ciudad de Petrogrado. El pánico se apoderó de los defensores de la capital. Los planes de evacuación estaban en marcha. Sólo la llegada del tren blindado de Trotsky consiguió levantar los ánimos de los combatientes que, sacando fuerzas de la desesperación, consiguieron finalmente rechazar a los atacantes.

Tan solo unos meses después la situación había cambiado por completo. Los ejércitos blancos, derrotados, se retiraban por todas partes de forma desordenada. La revolución se había salvado por el momento, pero a un precio terrible. Millones de muertos y un país en ruinas

El 16 de enero de 1920, los Aliados levantaron el bloqueo económico contra Rusia y reconocieron formalmente el poder de los soviets. Sin embargo la revolución internacional había fracasado, o bien no había llegado a cuajar, o había sido derrotada. Habría que esperar a un nuevo período de ascenso de la lucha de clases para romper el aislamiento.

El nuevo ejército rebeló ser un magnífico instrumento de combate. Los generales blancos habían sido derrotados uno por uno, pese a contar con el apoyo de las potencias capitalistas. Habían pagado con la derrota, el precio de haber sido incapaces de ganarse el apoyo de la población, o por lo menos de una parte de ella. Representantes de las viejas clases dirigentes, no sólo se habían negado a reconocer el reparto de la tierra entre los campesinos, sino que en los en los territorios conquistados habían devuelto inmediatamente las propiedades a sus antiguos propietarios y habían castigado a los que se habían atrevido a apoderarse de ellas.

De esta forma los generales blancos se granjearon el profundo odio del campesinado, que se había ido alejando de los bolcheviques por las continuas requisas de grano. Los bolcheviques por lo menos reconocían y defendían la ocupación y el reparto de las tierras. Si vencía la contrarrevolución blanca perderían la tierra que ahora les pertenecía. Entre los dos bandos, los bolcheviques eran los menos malos. En medio de la contienda llegó a formarse un inestable tercer bando, los ejércitos verdes, partidas de desertores y campesinos descontentos que se mantenían equidistantes, pero que al carecer de un proyecto político, estaban condenados a desaparecer en el momento en el que uno de los dos bandos se alzara con la victoria.

“Los blancos se mostraban como poco ambiguos en la cuestión de la tierra y los campesinos estaban convencidos de que si vencían ellos perderían lo que habían ganado con la revolución, la distribución de las haciendas de los nobles, así que aunque muchos estuvieran convencidos de que los bolcheviques habían traicionado los ideales de 1917, también los veían como el principal bastión contra el regreso de la aristocracia y el zar.” (5)

La guerra civil había desplazado a 17,5 millones de personas de sus hogares, más del 12% de la población se vieron condenadas a una vida precaria. Cerca de 3 millones de soldados habían muerto en los combates, por las heridas recibidas, o por enfermedades. 13 millones de civiles habían perecido a causa del hambre o de las epidemias. En enero de 1923 la población de Rusia se situaba por debajo de la de 1914. La guerra europea, el proceso revolucionario y de nuevo la guerra civil habían sumido a la población en la miseria. Después de tantas penurias parecía que había llegado el momento de la reconstrucción.

¿MILICIAS O EJÉRCITO REGULAR?

El modelo de las milicias revolucionarias, con una fuerte organización democrática en su interior que permitía a las bases elegir y controlar a sus mandos, procedía de la revolución francesa y descansaba sobre la idea una sociedad igualitaria de ciudadanos. Toda la izquierda, desde la Comuna de París hasta la socialdemocracia internacional (de la que procedían los bolcheviques) había hecho suyo este modelo. Unidades territoriales, formadas por ciudadanos voluntarios que cedían una parte de su tiempo y de sus vidas a la defensa del orden revolucionario, pero que inmediatamente después volvían a sus hogares y puestos de trabajo. El ejército regular, con un funcionamiento vertical era propio del capitalismo y de las sociedades conservadoras. La estructura vertical permitía a una pequeña minoría de mandos, controlar con comodidad y eficacia, a grandes ejércitos formados por cientos de miles de hombres.

El modelo de las milicias era pues, el tipo de ejército que los bolcheviques siempre habían apoyado. ¿A qué se debía pues el acusado giro emprendido con la formación del ejército rojo?

El medio ambiente ruso, el hecho de que el proletariado fuera tan solo una pequeña minoría en medio de un inmenso país atrasado y campesino, amenazado por el capitalismo internacional condicionó sin ninguna duda el modelo a seguir, que copió en gran parte la estructura y los rasgos del viejo ejército zarista. El sistema adoptado por la fuerza de las circunstancias, jerárquico y altamente centralizado, sólo podía ser una medida provisional. Una vez terminada la guerra, el partido y los soviets debían recuperar el sistema de las milicias. En el futuro, una vez acabada la guerra y alejado el fantasma de la contrarrevolución, el derecho a la elegibilidad y control de los mandos debía ser restablecido. Pero para conseguirlo era necesario el resurgimiento de la industria y del proletariado. Los cuarteles no podían ser un simple lugar para el entrenamiento militar, sino que debían convertirse en una escuela en la que los soldados debían aprender no sólo a manejar las armas, sino también deberían formarse como trabajadores y seres humanos responsables en general. Las tesis fueron aprobadas por el VIII Congreso del partido y ratificadas también en el siguiente.

La oposición en el partido, en palabras de uno de sus dirigentes, Vladimir Smirnov, no se oponía a la creación del Ejército Rojo, pero rechazaba que fuera construido siguiendo los cánones de los ejércitos burgueses clásicos. Comprendían que era necesario integrar a los militares profesionales que había formado parte del ejercito zarista, pero se oponían a la implantación de una disciplina y una jerarquía excesivas. La crítica les valió la acusación infundada de que pretendían sustituir el ejército por las partidas de guerrilleros.

A finales de la guerra, cuando los blancos se retiraban en todos los frentes, Trotsky volvió a plantear el debate e hizo el primer intento de volver al sistema de milicias, para sorpresa de los viejos militares que veían en él al creador del nuevo ejército jerárquico y centralizado, el que había acabado con el guerrillerismo. La propuesta fue entonces criticada por algunos sectores del partido que veían las cosas desde una óptica diferente. Smilgá defendió que como las milicias eran unidades territoriales, bajo este sistema, la mayor parte de ellas estarían compuestas casi exclusivamente por campesinos, mientras que las unidades proletarias serían tan solo una pequeña minoría, aislada del resto. Una reforma de este calado, en semejantes circunstancias, sería peligrosa para la dictadura proletaria. Además, con un sistema ferroviario semidestruido, Rusia tendría serias dificultades para movilizarlas en caso de que estallase una nueva guerra. El sistema de las milicias sólo sería eficaz en el futuro en un país industrializado, con un proletariado más numeroso y formado, y con una densa red de líneas de comunicaciones. Aunque en 1921 se crearon tres divisiones de milicias (Petrogrado, Moscú y Urales), no se podía prescindir del ejército regular en aquellas circunstancias, por lo menos por un largo período de tiempo.

Siempre es importante observar otras experiencias revolucionarias, para poder sacar conclusiones sobre la pretendida superioridad del ejército regular, sobre el sistema de milicias. Y de nuevo encontramos en la revolución española una fuente de información y de conocimiento.

El gran mérito de las milicias en la revolución española fue que consiguieron detener por un tiempo al ejército franquista, impidiendo que la sublevación se convirtiese en un paseo triunfal. Sin embargo y pese a las extraordinarias cualidades revolucionarias de las improvisadas milicias, éstas tenían importantes limitaciones y no consiguieron detener el avance de sus enemigos.

Resulta significativo que dirigentes revolucionarios de la talla de Buenaventura Durruti “militarizasen” las milicias anarcosindicalistas. Establecieron una férrea disciplina entre sus hombres y organizaron una jerarquía de combate que contribuyó a mejorar la eficacia y ahorró vidas humanas.

Paradójicamente, el Ejército Popular, que a menudo se lo compara con el Ejército Rojo, se dedicó en nombre de la eficacia militar, a liquidar todo lo que oliese a revolucionario procedente de las milicias, para la defensa, no de la revolución, sino de la república burguesa. Los parecidos entre ambos ejércitos son superficiales, porque combatían por sistemas sociales y políticos muy distintos. El Ejército Popular no pudo derrotar a Franco, a pesar de estar mucho mejor armado que las milicias revolucionarias, entre otras cosas porque liquidó las conquistas revolucionarias de julio, que eran por las que luchaban los trabajadores.

El Ejército Rojo copió los mecanismos de los ejércitos tradicionales, que contaban con siglos y siglos de desarrollo de la “ciencia militar. Sólo en este sentido podemos encontrar similitudes entre éste y el Ejército Popular republicano. Entonces ¿Cuál es la abismal diferencia que existía entre ellos? Que el Ejército Rojo defendía la construcción de un orden socialista, un estado obrero basado en la democracia soviética, la entrega de las fábricas al proletariado y la tierra a los campesinos. ¿Qué defendía el Ejército Popular? Exactamente lo contrario, la liquidación de las conquistas revolucionarias y la restauración del orden democrático burgués una vez alcanzada la victoria sobre el ejército franquista.

El proletariado y el campesinado pobre, ruso o español, no luchaban por conceptos abstractos como democracia o fascismo, sino por cosas mucho más concretas como la paz, el pan y la tierra. En Rusia, los soldados, inclusos los que estaba descontentos con la política bolchevique, eran conscientes de que la revolución estaba amenazada y que si finalmente era derrotada volvería de nuevo el brutal régimen zarista. En el caso español, viendo como en la retaguardia se liquidaba el orden revolucionario, sabían que independientemente de quien venciera en el campo de batalla, todo iba a volver a ser como antes. El triunfo no se basaba sólo en cuestiones de eficacia militar, sino también en la capacidad para mover la energía social de los trabajadores y de las clases populares. En una guerra, es tan importante saber utilizar el fusil, como saber porque hay que utilizarlo.

POLONIA. ¿GUERRA REVOLUCIONARIA?

El fin de la guerra parecía cercano y el triunfo del Ejército Rojo era indiscutible. El gobierno decretó una serie de reformas encaminadas a relajar la situación. La pena de muerte fue abolida de nuevo y se limitó el poder de la cheka. Sin embargo, tan solo unos días después de los decretos, volvió a surgir la amenaza de guerra. A principios del mes de marzo, los ejércitos polacos del general Pidsudski invadieron los territorios occidentales de Rusia. Las reformas aprobadas recientemente fueron abolidas de nuevo. Sin un respiro, el país volvía a estar en guerra.

La invasión polaca provocó una oleada de patriotismo y chovinismo que desbordó a los bolcheviques y que arrastró incluso a sectores de la población que todavía se mantenían hostiles al régimen de los soviets. De nuevo volvía a ser la guerra patria contra el invasor que procedía de occidente.

Derrotado Pidsudski, se planteó la posibilidad de trasladar la guerra al país invasor para romper el aislamiento internacional de la revolución. Una parte considerable de los bolcheviques consideraba que el Ejército Rojo sería recibido por el proletariado polaco con los brazos abiertos, como su aliado y salvador. El mismo Lenin estaba convencido de que la guerra con Polonia les habría una posibilidad. Si la revolución europea no llegaba, cabía la posibilidad de que la guerra revolucionaria actuara como catalizador. Había que exportar la revolución como fuera. Otros, como Trotsky y Radek, más perspicaces, se opusieron a llevar la guerra más allá de las fronteras de Rusia. Los atajos no existían. El resultado de la invasión podía tener unos efectos totalmente contrarios a los deseados. Una cosa era apoyar fraternalmente la lucha de la clase obrera polaca y otra muy distinta era enviar al Ejército Rojo hasta las puertas de Varsobia.

El resultado fue desastroso. Una vez en Polonia, el Ejército Rojo fue recibido como un verdadero ejército invasor. La burguesía polaca galvanizó a la población bajo la bandera del nacionalismo. El proletariado polaco recibió con abierrta hostilidad la llegada de sus hermanos rusos. Se identificó a las tropas soviéticas con los ejércitos zaristas que en pasado habían asolado y conquistado el país.

Pese al fracaso del Ejército Rojo, la idea de inyectar la revolución mediante la conquista pasó a formar parte de la mentalidad y la tradición bolchevique, por lo menos de una parte del partido. Algunos defendieron el terrible contrasentido de que si el Ejército Rojo hubiera vencido, tendría que haber implantado la dictadura proletaria, incluso con la oposición de la clase obrera polaca (6). Esta mentalidad sustituista y militarista que alcanzaría su esplendor bajo el estalinismo, volvería a manifestarse poco después con la invasión de Georgia.

Consciente de la existencia de esta tendencia en el partido, Lenin ordenó a Ordzhonikidze y a los mandos que dirigían las tropas que se dirigían hacia Georgia, tratar a la población y a las instituciones soberanas del país con respeto. Uno de los objetivos políticos especificados claramente era lograr la reconciliación con los mencheviques, mayoritarios en Georgia, y especialmente con el jefe de gobierno Jordania, que se había mostrado conciliador con el poder de los soviets. Pese a las recomendaciones de Lenin las tropas ocupantes cometieron graves abusos contra la soberanía georgiana.

PAISAJE PARA DESPUÉS DE UNA GUERRA.

La revolución parecía a salvo, pero la situación era infinitamente peor que antes de la contienda. El país se había desangrado en siete años de guerra casi continuada. La hambruna se cebaba desde hacía tiempo en las ciudades, que habían perdido una buena parte de su población. El proletariado era sólo una sombra de lo que había sido en octubre de 1917. Sus mejores miembros o habían muerto en la guerra civil, o bien se habían integrado en la administración del nuevo estado, o habían abandonado las ciudades para volver al campo, donde por lo menos podían comer.

No era ninguna exageración advertir, como hicieron algunos, sobre el peligro de extinción del proletariado. Según las estadísticas sindicales el número de obreros de la gran industria bajo control soviético en 1919 había descendido al 76% del total de 1917; en el sector de la construcción el descenso era todavía mayor, el 60%, y en los ferrocarriles al 63%. El número de trabajadores en 1917 era aproximadamente de 3.000.000, tan solo un año después, en 1918, había descendido a 2.500.000, y en el período 1920-1921 su número había continuado descendiendo hasta 1.480.000 y en 1921-1922, al final de la guerra civil apenas llegaba a los 1.240.000 obreros.

La producción de la gran industria apenas representaba el 13% de la producción de 1913; el acero y el hierro era tan solo un 4%. La de los cereales era lo que mejor había sobrevivido, pese a los desastres, representaba dos terceras partes de la del período 1909-1913, gracias en parte a la resistencia del campesinado y en parte a que el atraso de la agricultura la hacía casi autosuficiente. El comercio exterior se había hundido afectando a principios de 1921 al suministro de combustible, al transporte y a la alimentación.

Paradójicamente el final de la guerra se dio en un clima de cansancio y pesimismo. Entre el proletariado (o lo que quedaba de él) cundió la desmoralización y el nerviosismo. Nunca la barbarie había estado tan cerca. El continuo retroceso del país había cambiado la psicología de la población y lo había acercado a la formación de una autocracia primitiva, que pese al giro radical que supuso la NEP (Nueva Política Económica) iba a dar al traste con la revolución e iba a condicionar el futuro de Rusia en las siguientes décadas. (7)

 

Enric Mompó

 

 

(1) BROUÉ, PIERRE. “El Partido Bolchevique” pág. 164. cita a Lloyd George.

(2) TROTSKY, LEÓN. “El camino del Ejército Rojo”, Escritos Militares, Tomo I, pág. 7.

(3) TROTSKY, LEÓN, “Sobre los frentes”, Op. Cit. tomo II, pág. 13, 24.02.1919.

(4) TROTSKY, LEON, .“A los cinco años”, Op. Cit. tomo I, pág. 3.

(5) PRIESTLAND, DAVID, “Bandera Roja”, Jinetes de bronce, pág. 111.

(6) DEUTSCHER, ISAAC, “El Profeta Armado” pág. 430.

(7) LEWIN.MOSE, “El siglo soviético” pág. 379.

  1. Parte 2

 

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