EL COMUNISMO DE GUERRA: EL PUÑO DE HIERRO (Parte I)[1]


La guerra europea, el proceso revolucionario y el bloqueo del capitalismo internacional había dejado un país destrozado. Ahora la guerra civil lo iba a llevar a extremos insospechados de miseria y de barbarie. Habría hasta brotes de canibalismo. La Rusia revolucionaria debía perecer en la peor de las agonías, como castigo por haber intentado tomar el cielo por asalto. La tragedia, como antes había pasado con la Comuna de París, debía de servir de escarmiento para todos aquellos que en el resto del mundo apostaban por la revolución.

De esas ruinas, los bolcheviques tuvieron que extraer los recursos humanos y materiales que necesitaban para vencer en la guerra y salvar la revolución. Para conseguirlo, se esforzaron en centralizar y controlar los limitados medios con los que contaban. Esta fue la matriz de lo que vino a llamarse “el comunismo de guerra”. Enviaron destacamentos armados de obreros al campo para conseguir los alimentos necesarios para el ejército y las ciudades, nacionalizaron la totalidad de la industria y prohibieron el comercio privado.

Todo esto tuvieron que hacerlo sin un aparato administrativo eficaz, capaz de cobrar impuestos. Para poder hacer frente los gastos del Estado, las imprentas se dedicaron a imprimir billetes sin parar, causando una hiperdevaluación del rublo, que les llevó finalmente a tener que pagar los salarios, o parte de ellos, en especie. La escueta ración alimenticia que se distribuía era el jornal básico. Al obrero se le pagaba con una parte de lo que producía en la fábrica, que después trataba de cambiar por alimentos en el mercado negro.

Lo poco que quedaba de la economía rusa tuvo que soportar la debacle de una nueva guerra todavía más destructiva que el conflicto europeo. Tradicionalmente las regiones del sur habían abastecido de materias primas y combustible a los complejos industriales del norte. Su ocupación, primero por el ejército alemán y después por las tropas de Denikin, amenazó con colapsar la escuálida producción. En mayo de 1919, la industria apenas recibía el 10% de los suministros normales de petróleo. Cuando a finales de año, las tropas del Ejército Rojo se apoderaron definitivamente de estos territorios, se encontraron con las minas del valle del Donetz inundadas y la industria destruida, para que no pudiesen ser aprovechadas. Todavía un año después las minas de carbón producían menos de una décima parte y las de hierro una vigésima del volumen total de antes de la guerra. La fabricación de bienes de consumo alcanzaba tan solo una cuarta parte de la producción de 2013.

La situación desastrosa en la que se encontraba la industria se vio agravada por la casi inexistencia de una red de transportes. La guerra destruía lo poco que todavía quedaba en pie. Era una política de tierra quemada. Los puentes y las líneas de ferrocarril eran volados sistemáticamente por los dos bandos para que no pudiera ser aprovechado por el adversario. Según cifras oficiales, durante la contienda fueron destruidos 3.597 puentes ordinarios, 1.750 kilómetros de vías férreas, 381 depósitos y talleres de ferrocarriles y cera de 180.000 kilómetros de cables telegráficos y telefónicos (1). De las 70.000 verstas (2) de líneas ferroviarias existentes antes de la guerra europea, en 1919 apenas quedaban 15.000 utilizables y de las 16.000 locomotoras, el 60% estaban averiadas. La mayoría presentaban un aspecto lamentable porque no se habían hecho las reparaciones adecuadas desde 1914. A medida que se estropeaban eran retiradas de la circulación porque no había recambios, ni personal técnico capacitado.

La agricultura tampoco pasaba por sus mejores momentos. Las expropiaciones de las grandes propiedades de los terratenientes y su división y reparto en pequeños lotes familiares había creado una agricultura que no sobrepasaba el nivel de subsistencia. En muchas ocasiones las pequeñas parcelas de tierra apenas daban para mantener a las familias campesinas que los cultivaban. El resultado había sido el desmoronamiento de la producción agraria en todo el país. Primero la guerra europea y después casi sin interrupción la guerra civil, habían impedido que el campesinado pudiera renovar sus equipos, mientras se veían expoliados sucesivamente por los diferentes ejércitos enfrentados que atravesaban sus campos.

Alec Nove se pregunta si el comunismo de guerra fue fruto de las circunstancias, es decir del conflicto armado y la miseria generalizada, o bien fue conscientemente implantado por los bolcheviques, como un nuevo paso hacia el socialismo, que posteriormente, cuando se comprobó que era un fracaso, fue atribuido a la guerra civil, para no desacreditar a sus autores (3).

Él mismo da la respuesta. Las órdenes procedentes del gobierno no siempre eran obedecidas por los soviets y las autoridades locales, ni siquiera por las que estaban controladas por los mismos comunistas. Con frecuencia éstas hacían lo que les daba la gana. A menudo las directrices que llegaban eran confusas y se prestaban a diversas interpretaciones. Su conclusión es sin duda muy interesante, una parte de lo que sucedió no tuvo nada que ver con las órdenes del gobierno y en muchas ocasiones dichas órdenes no eran más que esfuerzos desesperados que se hacían para superar la confusión reinante.

HACER DE LA NECESIDAD VIRTUD.

El invierno de 1917-1918 fue terrible. En Petrogrado, hubo períodos en los que la ración de pan descendió a los 50 gramos diarios, incluso para los obreros. Las colas en las ciudades para conseguir alimentos eran interminables. El hambre se convirtió en una plaga que se extendía por todas partes. Las ciudades sufrieron un verdadero éxodo de su población. Los trabajadores, la mayoría de los cuales no dejaban de ser campesinos transformados en época reciente, volvían a sus aldeas de origen, donde al menos podrían comer. El número de obreros industriales se redujo rápidamente. Cientos de miles de ellos acabaron integrándose en el ejército o en la administración del nuevo Estado. A finales de 1918, muchas fábricas tuvieron que cerrar por falta de mano de obra.

Paradójicamente las medidas desesperadas, adoptadas en una situación tan al límite, dieron la apariencia de que con ellas empezaba a cumplirse el programa máximo de los bolcheviques, el programa comunista. El mismo Lenin, normalmente mucho más realista y perspicaz que sus compañeros, se dejó arrastrar por el espejismo, al aprobar el programa provisional del partido en 1919.

“Continuar sin desviacionismos la sustitución del comercio por una distribución de productos planificada y organizada, por el gobierno. La meta es organizar toda la población en comunas de productores y consumidores… (el partido) se esforzará en aplicar con la máxima rapidez las medidas más radicales que preparen la abolición del dinero.” (4)

Esto era confundir los deseos con la realidad. Las medidas adoptadas no tenían nada que ver con la llegada del comunismo, es decir la sociedad de la abundancia en la que habrían desaparecido las clases sociales y por consiguiente, el Estado. Era tan solo un intento desesperado de salvar la revolución. La socialización de la miseria. Dos años más tarde, con la implantación de la Nueva Política económica, Lenin reconocería su error.

Las requisas de alimentos en el campo implicaba no la socialización de la agricultura, sino la guerra contra los campesinos para arrebatarles el grano necesario para aplacar el hambre en las ciudades. La prohibición del comercio privado no provenía de la extinción gradual del mercado, sino una imposición legal, a menudo poco práctica, que pretendía que la distribución de productos se hiciera a través de los canales estatales, para evitar el robo y la especulación. El pago en especie de los salarios y la desaparición de la moneda, tampoco era el fruto de la evolución natural del socialismo, sino una forma desesperada de mover los engranajes de una economía que no acababa de funcionar, en la que el dinero valía menos que el papel en el que se imprimía. La nacionalización de la industria era un intento de salvar lo que quedaba de la producción.

“El bolchevismo por tanto se inclinaba a ver los rasgos esenciales del comunismo pleno encarnados en la economía de guerra de 1919-1920. Esa inclinación la reafirmaba el austero igualitarismo que su partido predicaba y practicaba y que le impartía el comunismo de guerra un aspecto romántico y heroico.” (5)

Las medidas adoptadas por los bolcheviques eran el fruto de la urgencia y de la necesidad, pero también formaban parte de su arsenal ideológico. El racionamiento y la prohibición del comercio privado eran necesarios en tanto en cuanto había que administrar la escasez y había que evitar la especulación a toda costa, que habría acabado por hundir a la revolución, pero para la mentalidad igualitarista del partido, eran medidas que avanzaban en la buena dirección, la de la construcción de la sociedad socialista.

El comunismo de guerra no tenía nada que ver con la sociedad sin clases que habían teorizado Marx y Engels. No era la sociedad de la abundancia, sino todo lo contrario, era la sociedad de la miseria, de la exacerbación de la lucha de clases, de la violencia y de la imposición, de la desintegración social y de la destrucción de las fuerzas productivas. No podía ser de otra manera. Es cierto que existía una igualdad y una socialización de los recursos, pero era una uniformización por abajo y no por arriba. Todos pasaban hambre, todos sufrían la escasez y la penuria. Todos eran iguales.

 

LA REQUISA DEL GRANO. LA GUERRA CONTRA EL CAMPO.

La grave escasez de alimentos en las ciudades y el fracaso del gobierno a la hora de encontrar un precio que satisfaciese a los campesinos, fue una de las causas de la implantación del comunismo de guerra. La caída de la producción en las fábricas no ayudaba a la hora de buscar un acuerdo con el campesinado, que prefería guardarse el grano, antes que venderlo a cambio de un papel que no tenía ningún valor, o por los escasos productos manufacturados totalmente insuficientes para sus necesidades.

Una de las claves del éxito de los bolcheviques después de Octubre fue precisamente la actitud del campesinado. Mientras la pequeña burguesía urbana se había sumado a la contrarrevolución (Asamblea Constituyente), los campesinos, satisfechos por el decreto de la tierra, se abstuvieron de sumarse. Pero una cosa era apoyar al régimen de los soviets por la legalización de la entrega de la tierra y otra muy distinta entregar de forma solidaria, o a crédito sus excedentes a la revolución.

El campesinado era ahora el verdadero propietario de la tierra, pero en medio de una sangrienta guerra civil, con un transporte que apenas funcionaba y una industria destruida no podía enriquecerse. Por consiguiente reclamaba la libertad de comercio y el final del monopolio estatal.

Sin embargo la libertad del comercio del trigo en aquellas condiciones habría abierto las puertas a la especulación y a un crecimiento desenfrenado de la inflación que habría agravado todavía más la miseria entre los sectores más pobres de la población. Era necesario extender e implantar el monopolio estatal del comercio y la distribución. El hambre se extendía por las ciudades, mientras los campesinos se negaban a vender y almacenaban sus excedentes esperando que subiera su valor. Se calcula que sólo en el norte del Cáucaso se producían anualmente 149 millones de puds, mientras que para abastecer a las ciudades bastaba tan solo 15 millones. (6)

Si el dinero no tenía valor, se podía volver provisionalmente al sistema del trueque, cereales a cambio de los productos industriales que el campesinado necesitara. El problema era que la industria, arruinada, no estaba en condiciones para hacer frente a sus demandas. Se intentó primero organizar la venta de bienes a los campesinos, pero tuvo escaso éxito. Todos los sistemas para conseguir que los campesinos entregaran voluntariamente los excedentes de sus cosechas fracasaron. Al final, hubo que recurrir a la fuerza.

“Tsiurupa, el Comisario del Pueblo para la Agricultura, hablando en el quinto Congreso de los Soviets de toda Rusia, declaró que se habían probado todos los medios ordinarios para obtener el grano, y que ‘únicamente cuando no se consigue nada, solamente entonces, se envían los destacamentos.” (7)

Para hacer frente a la situación el gobierno resolvió implantar tres medidas: la formación de comités de campesinos pobres, la requisa de los excedentes de cereales y el envío de destacamentos obreros de avituallamiento. El 11 de junio de 1918 el gobierno y el 27 del mismo mes en el congreso de los comités de fábrica se aprobó centralizar los esfuerzos, establecer una alianza con los campesinos pobres y llevar la guerra de clases al campo. Un decreto establecía la creación de los comités que serían los encargados de despojar a los kulaks (los campesinos acomodados) de sus excedentes. Para conseguirlo se les entregó las escasas manufacturas industriales que estaban en poder de los soviets para asegurar que la población más necesitada del campo tuviera su parte en el reparto de bienes. Poco después, a principios del mes de agosto, se autorizaba a los sindicatos, comités de fábrica y soviets locales a organizar los destacamentos que deberían encargarse de las requisas.

La organización de los comités de campesinos pobres no tuvo éxito. Poco meses después de su creación, a primeros de 1919 el gobierno decretó su disolución. La lucha entre el campesinado pobre (el aliado natural del proletariado urbano, según Lenin) y el acomodado (los kulaks) acabó en un sonado fracaso. Muchos de los antiguos campesinos pobres después de Octubre, que habían participado en la ocupación y reparto de las grandes propiedades, ahora ya no se sentían tan pobres como antaño y no estaban dispuestos a enfrentarse a sus vecinos más acomodados, en nombre de una autoridad lejana que les decía lo que tenían que hacer.

En los centros industriales se organizaron destacamentos que marcharon hacia el campo para requisar los cereales necesarios para alimentar a las ciudades. Para llevarlas a cabo, el Estado consideraba como excedente todo lo que estuviera por encima de satisfacción de las necesidades mínimas. Sin embargo las brigadas carecían de medios fiables para valorar las cosechas. A menudo se requisaban las reservas que los campesinos destinaban al mantenimiento de sus familias y la cosecha del año siguiente.

Los destacamentos no siempre estaban formados por los elementos más conscientes y responsables del proletariado. Con frecuencia procedían del lumpen y de los sectores desarraigados de la clase obrera. Los excesos no tardaron en aparecer y frente a ellos los campesinos opusieron una resistencia cada vez más enconada. En medio de la guerra civil, pronto estallaron los primeros choques sangrientos con los campesinos que se negaban a entregar sus reservas. Se calcula que en 1918 dos mil miembros de las brigadas fueron asesinados por los campesinos; en 1919 la cifra aumentó a cerca de cinco mil y en 1920 superó los ocho mil.

En algunas regiones agrícolas, como en el Tambov, se formaron verdaderos ejércitos verdes que se enfrentaban por igual con blancos y rojos. De esta forma estalló lo que podemos llamar una verdadera guerra civil, dentro de la guerra civil .

El método de las requisas demostró ser problemático. Con frecuencia creaba más problemas de los que solucionaba. Sin embargo la urgencia para alimentar las ciudades y al Ejército Rojo, no dejaba margen para maniobrar. El conflicto armado y la penosa situación del transporte impidieron que las requisas acabaran con las hambrunas urbanas, a costa de quebrar la alianza que se había establecido en la revolución entre la clase obrera y el campesinado.

“Sin embargo, en último extremo, el temor al regreso de los terratenientes hizo que bastantes campesinos se mantuviesen leales a la causa del bolchevismo, lo que aseguró a éste la victoria final en la guerra civil; en la mayoría de las zonas “blancas”, los terratenientes regresaron y los campesinos que habían ocupado sus tierras fueron muchas veces castigados.” (8)

Sólo el reaccionarismo exacerbado y la arrogancia de los generales zaristas, que se consideraban los representantes de los intereses ,de la vieja clase terrateniente impidió que el campo se pasara en bloque a la contrarrevolución. El odio contra los blancos era superior al odio que el campesinado podía sentir por los comisarios comunistas que les arrebataban el grano. Estas heridas no podrían restañarse hasta 1921, tres años después, con la implantación de la NEP y llevarían a la revolución a la peor de sus crisis.

Cuando las requisas se hicieron más eficientes, el campesinado optó por cultivar tan solo para cubrir sus propias necesidades, consciente de que todo lo que produjera de más se lo iban a quitar. Se redujo la producción de cereales y también la superficie cultivada. Sin embargo y a medida que el Ejército Rojo recuperaba los territorios que habían estado en poder de los blancos, las entregas de cereales al Estado aumentaron. En 1917-18 ascendió a 30 millones de puds y en 1918-19 pasó a 110 millones. Esto dio una imagen falsa de la realidad del campo, que era mucho peor de lo que muchos dirigentes bolcheviques suponían.

Pese al aumento de lo requisado, la situación en las ciudades no experimentaba ninguna mejora significativa. El régimen soviético tenía que enfrentarse al derrumbe de las estructuras de distribución existentes, mientras todavía no tenía los recursos necesarios para crear las suyas propias. El transporte se encontraba en una situación ruinosa y para más inri tenía que dedicar la mayor parte de la producción para cubrir las necesidades de la guerra.

Los excedentes que conseguían evitar las requisas eran enviados al mercado negro, donde podían venderse por precios muy superiores a los marcados por las autoridades. Para evitarlo el gobierno colocó patrullas armadas a lo largo de las vías ferroviarias. Al obstaculizar la llegada de los excedentes por las vías ilegales, la medida tuvo efectos contraproducentes, agravó todavía más la penuria de las ciudades. Al fin y al cabo el mercado negro ayudaba a paliar las graves deficiencias de los canales de distribución estatales.

“… era notorio que el comercio había cesado casi totalmente de fluir por los canales y a precios oficiales, y que la distribución estaba en manos de los estraperlistas y de otros comerciantes ilícitos que hacían sus transacciones por el sistema de trueque o a precios que no tenían relación con los precios oficiales.” (9)

Pese a las medidas represivas adoptadas, el gobierno nunca consiguió acabar con el mercado negro. Hubo momentos que incluso tuvo que mirar hacia otro lado y tolerarlo, porque era la única forma de que la miseria generalizada no se volviese explosiva. En enero de 1919 el comité ejecutivo central publicó una orden acusando a los pelotones de requisa que actuaban en las líneas de ferrocarril de maltratar a los pasajeros y de quitarles de forma injustificada los víveres con la intención de apropiárselos para ellos mismos. La presión se suavizó en el invierno de 1918-1919. Las raciones alimenticias en las ciudades eran claramente insuficientes y la población tuvo que recurrir de nuevo al trueque en los mercados ilegales, para poder sobrevivir.

Aunque lo que destaca en el “comunismo de guerra” eran las requisas, el gobierno soviético, consciente de que la violencia contra el campesinado debilitaba la revolución, hizo varios experimentos para obtener los bienes alimenticios que necesitaba por otros canales. Todos fracasaron o nunca llegaron a ponerse en práctica. El zig zag de la política agraria bolchevique demuestra que se encontraban en un círculo vicioso del que no podían, o no sabían salir, por lo menos mientras durase el conflicto armado y el ejército devorase la mayor parte de los recursos con los que contaban. En la medida que las circunstancias lo permitiesen, era primordial recuperar la confianza del campesino medio. Pero para eso hacía falta acabar la guerra y por supuesto, ganarla.

NACIONALIZACIÓN Y LA CENTRALIZACIÓN DE LA ECONOMÍA.

Las necesidades de la guerra llevaron al gobierno soviético a acelerar el proceso de nacionalización de la industria. Había que acabar con el poder que todavía conservaba la burguesía. Sin embargo no era ésto lo que habían esperado los bolcheviques. Ellos habrían preferido un proceso más lento, gradual y ordenado que les permitiera ir entregando las fábricas a los trabajadores, a medida que éstos estuvieran capacitados para dirigirlas.

“Después de que la revolución proletaria hubo pasado por un período de preparación de ocho meses, que en el orden económico estuvo marcado por titubeos e indecisiones, el gobierno proletario, bajo la presión de una guerra civil cada vez más encarnizada y de la intervención de la Alemania del Káiser, que se hacía fuerte en la paz de Brest Litovsk, en favor de la propiedad capitalista, decretó la expropiación de los expropiadores nacionalizando la gran industria por decreto del 26 de junio de 1918.” (10)

En el verano de 1918 el gobierno decretó la nacionalización de la industria pesada. Un año más tarde más del 80% de las empresas del sector habían sido nacionalizadas con éxito. Las incautaciones se hacían para ampliar el control sobre la producción, pero la clase obrera no estaba suficientemente preparada, no tenía los cuadros necesarios para hacerlo. El caos en la producción aumentó. Sin embargo y aunque la situación desbordaba al Consejo de Economía, no había vuelta atrás. En noviembre de 1920 se decretó la nacionalización de la pequeña y mediana industria.

Las expropiaciones y la escasez de trabajadores cualificados para dirigir las empresas provocó que cada una fuera administrada según su situación interna, que variaba de un lugar a otro. Unas estaban dirigidas por los antiguos comités de fábrica, otras por un director responsable, designado por el gobierno, que podía ser un miembro del partido, o un antiguo administrador, ingeniero jefe o hasta propietario. Había otros casos en los que era elegido encargado un trabajador, o un grupo de ellos, del comité o del sindicato local, para administrar las fábricas. Estas fórmulas, a medio camino entre el control obrero y la administración elegida, eran las que al parecer y dadas las circunstancias, funcionaban mejor.

También se expropió el comercio mayorista y poco después se prohibió también el de al por menor. Para sustituir los canales privados el gobierno primero recurrió a las cooperativas de consumo de la burguesía, intentó transformarlas en una red de distribución estatal y estableció un control sobre sus órganos de dirección, que fue causa de tensión y conflicto con los antiguos cooperativistas. La medida no sirvió para nada. Los problemas de la distribución siguieron siendo los mismos.

La situación en las industrias era catastrófica. Con frecuencia las fábricas languidecían sin funcionar, esperando la llegada del combustible y de materias primas. En mayo de 1919 la industria apenas recibía el 10% de los suministros de petróleo que necesitaba. El hambre provocaba que los mismos trabajadores saquearan sus empresas, para poder cambiar el material robado por alimentos o productos de primera necesidad que sólo podían encontrar en el mercado negro.

“… para alimentarse, había que arreglárselas en el mercado negro en lugar de trabajar. Los obreros pasaban su tiempo en las fábricas muertas transformando en cortaplumas piezas de máquinas y en suelas de zapatos las correas de transmisión a fin de intercambiar esos objetos en el mercado clandestino.” (11)

Con el transcurrir de los meses y el agravamiento de la crisis a causa de la guerra civil y del bloqueo internacional, el deterioro de la situación empezó a convertir los centros industriales en focos de descontento, en los que creció la agitación y la influencia de la oposición menchevique y socialista revolucionaria, que se tradujo en el estallido de huelgas en algunos centros industriales. Las huelgas se fueron multiplicando hasta la primavera de 1919. Era un serio aviso para los bolcheviques de que pisaban un terreno cada vez más resbaladizo.

El pronunciado descenso de la producción industrial era aterrador. La caída de la producción había comenzado con el estallido de la guerra en 1914. Las revoluciones de febrero y después la de octubre acentuaron su declive. Con respecto a 1913, en 1918 la producción del carbón había caído al 42%, el hierro al 2,9%, el hierro de fundición al 12,3%, el acero Martin al 9,4% y los raíles al 2,7%. El lino había caído al 75%, el azúcar al 24% y el tabaco al 19%. La producción seguiría en caída libre durante toda la guerra civil, hasta 1921 con la implantación de la NEP.

La clase obrera mostraba después de meses y meses de guerra y penurias, síntomas de agotamiento y desmoralización. La mayoría de los trabajadores más conscientes, los que habían protagonizado la revolución de Octubre y habían dado vida a los soviets hacía tiempo que habían desaparecido de las fábricas. El ambiente en los centros industriales era francamente desolador. A modo de ejemplo, en diciembre de 1918 en la fábrica de Kolomensk sólo quedaba 7.203 obreros inscritos, de los 18.000 que antes había tenido la plantilla. Una mañana de abril de 1919, sólo 1.978 obreros acudieron al trabajo de los 5.779 que estaban inscritos. En un día normal el 30% de la plantilla no acudía a las fábricas. En algunas fábricas el absentismo podía llegar al 80%.

La situación en las líneas ferroviarias era igual de ruinosa (12). Los trenes que todavía funcionaban muchas veces lo hacían sin luces ni señales. El absentismo laboral y la indisciplina generalizadas dificultaban el funcionamiento regular. Los trenes muchas veces no podían ponerse en marcha porque no había personal suficiente para atenderlos.

“Un reporte de Nevsky (en junio) nos informa que el rendimiento de trabajo de los transportes ha descendido en un 50% y hasta un 70% en tanto que los gastos de explotación han aumentado en un 150%. El destrozo sufrido por el material rodante es terrible, sobre todo en los campos y en las regiones próximas a los frentes: cristales rotos, puertas arrancadas, suciedad repugnante.” (13)

Los soviets locales, sin dinero y sin recursos, recurrían a sus propias medidas fiscales, sin tener en cuenta las directrices que llegaban del gobierno central, confiscando a la burguesía y a la pequeña burguesía y embargando los depósitos bancarios de las empresas. Gravaban las mercancías que pasaban por sus territorios, encareciendo los precios de los productos y del combustible que conseguían llegar a Moscú y Petrogrado. Los especuladores del trigo en cambio burlaban los controles recurriendo a las propinas y a la corrupción de la milicia.

Era un sálvese quien pueda. Cada soviet, cada fábrica, todo el mundo se buscaba la vida sin preocuparse de los demás. Las medidas adoptadas por la comisaría de abastecimientos fracasaban por culpa de las iniciativas locales. Trenes cargados de trigo eran saqueados por el camino, sin importar las consecuencias de que no llegaran a su destino. Como consecuencia de las requisas, algunas poblaciones contaban con suficientes recursos, mientras que otras pasaban hambre.

La centralización del poder era necesaria para superar el caos que arrastraba a la revolución hacia el desastre y la desintegración social. Había que establecer una coordinación entre las diferentes instituciones estatales y acabar con los egoísmos locales, para que los esfuerzos de unos y otros no se contrarrestaran.

“El caos (decía Lenin en enero de 1919) no puede suprimirse más que por la centralización, juntamente con la renuncia a los intereses puramente locales que evidentemente han provocado la oposición a este centralismo, el cual es, sin embargo, la única salida a nuestra situación… Nuestra situación es mala… porque no tenemos una centralización estricta.” (14)

Los medios económicos con los que contaba el gobierno eran totalmente insuficientes para hacer frente a la situación. Para el año 1918 el presupuesto previsto era entre 80 y 100.000 millones de rublos; sin embargo los cálculos más optimistas calculaban que los ingresos fiscales serían tan solo de 15.000 millones.

Con independencia de que los bolcheviques siempre hubiesen sido partidarios de una economía centralizada, el caos generalizado y la degradación social y la guerra civil exigían una rigurosa centralización de la economía, para poder poner orden y atajar los males que corroían los cimientos de la revolución. En una situación de vida o muerte, la única forma para corregir el descenso de la producción industrial era la centralización y la planificación de las medidas a adoptar y una estricta disciplina para llevarlas a cabo.

La ruina del sistema de transportes, el hambre generalizada, las cargas económicas del Estado y la necesidad de alimentar a la población y de sostener el esfuerzo de las industrias de guerra, exigían un racionamiento riguroso de los escasos recursos con los que contaban.

 

Enric Mompo

 

  1. La bibliografía utilizada para éste artículo saldrá publicada con la segunda parte en el número de Octubre de Espineta amb Caragolins
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