Domitila Barrios. Mujer guevarista


Hoy rendimos homenaje a Domitila Barrios de Chungara, esposa de minero, madre de ocho hijos, organizadora y revolucionaria. Ella creó la asociación de Amas de Casa Siglo XXI, vinculada al sindicato de mineros y militó en el FRI y en el ELN de forma clandestina. Hizo muchas cosas extraordinarias, algunas de ellas están recogidas en su libro “Si me permiten hablar…”. Domilita dice que su libro debe ser leído como una totalidad, no por trozos. Aún así, no queríamos hablar por ella y hemos decidido recoger su testimonio parcialmente, su hermoso contenido y forma. El texto se encuentra en pdf gratis en internet.

La historia que voy a relatar, no quiero en ningún momento que la interpreten solamente como un problema personal. Porque pienso que mi vida está relacionada con mi pueblo. Lo que me pasó a mí, le puede haber pasado a cientos de personas en mi país. Esto quiero esclarecer, porque reconozco que ha

habido seres que han hecho mucho más que yo por el pueblo, pero que han muerto o no han tenido la oportunidad de ser conocidos.

Por eso digo que no quiero hacer nomás una historia personal. Quiero hablar de mi pueblo. Quiero dejar testimonio de toda la experiencia que hemos adquirido a través de tantos años de lucha en Bolivia, y aportar un granito de arena con la esperanza de que nuestra experiencia sirva de alguna manera para

la generación nueva, para la gente nueva. Quiero decir también que considero este libro como la culminación de mi trabajo en la Tribuna del Año Internacional de la Mujer. Allí teníamos pocos

momentos para hablar y comunicar lo mucho que hubiéramos deseado. Y tengo la oportunidad de hacerlo ahora.

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Bueno, pienso que todo esto muestra bien claro cómo al minero doblemente lo explotan, ¿no? Porque, dándole tan poco salario, la mujer tiene que hacer mucho más cosas en el hogar. Y es una obra gratuita que le estamos haciendo al patrón, finalmente, ¿no? Y, explotando al minero, no solamente la explotan a su compañera, sino que hay veces que hasta los hijos. Porque los quehaceres en el hogar son tantos que hasta a las wawas las hacemos trabajar, por ejemplo recibir carne, recibir agua. Y hay veces que tienen que hacer colas grandes, hacerse apretar y maltratar. Cuando hay escasez de carne en las minas, se hacen esas colas tan largas que hay incluso niños que mueren aplastados por recibir carne. Hay una desesperación terrible.

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Pero, a pesar de todo lo que hacemos, todavía hay la idea de que las mujeres no realizan ningún trabajo, porque no aportan económicamente al hogar, que solamente trabaja el esposo porque él sí percibe un salario. Nosotras hemos tropezado bastante con esta dificultad.

Un día se me ocurrió la idea de hacer un cuadro. Pusimos como ejemplo el precio del lavado de ropa por docena y averiguamos cuántas docenas de ropa lavábamos por mes. Luego el sueldo de cocinera, de niñera, de sirvienta. Todo lo que hacemos cada día las esposas de los trabajadores, averiguamos. Total, que el sueldo necesario para pagar lo que hacemos en el hogar, comparado con los sueldos de cocinera, lavandera, niñera, sirvienta, era mucho más elevado que lo que ganaba el compañero en la mina durante el mes. Entonces en esa forma nosotras hicimos comprender a nuestros compañeros que sí, trabajamos y hasta más que ellos, en cierto sentido. Y que incluso aportábamos más dentro del hogar con lo que ahorramos.

Así que, a pesar de que el Estado no nos reconozca el trabajo que hacemos en el hogar, de él se beneficia el país y se benefician los gobiernos, porque de este trabajo no recibimos ningún sueldo. Y mientras seguimos en el sistema actual, siempre las cosas van a ser así. Por eso me parece tan importante que todos los revolucionarios ganemos la primera batalla en nuestro hogar. Y la primera batalla a ganar es la de dejar participar a la compañera, al compañero, a los hijos, en la lucha de la clase trabajadora, para que este hogar se convierta en una trinchera infranqueable para el enemigo. Porque si uno tiene el enemigo dentro de su propia casa, entonces es un arma más que puede utilizar nuestro enemigo común con un fin peligroso.

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Esto me llevó a tener una discusión con la Betty Friedman, que es la gran líder feminista de Estados Unidos. Ella y su grupo habían propuesto algunos puntos de enmienda al “plan mundial de acción”. Pero eran planteamientos sobre todo feministas y nosotras no concordamos con ellos porque no abordaban

algunos problemas que son fundamentales para nosotras, las latinoamericanas. La Friedman nos invitó a seguirla. Pidió que nosotras dejáramos nuestra “actividad belicista”, que estábamos siendo

“manejadas por los hombres”, que “solamente en política” pensábamos e incluso ignorábamos por completo los asuntos femeninos, “como hace la delegación boliviana, por ejemplo” —dijo ella. Entonces yo pedí la palabra. Pero no me la dieron. Y bueno, yo me paré y dije:

—Perdonen ustedes que esta Tribuna yo la convierta en un mercado. Pero fui mencionada y tengo que defenderme. Miren que he sido invitada a la Tribuna para hablar sobre los derechos de la

mujer y en la invitación que me mandaron estaba también el documento aprobado por las Naciones Unidas y que es su carta magna, donde se reconoce a la mujer el derecho a participar, a organizarse. Y Bolivia firmó esta carta, pero en la realidad no la aplica sino a la burguesía.

Y así, seguía yo exponiendo. Y una señora, que era la presidente de una delegación mexicana, se acercó a mí. Ella quería aplicarme a su manera el lema de la Tribuna del Año Internacional de la Mujer que era “Igual

dad, desarrollo y paz”. Y me decía:

—Hablaremos de nosotras, señora… Nosotras somos mujeres. Mire, señora, olvídese usted del sufrimiento de su pueblo. Por un momento, olvídese de las masacres. Ya hemos hablado bastante de esto. Ya la hemos escuchado bastante. Hablaremos de nosotras… de usted y de mí… de la mujer, pues.

Entonces le dije:

—Muy bien, hablaremos de las dos. Pero, si me permite, voy a empezar.

Señora, hace una semana que yo la conozco a usted. Cada mañana usted llega con un traje diferente; y sin embargo, yo no. Cada día llega usted pintada y peinada como quien tiene tiempo de pasar en una peluquería bien elegante y puede gastar buena plata en eso; y, sin embargo, yo no. Yo veo que usted tiene cada tarde un chofer en un carro esperándola a la puerta de este local para recogerla a su casa; y, sin embargo, yo no. Y para presentarse aquí como se presenta, estoy segura de que usted vive en una vivienda bien elegante, en un barrio también elegante, ¿no? Y, sin embargo, nosotras las mujeres de los mineros, tenemos solamente una pequeña vivienda prestada y cuando se muere nuestro esposo o se enferma o lo retiran de la empresa, tenemos noventa días para abandonar la vivienda y estamos en la calle.

Ahora, señora, dígame: ¿tiene usted algo semejante a mi situación? ¿Tengo yo algo semejante a su situación de usted? Entonces, ¿de qué igualdad vamos a hablar entre nosotras? ¿Si usted y yo no nos parecemos, si usted y yo somos tan diferentes? Nosotras no podemos, en este momento, ser iguales, aun como mujeres, ¿no le parece?’

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En esa labor en que están los trabajadores les colaboramos nosotras, sus compañeras. Nosotras, las mujeres, fuimos criadas desde la cuna con la idea de que la mujer ha sido hecha solamente para la cocina y para cuidar de las wawas, que es incapaz de llevar tareas importantes y que no hay que permitirle

meterse en política. Pero la necesidad nos hizo cambiar de vida.

Hace quince años, una época de muchos problemas para la clase trabajadora, un grupo de sesenta mujeres se organizaron para conseguir la libertad de sus compañeros, que eran dirigentes y que habían sido apresados por reclamar mejores condiciones de salario. Ellas consiguieron todo lo que pedían, después de someterse a una huelga de hambre durante diez días. Y a partir de esto decidieron organizarse en un frente que llamaron “Comité de Amas de Casa de Siglo XX”. Desde entonces, este Comité siempre estuvo a la par de los sindicatos y otras organizaciones de la clase trabajadora, luchando por las mismas causas. Y por estos motivos, también a las mujeres nos han atacado. Varias de nosotras hemos sido apresadas, interrogadas, encarceladas, y hasta perdimos a nuestros hijos por estar en la lucha con nuestros compañeros. Pero el Comité no ha muerto. Y en esos últimos años, a un llamado de sus dirigentes, hasta cuatro mil, cinco mil mujeres han salido en manifestación.

El Comité de Amas de Casa está organizado al igual que el Sindicato y funciona a la par de él. También tenemos parte en la Federación de Trabajadores Mineros y tenemos nuestro lugar en la Central Obrera Boliviana. Siempre hacemos escuchar nuestra voz y estamos atentas para ejecutar las tareas que se propone la clase trabajadora. Porque nuestra posición no es una posición como de las feministas. Nosotras consideramos que nuestra liberación consiste primeramente en llegar a que nuestro país sea liberado para siempre del yugo del imperialismo y que un obrero como nosotros esté en el poder y que las leyes, la educación, todo sea controlado por él. Entonces sí, vamos a tener más condiciones para llegar a una liberación completa, también en nuestra condición de mujer.

Lo importante, para nosotras, es la participación del compañero y de la compañera en conjunto. Sólo así podremos lograr un tiempo mejor, gente mejor y más felicidad para todos. Porque si la mujer va a seguir ocupándose solamente del hogar y permaneciendo ignorante de las otras cosas de nuestra realidad, nunca vamos a tener ciudadanos que puedan dirigir a nuestra patria.

Porque la formación empieza desde la cuna. Y si pensamos en el papel primordial que juega la mujer como madre que tiene que forjar a los futuros ciudadanos, entonces, si no está capacitada, ella va a forjar solamente ciudadanos mediocres, fáciles de ser manejados por el capitalista, por el patrón. Pero si ya

está politizada, si ya tiene formación, desde la cuna forma a sus hijos con otras ideas y los hijos ya van a ser otra cosa. Es así, a grandes rasgos, como estamos trabajando nosotras. Y con sus actos, muchas de mis compañeras han demostrado que pueden asumir un papel importante al lado de los trabajadores. Y nuestro Comité ha dado pruebas de que puede ser un aliado fuerte para los intereses le la clase trabajadora.

Alguien dijo que “a las ideas y aspiraciones de un pueblo no se las mata con bala”. Creo que ésta es una gran verdad. Ya muchos han caído y muchos van a seguir cayendo, pero sabemos que nuestra liberación un día va a llegar y que el pueblo va a estar en el poder. Por supuesto que eso no nos va a ser regalado. Va a costar mucha sangre, mucha lucha como ha ocurrido con otros pueblos. Por eso también es tan importante que tengamos contacto con los pueblos que ya viven en el socialismo, tener conocimiento de las conquistas de los pueblos que ya se libertaron del imperialismo. No para copiar sus experiencias, sino para comparar con la realidad en que vivimos y ver qué nos pueden aportar las experiencias que ellos tienen y que los han llevado al poder, ¿no? En Bolivia procuramos hacer esto y las ideas socialistas penetraron en la clase trabajadora de tal forma que en el último Congreso de la Central Obrera Boliviana, en el año de 1970, surgió la resolución de que “Bolivia solamente será libre cuando sea un país socialista”.

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