El comunismo de guerra: el puño de hierro (parte II)


EL RACIONAMIENTO.

El sistema de racionamiento de los productos no fue una iniciativa de los bolcheviques. Ya en 1916 había sido implantado, con más o menos éxito, para mitigar el impacto de la guerra entre la población y evitar la escalada desenfrenada de los precios. Con la revolución de Octubre la situación se deterioró todavía más, especialmente después de la firma del tratado de Brest Litovsk y la ocupación alemana de Ucrania, Polonia y los Países Bálticos. Los precios que se pagaban por los cereales no conseguían ponerse al día con la hiperinflación que se había desatado en todo el país. La consecuencia principal fue que el campesinado desconfiaba de un rublo que perdía valor y con el que cada vez tenía más problemas para adquirir los productos que necesitaba.

La pequeña “especulación” en las ciudades (viajar al campo para comprar directamente a los campesinos y volver después a la ciudad para revenderlo) se había convertido en un fenómeno de masas. Muchos obreros abandonaban las fábricas en las que apenas había trabajo, para dedicarse al estraperlo, con el que conseguían ganarse mejor la vida. En el primer año de la revolución los salarios se habían duplicado y triplicado, pero los precios del trigo se había multiplicado por siete en el mercado negro, que era en el único lugar donde podía encontrarse lo que no llegaba por los conductos oficiales. Se calcula que hasta el 60% del consumo en las ciudades procedía del mercado negro. A principios de 1919, en las ciudades de provincias, sólo el 19% de los alimentos llegaba por los cauces oficiales, la cifra se elevó al 31% en abril, para fluctuar en los siguientes meses hasta abril de 1920, donde fue tan solo el 29%.

“En 1918 el valor real del salario de un trabajador medio era un 24% de su valor en 1913; y a finales de 1919 su valor era tan bajo como el 2%. Los estudios mostraban que el trabajador medio estaba gastando tres cuartas partes de sus ingresos en comida, en contraposición a menos de la mitad en 1913. También mostraban que los salarios representaban sólo la mitad de los ingresos de los trabajadores. En otras palabras, la mayoría de los trabajadores estaban obligados a alimentarse mediante una economía informal o negra.” (15)

La nacionalización de la industria, el racionamiento de los recursos y la falta de preparación de la clase obrera, trajo como consecuencia el surgimiento y la rápida proliferación de una poderosa burocracia estatal, que en pocos años se convertiría en una amenaza mortal para el régimen. Entre el ejército, la administración y el proletariado, cuarenta millones de personas dependían de un Estado que no contaba con personal preparado, ni recursos suficientes. El control estricto del reparto exigía una nutrida burocracia que a menudo se apropiaba de los recursos que debía administrar. Los bolcheviques se esforzaban en repartirlos entre las fuerzas armadas, la clase obrera y los sectores más vulnerables de la población, pero se veían obligados a recurrir a los funcionarios. A menudo las directrices que llegaban eran falseadas y el fraude estaba cada vez más generalizado. La burocracia empezó a acumular un poder inmenso.

“Los documentos, las minutas, los bonos, las tarjetas de alimentos, papeleo fenomenal, servían al mismo tiempo para hacer el censo, el reparto, la clasificación de la población por categorías y servían también para el fraude y para hacer vivir el cuerpo de funcionarios, hostil al régimen en su inmensa mayoría.” (16)

Cientos de miles de funcionarios del antiguo régimen, elementos desclasados procedentes de la burguesía o de la pequeña burguesía y toda clase de arribistas, con sus costumbres y su mentalidad pasaron a ocupar puestos en la nueva administración. Entre 1918 y 1919, la afiliación al único sindicato de funcionarios que existía se multiplicó por cuatro, pasando de 114.539 a 529.841 personas. En el mismo período el proletariado pasó de 1.946.000 a 3.707.000 sindicados y los miembros del partido de 115.000 a 251.000 militantes. Muchos funcionarios se afiliaron al partido esperando medrar a su sombra. La improvisación, la urgencia de la situación y el crecimiento desmesurado de la administración, impidió cualquier tipo de filtro eficaz en el reclutamiento de personas que o bien no comprendían lo que estaba sucediendo, o bien eran declaradamente hostiles a la revolución y esperaban aprovecharse de ella.

Con la acelerada devaluación de la moneda los pagos en efectivo desaparecieron casi por completo. Los ingresos y los gastos se convirtieron en simples asientos en la contabilidad de las empresas. Los trabajadores y las clases populares empezaron a recibir sus raciones de artículos alimenticios, bienes de consumo, servicios postales, transporte, vivienda y servicios municipales de forma gratuita. Este sistema se extendió del sector oficial al resto de la población activa de las ciudades y a algunos grupos rurales (familias de soldados, inválidos…). En los años 1919 y 1920 los salarios de los obreros se pagaron prácticamente en su totalidad en especie.

Los bolcheviques habían tenido que dar marcha atrás en su política de igualación de los salarios. Para incrementar la producción industrial y atraer al obrero especializado hubo que aumentarle los incentivos, pero este proceso se fue al traste en el momento en el que hubo que suprimir los pagos de las nóminas en efectivo, para sustituirlos por los suministros en especie.

El gobierno creó un complicado sistema de distribución de los alimentos dividido en cuatro categorías, según la importancia del trabajo que realizase. Las raciones fijadas por el soviet de Petrogrado para 3 y el 4 de julio de 1918 (raciones para dos días) (17) era de 200 gramos de pan, dos huevos, 400 gramos de pescado y cinco arenques, para los trabajadores que realizasen un trabajo físico penoso; 100 gramos de pan, dos huevos, 400 gramos de pescado y 5 arenques para los que realizasen un trabajo físico sostenido; 100 gramos de pan, 400 gramos de pescado y cinco arenques para los empleados y 50 gramos de pan y cinco arenques para la burguesía. Los que estaban sin trabajo se distribuían según las ocupaciones que hubieran tenido en el último empleo.

Sin embargo las raciones variaban según las reservas existentes en cada momento. En el terrible invierno de 1917-1918, en la capital la ración a principios de enero descendió a tan solo 50 gramos de pan diarios, incluso para los obreros (18).

LA ECONOMÍA AL SERVICIO DE LA GUERRA.

En 1919 el Ejército Rojo había agotado todas las existencias que había heredado del viejo ejército zarista. Uno de los grandes retos con los que se enfrentaba ahora el gobierno era gestionar los escasos recursos para satisfacer las necesidades básicas de la población urbana, que era la base social del régimen y proveer al mismo tiempo al ejército de lo necesario para la continuación de la guerra, hasta alcanzar la victoria.

En noviembre de 1918 se creó un Consejo de Defensa de los Obreros y Campesinos, con el objetivo de recoger y utilizar el máximo posible de recursos para cubrir las necesidades de la guerra. Sin embargo y pese a las prioridades, no existía un plan unificado para llevarlo a cabo. La continuación de la guerra era lo primero, y para ello si hacía falta se improvisaba sobre la marcha.

El esfuerzo tenía que concentrarse sólo en algunas industrias, las que eran vitales para el soporte de la guerra. El resto deberían sobrevivir con lo que quedaba, o cerrar. La pequeña y la mediana industria, y la producción artesanal, no sufrían el control del Estado, pero se veían obligadas a vegetar a la espera de que les llegasen los suministros de materias primas y de combustible que necesitaban.

Si la mayor parte de los recursos se enviaba para cubrir las necesidades del Ejército Rojo, la población urbana fue la primera víctima de esta situación. Durante los años de la guerra, Moscú perdió el 44,5% de su población y Petrogrado el 57,5%. Las ciudades se despoblaban sin remedio.

Gran parte del grano requisado y de la producción industrial (ropa y otros productos de primera necesidad) era canalizado hacia el ejército, la primera prioridad del momento, aumentando la penuria de las ciudades y reduciendo al mínimo los productos que podían intercambiarse por el grano. En esas condiciones, el método de las requisas era a corto plazo el único que estaba a su alcance para hacer frente a las hambrunas, aunque fuera a costa de romper la alianza que existía con el campesinado.

Para conseguir sus objetivos, los bolcheviques invirtieron todo el capital humano con el que contaban. Lo primero era ganar la guerra y salvar la revolución a toda costa. Después ya se las apañarían para salir del agujero en el que se encontraban. Los obreros fueron invitados a abandonar las fábricas para formar parte de los destacamentos armados que recorrían el país, para arrancarles sus reservas a los campesinos, con las que poder alimentar a las ciudades.

El precio a pagar iba a ser terrible. La mayor parte del proletariado que protagonizó Octubre desaparecería progresivamente de las fábricas. Estos hechos y el desmoronamiento de la industria llevaron a que en tres años el proletariado se redujera a menos de la mitad del que había en 1917, debilitando la base social sobre la que se sostenía la revolución. El primer Estado obrero de la historia corría el peligro de quedarse sin obreros.

UNA SITUACIÓN INSOSTENIBLE. EL PRELUDIO DE LA NEP.

En otoño de 1920 la guerra agonizaba. Los enfrentamientos armados perduraron hasta 1922, pero a finales de este año, la revolución estaba ya prácticamente salvada, por lo menos en lo que al conflicto armado se refería. El cuadro que presentaba la sociedad rusa era desolador.

El campesinado, después de tres años de guerra civil, necesitaba renovar sus equipos de labranza y ansiaba bienes de consumo que la producción industrial no estaba en condiciones de poder satisfacer. La producción de mercancías manufacturadas no alcanzó en 1920, más que el 12,9% del valor de 1913, y la de productos semielaborados el 13,6%.

El sistema del “comunismo de guerra” no podía funcionar durante mucho tiempo sin provocar un estallido social. Las requisas de cereales y la prohibición del comercio privado eran medidas que habían ayudado a sortear la situación en los peores momentos, pero a costa de debilitar la alianza con el campesinado y destruir la economía. Si los destacamentos armados expropiaban sistemáticamente los excedentes, los campesinos se limitaban a trabajar sólo para satisfacer sus propias necesidades. Es cierto que en los últimos meses se habían requisado más alimentos que nunca, pero era porque ahora también se expropiaba en los territorios recuperados, que habían estado en poder de los blancos.

El comercio privado, incluido el minorista, había desaparecido, pero había sido sustituido por un mercado negro, que pese a la represión ejercida por el gobierno nunca se había podido acabar, que saqueaba el país y deterioraba las relaciones humanas, además de ser una fuente de corrupción que penetraba en las filas del partido.

La situación era insostenible y había que cambiar de política. El final de la guerra habría nuevas posibilidades. Si la revolución ya no se encontraba amenazada, había que licenciar la mayor parte de los cinco millones de hombres que formaban el Ejército Rojo. Los obreros podrían volver a las fábricas y los campesinos a sus campos. Lo que quedaba de la industria, que no era mucho, podría dedicar la producción exclusivamente a cubrir las necesidades de la población.

“En general, sin embargo las reservas de alimentos se encuentran en peligro de agotarse y contra ésto no sirve ningún perfeccionamiento del aparato de requisa.” (19)

Hacía falta cambiar de política para conseguir unas condiciones que permitiesen el comienzo de la reconstrucción, la acumulación de capital y la revitalización de la agricultura y la industria a través de mecanismos de intercambio capitalista. Que había que cambiar de política económica y adaptarse a la nueva situación nadie lo discutía. Pero cuando se planteaba cómo había que hacerlo surgían las diferencias.

Para algunos, era necesario devolverle al campesinado un cierto grado de libertad económica para que volviera a producir excedentes. Por consiguiente había que cambiar las requisas de cereales por algún tipo de impuesto fijo, que le permitiera comercializar la cosecha. Una vez restaurado el flujo de productos agrarios hacia la ciudad, empezaría el resurgir de la industria, controlada por el Estado. Esta fue la propuesta que Trotsky propuso al Comité Central del partido, que fue rechazada por considerarla un paso atrás.

Todavía la mayoría bolchevique, incluido Lenin, consideraban al “comunismo de guerra” como un avance hacia el socialismo, y no sólo como una política llena de improvisaciones necesaria para ganar la guerra. Llevar a cabo las medidas propuestas de Trotsky significaba desmantelar el edificio del comunismo de guerra. Además, el resultado era incierto. No existía ninguna garantía de que ahora los campesinos fuesen a aceptar cambiar sus excedentes por unos billetes sin valor, con los que apenas tenían que comprar . Lejos de modificar la línea, los decretos aprobados por Lenin a finales de 1920 eran más extremistas que nunca (20): Más ofensivas contra los kulaks, más presión sobre los trabajadores de la industria y nuevas medidas represivas contra el mercado negro.

Había que encontrar una alternativa sin destruir lo construido, sin tener que dar marcha atrás. Había que presionar a la clase obrera para aumentar la producción industrial. El aumento de productos manufacturados incentivaría a los campesinos para que volvieran a producir excedentes, que se intercambiarían sin necesidad de restaurar el comercio privado. No eran conscientes todavía de que se estaban metiendo en un callejón sin salida. El final de la guerra estaba despertando el malestar social que había mantenido aletargado.

Las expectativas de que el final de la guerra se iban a solucionar los males que aquejaban a la revolución, se revelaron infundadas. Al malestar del campo y las ciudades se añadió el desbarajuste de la desmovilización del ejército. Millones de soldados empezaron a volver a sus casas, sin trabajo y en medio de un país devastado. El bandidaje, la forma tradicional del levantamiento campesino, cobró fuerza en extensas áreas del país.

En algunas regiones estallaron las sublevaciones y los disturbios y hubo que recurrir al ejército para sofocarlas. No lejos de Petrogrado, en Zarskoie Selo, en medio de los desórdenes callejeros se escucharon gritos reclamando la extinta Asamblea Constituyente e incluso vivas al zar Nicolas II. Por primera vez, el malestar se extendía no sólo a las arruinadas clases medias urbanas, sino también a los trabajadores, cansados y desmoralizados por la eternización de la penuria social.

El comunismo de guerra era una bomba de relojería a punto de estallar. El vacío en torno al gobierno y su política era cada vez más patente. La hostilidad del campesinado se volvía explosiva. Desaparecida la amenaza de la contrarrevolución blanca, el odio se dirigía ahora a los destacamentos dirigidos por los comisarios que se apropiaban de los productos de su trabajo.

La apatía y la desmoralización de la clase obrera crecía y la coacción ya no bastaba para aumentar la producción en las fábricas. El gobierno que encarnaba la dictadura del proletariado, estaba cada vez más aislado de la base social que creía representar. Tal como dice Isaac Deutscher, si en aquellos momentos los bolcheviques hubieran permitido unas elecciones libres en los soviets, es muy probable que las hubiesen perdido (21). No hay ninguna duda.

La clase obrera seguía identificándose con la revolución de Octubre y era hostil a la agitación contrarrevolucionaria, pero su hostilidad se dirigía también cada vez con más fuerza, hacia los dirigentes comunistas. Para ser escuchados por los obreros en las asambleas, los agitadores mencheviques y socialrevolucionarios tenían que reconocer la vigencia de la revolución de Octubre. También el movimiento anarquista, que denunciaba la “traición bolchevique” y reclamaba una “tercera revolución”, ganaba apoyos entre los trabajadores. Martov, el dirigente menchevique internacionalista más reconocido lo explica a la perfección.

“En tanto denunciábamos el bolchevismo, nos aplaudían, pero tan pronto como comenzábamos a decir que se necesitaba un cambio de régimen para luchar con éxito contra Denikin, la audiencia nos volvía la espalda o se mostraba incluso hostil.” (22)

Pronto la realidad pronto se iba a imponer a las reticencias de los dirigentes bolcheviques.

LA POLÉMICA DE LOS SINDICATOS

Apenas acabada la guerra con Polonia, el debate sobre el papel de los sindicatos y las medidas a tomar para salir del infierno en el que se encontraban volvió a resurgir con fuerza.

En la primavera de 1920 el malestar social se extendía por el campo y las ciudades. Los métodos militaristas ya no parecían justificados. El campesinado y la clase obrera exigían cambios profundos, cambios que sólo podían significar el final del comunismo de guerra. El 12 de enero de 1920, Lenin y Trotsky, la gravedad de la situación era de tal magnitud que habían reclamado a los dirigentes bolcheviques de los sindicatos la militarización de sus organizaciones.

Es necesario declarar abierta y francamente, para que todo el país lo escuche, que nuestra situación económica es cien veces peor de lo que fue jamás nuestra situación militar. Así como una vez dictamos la orden de ¡Proletarios al caballo!, ahora debemos dar el grito de ¡Proletarios, volved a los talleres!, ¡Proletarios volved a la producción!.” (23)

Era un llamamiento desesperado. Era una situación de vida o muerte. Nunca la revolución había estado tan cerca del colapso y la desintegración. Era necesario tomar medidas drásticas para reanudar la producción industrial. Lenin habló con el mismo énfasis y con la misma orientación, pero la conferencia sindical rechazó la resolución. No planteaban ninguna alternativa. La mayoría todavía se aferraba al comunismo de guerra, pero rechazaba que la solución tuviera que pasar por la militarización de la clase obrera.

En el congreso de los sindicatos, un sector formado por anarco sindicalistas, izquierdistas y la tendencia bolchevique de los “centralistas democráticos” se opuso abiertamente al llamamiento de Trotsky. El Consejo Central acabó dividido en dos bloques, el de los produccionistas, partidarios de la militarización y el de los partidarios de Tomsky, defensores de que los sindicatos mantuvieran su autonomía y continuaran defendiendo los intereses de los trabajadores.

Tan solo un año antes, Trotsky había propuesto una solución muy diferente. Pero como su propuesta había sido rechazada, se propuso buscar nuevas alternativas dentro de la política del comunismo de guerra. Cuando los rescoldos de la contienda civil todavía se estaban apagando, desde el Ejército Rojo y con la colaboración de un grupo de técnicos, se planteó poner en marcha el destartalado sistema ferroviario.

La situación era tan grave que los técnicos habían pronosticado que tan solo unos meses después, no funcionaría ni un solo ferrocarril en toda Rusia. Trotsky amenazó a los dirigentes sindicales y sustituyó a los más díscolos por un grupo de colaboradores incondicionales. Puso a técnicos y trabajadores bajo la ley marcial y organizó la reparación sistemática de las locomotoras que se encontraban averiadas. El resultado fue que el sistema ferroviario volvió, poco a poco, a ponerse en marcha.

Ahora se proponía repetir la experiencia para salvar la economía del país y a la misma revolución. En el Congreso sindical exigió a los sindicatos que disciplinaran a los trabajadores y les enseñaran a poner por delante los intereses de la nación, por encima de sus propias necesidades. En realidad el debate iba mucho más allá del papel que debían jugar los sindicatos en el Estado obrero. La tarea era convencer a los trabajadores de que ahora sus esfuerzos no iban a servir para llenar los bolsillos de los capitalistas, sino que repercutirían en su propio beneficio. La clase obrera a través de sus sindicatos no podía enfrentarse a su propio Estado, porque ambos representaban los mismos intereses. Había que disciplinar a los trabajadores para poner la producción industrial a toda máquina. Lo que Trotsky planteaba era la supresión temporal de la democracia obrera (o de lo que quedaba de ella) hasta salir del agujero en el que se encontraban.

Las tesis de Trotsky, a las más tarde que se sumaría Bujarin y otros, eran inquietantes. Colocaban al partido por encima de los trabajadores en nombre del derecho histórico de éste a imponer su dictadura, aunque eso significase chocar temporalmente con la democracia obrera. Dicho de otro modo, el partido tenía derecho a imponer su voluntad a los trabajadores, aunque éstos no estuvieran de acuerdo. Trotsky hacía suyas las posiciones sustituistas que en el pasado tanto había denunciado. Lejos quedaba su encendida defensa de la democracia obrera, cuando demostraba su superioridad sobre el parlamentarismo burgués, porque los electores podían elegir o destituir a sus representantes en cualquier momento, lo que permitía a los soviets reflejar con exactitud el estado de ánimo de los trabajadores. Había llegado demasiado lejos y Lenin en esta ocasión se negó a apoyarle y pidió al Comité Central del partido que hiciera lo mismo.

Pese a lo desesperado de la situación, Lenin rechazó el divorcio entre la dictadura del proletariado y la democracia obrera. Ambas eran dos caras de la misma moneda y no podía ser de otra manera. La escisión entre las dos sólo podía llevar a cristalizar lo que intentaba evitar a toda costa, que la dictadura se hiciera en nombre de una abstracción que no tuviera nada que ver con la realidad. Lenin era consciente de lo delicado de la situación y reconocía que el proletariado se había alejado del partido. Pero él esperaba que tan solo fuera un paréntesis. Quería recomponer cuanto antes la relación del partido con la clase obrera y restablecer la alianza con el campesinado, tal como había sido antes de la guerra civil. Comprendía la apuesta de Trotsky, pero no podía apoyarla de ningún modo.

Las circunstancias habían llevado a los bolcheviques a terminar con la independencia de los sindicatos y a destituir a los dirigentes de éstos que se resistían. Habían acabado con la resistencia popular y obstaculizado el funcionamiento de la democracia obrera en el seno de los soviets. Lo habían hecho, eso sí, para impedir que la revolución se derrumbara en medio de la barbarie y de la desintegración social. Pero esto era peligroso y no podía durar mucho tiempo. Estaba convencido de la excepcionalidad de la situación y que una vez superada, todo podría volver a la normalidad. La dictadura revolucionaria se transformaría en una auténtica democracia obrera.

La única forma de que sobreviviera la revolución proletaria en un país predominantemente campesino era restablecer los lazos con el campo. Demostrarles a los cien millones de campesinos que las medidas adoptadas durante la guerra habían sido tan solo una excepción indeseada, y que la dictadura del proletariado no era de ninguna manera su adversaria, sino su más firme aliada, a la sombra de la que podría prosperar. Para Lenin, la creación de una agricultura socialista no pasaba por la expropiación, ni por la violencia contra los pequeños propietarios del campo. Estaba convencido de que una vez la industria socializada se pusiera en marcha y recuperara los niveles de producción anteriores a la guerra europea, se abriría un camino gradual que llevaría a los campesinos a querer socializar las tierras, para unirse al proyecto socialista.

Con respecto a los sindicatos, Lenin defendía que Rusia estaba todavía a años luz del socialismo y que el Estado obrero había nacido lastrado, como consecuencia del aislamiento internacional y del tremendo atraso del país, con graves deformaciones burocráticas. La clase obrera debía defenderse de los abusos de poder y para poder hacerlo necesitaba que los sindicatos conservaran un cierto grado de autonomía.

Una tercera tendencia empezó a formarse a partir del reagrupamiento de los centralistas democráticos y otros elementos descontentos en el interior del partido, procedentes del sector sindical: La Oposición Obrera, representada por Shliápnikov y Kolontai, protestaba contra la tutela del Estado sobre los sindicatos y denunciaba a Lenin y a Trotsky, por ser los responsables de la militarización de la clase obrera y de la desigualdad social creciente.

“Su crítica, cada vez más enérgica, de la política bolchevique reflejaba la progresiva desilusión de los trabajadores ante sus nuevos dirigentes (los especialistas burgueses) y el resentimiento popular frente a la inclinación del régimen soviético hacia un nuevo Estado burocrático.” (24)

La Oposición Obrera expresaba de forma confusa y vacilante el creciente descontento de la clase obrera hacia los métodos burocráticos. La Oposición contó con una considerable organización en la clase obrera del sureste de la Rusia europea y en la ciudad de Moscú, especialmente entre los obreros de la metalurgia. Sus denuncias recibieron el apoyo de los anarcosindicalistas y de muchos militantes revolucionarios no bolcheviques que coincidían desde fuera con sus posiciones y que veían en los sindicatos a las últimas organizaciones que todavía no estaban controladas por el partido. Este apoyo les valdría más adelante la injusta acusación de anarcosindicalismo, cuando en realidad su origen procedía de la misma alma sindicalista del partido bolchevique.

La plataforma opositora coincidía con la mayoría en que había que abordar de inmediato la elaboración de una línea política que llevara a cabo la reconstrucción del país. El problema no era qué es lo que había que hacer, sino cómo había que hacerlo. ¿Quién debía dirigir la economía?, ¿los especialistas burgueses, o el conjunto de los trabajadores, a través de sus sindicatos y comités de fábrica? La Oposición defendía el derecho inalienable de los trabajadores a gestionar su propio trabajo y a dirigir su propio destino y criticaba que en nombre de la eficacia la dirección del partido escamoteara este principio.

“… nunca los obreros trabajaron con tanto ánimo e ingenio como cuando asumieron colectivamente la gestión de las fábricas” y que “no es la técnica de los especialistas burgueses que permitirá construir un nuevo modo de producción sino la creatividad de los obreros libres y conscientes.” (25)

El debate continuó sin llegar a ningún resultado claro hasta la celebración del X Congreso del partido, en el mes de marzo de 1921, en el que las tres tendencias o reagrupamientos en los que se encontraba dividido el partido chocaron definitivamente.

La crítica de la Oposición Obrera constituye la primera crítica radical en el seno del partido, sobre la evolución que había ido tomando el curso de la revolución. Hizo sonar todas las alarmas sobre adonde llevaba la subordinación de la clase obrera al desarrollo de las fuerzas productivas, dirigidas por elementos con intereses ajenos a ella. La amenaza era muy grave. Una poderosa burocracia crecía en el seno del Estado soviético y se convertía en un grave obstáculo para el futuro de la revolución. Una burocracia que había empezado a extender sus tentáculos en el interior del partido a través de la corrupción. Kolontai exigió la depuración de los elementos procedentes de la pequeña burguesía que habían entrado en el partido después de Octubre y que se aprovechaba de sus cargos para acaparar bienes y privilegios de los que carecían los trabajadores.

La Oposición defendió la restauración de la democracia soviética. En circunstancias límite, el gobierno se había visto obligado a recurrir a la dictadura. Pero una vez acabada la guerra, si la democracia no era restaurada, la revolución estaba perdida. Había que volver al Estado-Comuna, en el que tanto éste como la producción, debían estar sujetas al control de los obreros. La dictadura del proletariado no era la de los dirigentes del partido, por muy buenas que fueran sus intenciones. El problema irresoluble contra el que se estrellaba la Oposición era que, en la nueva situación, si el partido hacía caso a sus demandas, la revolución también corría un serio peligro de perderse. Con una clase obrera desmoralizada y en proceso de desintegración, con una industria en estado ruinoso que no funcionaba y rodeada por cien millones de campesinos que exigían la libertad de comercio, la recuperación de la democracia soviética habría significado el final de la revolución.

La tendencia de Trotsky-Bujarin no podía ganar el debate. Pretendían perpetuar la excepcionalidad del comunismo de guerra, en contra de la inmensa mayoría de los trabajadores y del campesinado. Una cosa era restaurar el sistema ferroviario, y otra muy distinta la economía del país. La militarización de la clase obrera habría causado un auténtico desastre. Había que buscar otros caminos más apropiados. El proletariado no estaba dispuesto a continuar soportando medidas militaristas como en el período anterior, en el que la revolución había estado gravemente amenazada. Ahora aquellas circunstancias habían desaparecido. Si el enemigo había sido vencido, no había ninguna justificación para mantener la vieja política.

Tampoco la Oposición Obrera podía vencer, porque no tenía un programa coherente. La mayor parte de sus críticas eran totalmente ciertas y sus advertencias proféticas, pero no sabían cómo aplicarlas. En un momento en el que cundía la apatía y la desmoralización entre los trabajadores, sin que existiera otro partido que defendiera el poder de los consejos obreros, la democracia no dejaba de ser un peligroso formalismo. O eso les parecía a la mayoría. Los bolcheviques sin duda alguna habrían sido derrotados, pero en su lugar no habría surgido una alternativa socialista, sino un vacío de poder que sólo la contrarrevolución más extrema estaba en condiciones de ocupar.

Exigían la igualación salarial y la distribución de alimentos y artículos de primera necesidad para todos los obreros y la gradual sustitución de los pagos en moneda por el del pago en especie. Se oponían radicalmente a cualquier giro, que implicase concesiones a los campesinos, o a la pequeña burguesía ligada a la industria (los especialistas) porque ralentizaba o desviaba el curso socialista de la revolución. Lo rechazaban incluso a sabiendas de que la mayoría de la población era campesina y de que la alianza con ésta era crucial. Estaban convencidos de que la clase obrera, por sí misma, mediante un congreso nacional de productores, conseguiría desarrollar una economía avanzada, estableciendo nuevas relaciones de producción, que permitirían ganarse a los campesinos.

La tormenta perfecta estaba en marcha. Para no hundirse en el abismo había que dar varios pasos atrás, para recomponer las fuerzas que les permitiera volver a avanzar. La multiplicación de los levantamientos agrarios, como el de Tambov donde decenas de miles de campesinos mantenían al Ejército Rojo en jaque, o la proliferación de huelgas en los centros industriales de Petrogrado, Moscú, Kiev y Bakú, dejaba claro que el comunismo de guerra estaba definitivamente agotado. Las peticiones de los huelguistas eran económicas, pero a nadie se le escapaba que el significado de éstas era político: la democracia laboral.

Lenin estaba convencido de que el partido bolchevique encarnaba los intereses históricos de la clase obrera y consideraba que los sindicatos no podían oponerse a su autoridad política, pero también era consciente de que el Estado Obrero había tenido que pactar con otras clases sociales y hacer una serie de concesiones para sobrevivir. La revolución europea, por el momento, ni estaba, ni se la esperaba. Las cosas no habían salido como esperaba y la excrecencia burocrática era un hecho que debía controlarse, antes de que constituyese un peligro mortal para la revolución. El objetivo inmediato era la estabilización de la situación.

El X Congreso se vio enmarcado por una ola de huelgas industriales y levantamientos campesinos y finalmente por el sangriento desenlace de la sublevación de Kronstadt. La influencia personal de Lenin y el peso del aparato del partido fueron suficientes para decantar los resultados.

Las tendencias de Trotsky-Bujarin y la Oposición Obrera fueron derrotadas. El remedio que sugerían los primeros era peor que la enfermedad que pretendían curar. La militarización de los sindicatos habría exasperado todavía más a la ya muy descontenta clase obrera. La Oposición Obrera tampoco podía ganar. No era casual que no propusieran formas concretas para llevar a cabo su programa. No existían. No era más que una declaración de principios y buenas intenciones.

Con respecto a los sindicatos, Lenin y sus partidarios se limitaban a dejar las cosas tal como estaban. Ni la total subordinación que exigían Trotsky-Bujarin, ni la autonomía total con respecto al Estado, que reclamaba la Oposición Obrera. El Congreso Nacional de productores, como la convocatoria de elecciones libres para los soviets no podían llevarse a cabo en aquellos momentos porque la gravedad de la situación no lo permitía. La democracia era más necesaria que nunca para salvar la revolución. La tragedia era que no existían las condiciones materiales para poner en marcha la democracia sin liquidar la revolución.

El X Congreso del partido terminó con los excesos del período del comunismo de guerra. La NEP suponía un giro de 180º en la política gobierno. Era un paso atrás necesario. Haber continuado con la misma línea habría significado a corto plazo el fin de la revolución. No había otro camino que hacer concesiones a los campesinos y a la pequeña burguesía urbana, aunque fuera en detrimento de la construcción inmediata del socialismo. Había que acumular fuerzas, obtener un respiro, producir para mejorar las condiciones de vida de las masas hambrientas.

La NEP ponía fin a las requisas de alimentos y se restablecía la libertad de comercio (como pedían los sublevados de Kronstadt). Se apoyaba la pequeña y mediana propiedad agraria. Un año antes Trotsky había sugerido las mismas medidas. Ahora Lenin hacía suya la propuesta, como el único camino posible que les quedaba. Sin embargo existen indicios de que desde hacía algún tiempo, ya se estaba planteando seriamente la necesidad de un cambio radical de línea (26). La sublevación de Kronstadt sirvió para que los cuadros del partido más intransigentes del partido, comprendieran que la necesidad de efectuar el giro era ya una cuestión de vida o muerte. No habrían podido aguantar mucho más, sin ser barridos por el descontento social.

Las fábricas se ponían en manos de los especialistas pequeño burgueses y se reforzaba la autoridad de la dirección. Los intereses de la clase obrera se subordinaban en el período inmediato a la urgencia de desarrollar las fuerzas productivas y acumular el capital necesario para dar un salto cualitativo (no sólo cuantitativo) en el futuro. Se institucionalizaba el capitalismo de Estado, que Lenin había defendido frente a sus críticos como la antesala necesaria para empezar a construir la nueva sociedad socialista.

 

 

Enric Mompó

 

(1) VICTOR SERGE. “El año I de la revolución rusa” pág. 551.

(2) Una versta equivale a 7,4676 kilómetros.

(3) ALEC NOVE. “Historia económica de la Unión Soviética” pág. 50.

(4) ALEC NOVE. Op. Cit. pág. 69.

(5) ISAAC DEUTSCHER, “El Profeta Armado”, pág. 448.

(6) Un pud equivale a 16,380 kilos.

(7) E. H. CARR. “La revolución bolchevique” (1917-1923), Vol. II, pág. 161.

(8) ALEC NOVE. Op. Cit. pág. 64.

(9) E. H. CARR. Op. Cit., Vol. II, pág. 135.

(10) VICTOR SERGE. “El año I de la revolución rusa”, pág. 371. Cita de L. Kritzman, “El período heroico de la gran revolución rusa” (1926).

(11) VICTOR SERGE. “Memorias de un revolucionario”, pág. 152.

(12) En 1918-19, el 60% de las líneas ferroviarias estaban en manos de los ejércitos blancos.

(13) VICTOR SERGE. Op. Cit. pág. 383-384.

(14) E. H. CARR, Op. Cit. pág. 192, cita a Lenin, O. C. Tomo XXIII pág, 472.

(15) ORLANDO FIGES. “La revolución rusa (1891-1924)”, pág. 663.

(16) VICTOR SERGE, “El año I de la revolución rusa”, pág. 561-562.

(17) VICTOR SERGE, Op. Cit. pág. 398.

(18) ALEC NOVE, Op. Cit. pág. 58.

(19) ISAAC DEUTSCHER, Op. Cit. pág. 454. Cita de Trotsky recogida en La O.C. (edición rusa) Volumen XVII libro 2, pág. 543-544.

(20) ALEC NOVE. Op. Cit. pág. 79.

(21) ISAAC DEUTSCHER, Op. Cit. pág. 461. Cita que muchos dirigentes bolcheviques admitieron esto explícitamente.

(22) DAVID PRIESTLAND, “Bandera Roja” (los jinetes de bronce) pág. 110.

(23) LEÓN TROTSKY. Obras Completas (edición rusa), vol. XV, pág. 27-52. Citado por Isaac Deutscher, Op. Cit. pág. 451.

(24) PAUL AVRICH. “Los anarquistas rusos”, pág. 229.

(25) ALEXANDRA KOLLONTAI. “A Oposiçâo Operaria 1920-1921” (en portugués) pág. 14-15.

(26) ALEC NOVE. Op. Cit. pág, 81.

 

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