Artistas y lampistas


Que los que nos dedicamos a profesiones creativas (músicos, artistas plásticos, actores, directores, guionistas, escritores, bailarines, etc) somos simples personas es un axioma que no siempre se tiene por aprendido por parte del resto de la sociedad. Es difícil encontrar entre las diversas opiniones que se tienen de nosotros un equilibrio realista y ecuánime. Siempre me ha dado la impresión de que hay dos polos opuestos bajo cuyo prisma se nos suele juzgar: en uno (el de los fans, que es una palabra fea que no olvidemos que procede de “fanático”) somos dioses o ídolos que por la muy discutible virtud de ser artistas estamos por encima del bien y del mal. En el otro polo, hay quien nos considera una panda de parásitos y vagos que se dedican a la farándula para no tener que trabajar en algo de verdad.

Las generalizaciones no suelen ser buenas si no es con ánimo de resumir y pasar página rápido porque no hay tiempo de entrar en detalles. Si hay tiempo, siempre es mejor analizar cada caso separadamente. Es obvio que cada artista es un mundo, como lo es cada persona, se dedique a lo que se dedique, pero imagino que nadie pondrá en duda que todos ciudadano merece un cierto respeto como trabajador, independientemente de cual haya sido su opción para ganarse el pan.

Es esta una lucha y una reivindicación que me ha acompañado en mis quince años de carrera profesional. Defender mis derechos laborales y humanos como obrero especializado de la música. Luego abundaré en este concepto, pero no es gratuito constatar una cosa: que yo me lo pase bien tocando (que más del 90% de las veces es así) no significa que este no sea mi trabajo y que trate de hacerlo lo mejor posible, con toda la formación, preparación, esfuerzo y dedicación cuasi artesanal que ello implica. ¿Qué algunas (pocas) veces resulta que en una hora y media de show gano la mitad del salario mínimo mensual interprofesional? Cierto. Pero la otra cara de la moneda la gente no la aprecia: los conciertos suspendidos por lluvia en que no ves un duro. Los bolos a taquilla que coinciden con uno de los “20 partidos del siglo” que el fútbol (el nuevo opio del pueblo) nos obsequia anualmente y en que acabas volviendo a casa sin apenar cubrir gastos de desplazamiento y dietas por culpa de la baja afluencia de público. O las kilometradas siendo uno su propio chófer y road manager para llevar las canciones a lugares muy lejanos de casa. La gente ve la hora y media de show, no las tres horas de media que te cuesta llegar y volver desde el lugar del concierto, ni las horas o a veces días –en las giras- que tienes que renunciar a estar con tu familia. ¡Muchos músicos tenemos hijos!

Ser artista suele ser una aventura no apta para gente acomodaticia. En ningún otro oficio te pagan por el mismo espectáculo un abanico tan diverso de cachés. A veces en un concierto ganas cero (o con los alquileres de sala puedes llegar a perder dinero incluso) y otras (fiestas mayores, auditorios subvencionados) cobras un sueldo dignísimo, aunque a menudo te lo paguen a 90 días. Y tu trabajo es el mismo. A quien diga que los músicos cobramos mucho por una hora y media de concierto le diré que cuando un notario firma las arras de una hipoteca gana 10 000 euros en un segundo. Haced cuentas.

El artista no es un dios ni una figura lejana o intocable encerrada en una torre de marfil. El arista paga con sus canciones y sus conciertos las facturas y el alquiler. Conozco a pocos que puedan meterse en una hipoteca. Hablo de la tercera y segunda división del show business, que es el medio en que yo me muevo. Por otro lado, la mayoría de los que están en primera división tampoco necesitan recurrir al enemigo (la banca) en forma de préstamo hipotecario porque ya vienen de “buena familia” y ya tienen propiedades previamente. Después de muchos años en el mundo de la música y con amigos en el teatro y el cine he visto un patrón socioeconómico que se repite hasta la saciedad. Siempre llega antes a primera división el músico, compositor, actor o director que no tiene que preocuparse por currar de otra cosa mientras llega su momento. Hay tantos casos de hijos de papá a quienes les pagan la carrera artística desde el principio y les colocan donde otros no llegarían por falta de contactos que da grima pensarlo, aunque la mayoría del público nunca se fija en ese detalle porque la lucha de clases no está de moda. No olvidemos que al final incluso en los ambientes más aparentemente bohemios, siguen siendo las cuatro familias burguesas de siempre las que controlan quien llega y quién no. O al menos quién llega saltándose etapas.

Huelga decir que el anteriormente mencionado no es mi caso. Si eres de origen obrero todo cuesta mucho más. No diré nombres pero hay artistas tan integrados en el sistema socioeconómico que se les ha visto últimamente haciendo sin rubor anuncios para multinacionales, empresas energéticas y hasta bancos. Yo los llamo colaboracionistas. Cada uno que haga lo que quiera con su carrera, eso es obvio, pero siguiendo la terminología de Umberto Eco, es sospechoso ir de de apocalípitico cuando realmente eres un integrado. No se puede criticar a las multinacionales en tus canciones y luego publicarlas con Virgin. Es contradictorio y deshonesto. Quien quiera, que lea entre líneas.

El verdadero artista es siempre un currante. Cantar, explicar historias o tocar la guitarra -pongo estos tres ejemplos porque son los que confluyen en mi show y los conozco de primera mano- no surge como por arte de magia. Es muy famosa la frase del pintor Pablo Ruiz Picasso “cuando llegue la inspiración que me pille trabajando”. La subscribo al 100 por 100.

Yo concibo el arte mucho más como artesanía que como genio. Hace falta un don previo pero luego todo es fruto de muchísimas horas de trabajo. Trabajo de composición, de ensayo, de aprendizaje, de horas de vuelo a base de tocar, tocar y tocar, allá donde te llamen, al viejo estilo de los trovadores, a llevar tu música donde sea requerida. Y la llevas tú porque solo tú puedes hacerlo. EL ARTISTA ES UN OBRERO ESPECIALIZADO. Por eso hay que pagarle lo justo por su trabajo. Siempre comparo mi trabajo con el de los fontaneros, en Catalunya más conocidos como lampistas. A un fontanero siempre se le pagan sin rechistar sus horas de trabajo, los materiales, el desplazamiento y la mano de obra por una razón muy simple: él sabe hacer algo que el cliente no sabe hacer.

Del mismo modo, no todo el mundo puede subir a un escenario. Se necesita una formación y un talento. Y ello significa que se nos debe pagar lo justo. El artista es un obrero especializado. Ni más ni menos. Ni mejor ni peor que un fontanero. Tal vez no sea muy glamuroso definirlo así pero yo lo veo como absolutamente justo.

Por eso cuando salgo de gira mi guitarra y mi garganta son mi mono de trabajo. Por cierto, acabo aquí mi artículo, que en dos horas tengo un bolo a cien kilómetros de aquí. ¡Qué dura la vida del artista!.

 

 

JUAN GÓMEZ (EL SOBRINO DEL DIABLO)

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