Balance de situación

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Siendo este el último número del año 2017 de Espineta amb Caragolins, aprovechamos para realizar un balance de la situación, en el territorio del estado español, del sindicalismo como expresión organizativa de quienes vivimos de la venta de nuestra fuerza de trabajo. Una situación que se presenta poco halagüeña y que es reflejo de la conocida frase de Warren Buffett “Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando”[1].

Resulta indudable que los cambios que se han venido implementando en la organización del trabajo desde mediados de siglo pasado han afectado a los trabajadores y trabajadoras por la posición que ocupan en el proceso productivo. Mediante los procesos de deslocalización, el mayor peso de los accionistas en las decisiones empresariales, la implantación de agresivas medidas de racionalización y flexibilidad y el afianzamiento del desempleo masivo; el capital ha sido capaz de tomar la iniciativa a unas organizaciones sindicales que, aun a día de hoy, no han encontrado fórmulas que les permitan contrarrestar la pérdida de capacidad para limitar o condicionar el beneficio del capital.

La estrategia de las organizaciones sindicales para mostrar su fortaleza se ha visto reducida, en la mayoría de los casos, a una cuestión meramente cuantitativa, basada en su número de afiliados y afiliadas. Lo cual, si bien no es una cuestión menor, a menudo resulta insuficiente como base confiable para medirla. De este hecho se deriva una visión de los centros de trabajo como espacios de cooptación, concibiendo la afiliación y la obtención de delegados sindicales como un fin y no como un medio, al cual corresponde enfocar todo el proceso organizativo.

El poder asociativo resultante de la asociación en organizaciones sindicales muestra sus miserias cuando tenemos en cuenta otros factores. El más visible probablemente sea la baja, cuando no nula, participación activa de la afiliación. Resultado de años alimentando la cultura de la delegación que ha propiciado que se instale en la mayoría de sindicatos derivas burocráticas, sean estas para sostener estructuras de liberados, corrientes ideológicas o intereses partidistas. Existen otros factores como la falta de iniciativa a la hora de dotarse de recursos materiales, económicos o técnicos enfocados a fortalecer la lucha de los trabajadores frente a la patronal: cajas de resistencia, herramientas comunicativas,… que vayan más allá de los destinados al ámbito jurídico-legal. O la falta de cohesión interna que tiene como base la renuncia a una concepción clasista de las relaciones de producción, lo que impide la creación de un sujeto colectivo capaz de hacer frente a la clase que nos explota.

Resultado de esta pérdida de poder asociativo es la pérdida de autonomía política de los sindicatos. Desde estos se ha puesto el énfasis en aprovechar las posibilidades legales que brindan las instituciones o, en el mejor de los casos (en la mayoría de ocasiones ni eso), en ejercer presión sobre estas con el objetivo de condicionarlas. La actividad sindical se ha circunscripto a las posibilidades que le confiere el marco normativo, renunciando a cuestionar los límites que este les impone a su capacidad de actuar. Haciendo de la actividad sindical un modo de vida en sí mismo, escindiendo los conflictos de su contenido político y abordándolos desde una perspectiva meramente economicista. Confiando de una manera idealista que los grandes compromisos sociales que regulan las relaciones laborales tienen un carácter permanente, lo cual les lleva a una posición de indefensión cuando estos se modifican: tal y como se ha visto en la implementación de medidas de ajuste fruto de la crisis económica, en las modificaciones legislativas que han venido a desdibujar el papel de la negociación colectiva, o incluso cuando los empresarios implementan medidas de forma unilateral obviando la existencia de la representación colectiva de los trabajadores y trabajadoras en los centros de trabajo.

Otra de las consecuencias de esta pérdida de poder asociativo la encontramos en las relaciones que se dan entre los sindicatos y otras organizaciones sociales, así como en el peso que tienen las reivindicaciones planteadas por los sindicatos entre las demandas de la sociedad. Por un lado destaca la renuncia a una estrategia que tienda a la unidad sindical. Pero también puede observarse en las relaciones con otros actores, en las que el papel al que se relega al sindicalismo pasa por ser un instrumento convocante (cada vez con menor capacidad también para jugar este rol) al haber renunciado este a desarrollar un proyecto político propio y con ello a la capacidad para imponer hegemonía. Desentendiéndose de la necesidad de elaborar modelos de interpretación, desde una perspectiva política, de los conflictos cotidianos que se derivan de la relación Capital-Trabajo.

A lo largo de este año, en esta sección de Espineta amb Caragolins, se han venido planteando algunas propuestas que apuntan a revertir esta deriva. Para cerrar este artículo recopilamos algunas de ellas:

Es necesario que desde el sindicalismo se aspire a superar el ámbito de la gestión de lo existente. (núm 32, Enero 2017) Buscando una articulación entre dar respuesta a los intereses inmediatos, y la voluntad de desarrollar una propuesta estratégica de confrontación con el Capital, poniendo el énfasis en que la primera no se desligue de la segunda. Huyendo del pragmatismo que deduce que lo verdadero se reduce a lo útil. (núm 38, Julio 2017)

Desarrollar un método de análisis de la realidad con las categorías propias de nuestra clase que nos permita conocer las dinámicas del Capital y los mecanismos que genera para mantener la explotación. (núm 38, Julio 2017) Asuimir el punto de vista de clase del proletariado, punto a partir del cual se hace visible el todo de la sociedad. Porque para el proletariado es una necesidad vital, una cuestión de vida o muerte, conseguir completa claridad acerca de su situación de clase. (núm 40, Noviembre 2017)

Trabajar porque “el movimiento obrero adquiera conciencia de su misión histórica, de sus fines, de la estructura social capitalista y de la ley que la rige, así como de las condiciones y posibilidades objetivas de su emancipación al llegar a determinada fase del desarrollo histórico-social.”[2] (núm 36, Mayo 2017)

Aceptar que ya no hay posibilidad de atender las necesidades de los trabajadores y trabajadoras en el marco del sistema capitalista. Ya no se trata de cuan heroicas puedan ser las luchas de estos ante los conflictos laborales, si no de la necesidad de asumir que su resolución definitiva es inseparable de la lucha por el socialismo. (núm 36, Mayo 2017)

Enfrentarse a las derivas burocráticas que se han instalado en la mayoría de sindicatos. (núm 39, Octubre 2017) Superar la visión de los lugares de trabajo como meros espacios de dominación o de cooptación. Poniendo el énfasis en revertir la cultura de la delegación de la lucha en otro. E instalar a los trabajadores y trabajadoras como sujetos activos, como actores políticos, en el lugar de trabajo. Consolidar la construcción de espacios que enfrenten las ideas hegemónicas de individualismo, competencia y jerarquía que impone el capital. (núm 37, Junio 2017)

 

David Rey

 

 

  1. Warren Buffett – “In Class Warfare, Guess Which Class Is Winning” Artículo publicado en The New York Times en Noviembre de 2006
  2. Filosofía de la praxis. (Adolfo Sánchez Vázquez, 1967)

 

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