Sexo, violencia y justicia bajo el Capitalismo


Ultimamente, en los bares, en la empresa, un poco por todas partes, no deja de sonar el tema del juicio a “La Manada”, el caso de la presunta violación en San Fermines a una chica de 18 años por parte de 5 hombres. Caso extremadamente mediático, la indignación es palpable cuando se valoran los datos que se han ido filtrando en prensa: además de la violación en sí, indigna la indiferencia hacia la voluntad de la chica, que le grabasen durante el acto sexual sin preguntarle su opinión, que le robasen el móvil, que la dejasen tirada en un portal.

Más allá del caso concreto, la presunta violación y el posterior juicio es imposible de explicar sin tener en cuenta factores que van más allá de lo meramente individual y que tienen que ver el efecto de la organización social en la sexualidad, el rol de la violencia sexual y el papel de las instituciones estatales y en concreto de la justicia a la hora de combatirla. Iré poco a poco.

1. La sexualidad en los tiempos del Capital

La sexualidad, como todo lo que forma ya parte de nuestro mundo, no es algo natural ni inherente ni la naturaleza se puede considerar en estado puro separada de la sociedad. La sexualidad se construye y modifica socialmente y toma su forma de acuerdo a la organización social, a los valores de la clase dominante y a la estructura productiva subyacente. Lo que entendemos por sexualidad es una forma de disciplinar al cuerpo, de domesticar el pontencial subversivo del goce. De todas las formas representativas posibles del deseo y la búsqueda del placer, la que se hace normativa es la que no contradice, si no que refuerza, una organización social basada en la propiedad privada y el intercambio mercantil.

La organización social de la sexualidad en este momento se caracteriza por una contradicción entre la necesidad de garantizar la reproducción social que sigue estando impregnada de valores religiosos patriarcales y la de buscar nuevos nichos de mercado en la intimidad de unos individuos crecientemente atomizados para su mejor control. Si hace no tantos años la sexualidad “aceptable” era aquella que negaba absolutamente la erotización de las mujeres, su capacidad misma para el placer y el orgasmo, la sexualidad aceptable ahora ha adquirido un barniz de mayor libertad sin por eso dejar de ser represiva. La relativa abertura ha venido de la mano con una mayor mercantilización de las relaciones sexuales, en forma de expertos, manuales, juguetes sexuales, páginas de contactos, pornografía, etc.

A pesar del discurso mayoritario de la libertad y la democracia, lo cierto es que sigue habiendo una sexualidad “normal” y una “anormal”, ambas políticamente construidas y profundamente mercantilizadas. La normalización de prácticas hasta ahora extramuros sólo ha sido posible ha mediante su domesticación, a través por ejemplo del matrimonio homosexual. La sexualidad fuera de los cauces socialmente aceptados (la reproductiva o un tipo de sexualidad “ociosa” previa al matrimonio o la constitucion de la pareja) se entiendeo como una alienación del cuerpo y no como una forma de vivirlo. En casos de prácticas sexuales no ortodoxas sólo hay dos opciones: ser una víctima o bien perder la dignidad. Para los hombres el ejemplo paradigmático es el de la homosexualidad, para las mujeres cualquiera que se aleje del acoplamiento binario heterosexual (relaciones en grupo, relaciones lésbicas, etc).

La violencia en las relaciones sexuales no se puede explicar sin tener en cuenta la violencia en otros ámbitos, la cosificación de las personas fuera de las relaciones sexuales y su mercantilización, por ejemplo, en el ámbito laboral. Eso no quiere decir negar la responsabilidad de los individuos que ejercen violencia, sino intentar profundizar en el fenómeno social, especialmente a la hora de buscar soluciones. Si entendemos la sexualidad como disciplinamiento, entendemos que hay violencia que se ejerce para disciplinar. Esa violencia no siempre parte de la represión. De hecho, el Capital ha sabido no reprimir nuestros deseos sino reconducirlos y una vez controlados, multiplicarlos hasta niveles compulsivos. La sexualidad en el Capitalismo normaliza la sumisión, la agresión y el intercambio puesto que estos son los valores que constituyen la sociabilidad normal y construyen nuestra subjetividad.

La forma de erradicar esta violencia ha de pasar necesariamente por construir otra forma de sociabilidad, esencialmente a la hegemónica en el capitalismo. Los llamados a la intervención estatal, el refuerzo de los cuerpos represivos, el endurecimiento de las penas e incluso la intervención desde el ámbito educativo no ven más que la superficie del problema. El Estado no es ni ha sido nunca neutro, sino una herramienta de la clase en el poder, clase que se beneficia justamente de mantener unas relaciones sociales tremendamente injustas. En la Crítica al Programa de Gotha Marx se pregunta, no sin un dejo de ironía: “¿Acaso las relaciones económicas son reguladas por los conceptos jurídicos? ¿No surgen, por el contrario, las relaciones jurídicas de las relaciones económicas?”. Del Estado no cabe esperar más que algún posicionamiento puntual que le sirva para justificar su papel de mediador y medidas que, a pesar de su apariencia, sólo servirán para profundizar en la represión de derechos y el recorte de libertades de los trabajadores en su conjunto.

Frente a los casos de violencia sexual, tan repugnantes como puedan llegar a ser, no podemos delegar una vez más en los mismos que mantienen este orden social injusto. En otras palabras, no hay justicia posible en una sociedad que se organice en función de relaciones de explotación. La única opción es ir construyendo una sociedad distinta, que pueda llegar a desafiar ese orden y que vaya tomando, en el hacer, esta vez sí creativo, seguridad en sí misma a la hora de poder incluso impartir justicia. La justicia popular, mucho más allá de la imagen despectiva de una horda de ignorantes con horcas y antorchas, lista para el linchamiento, es la única que puede ser realmente justa, realmente consciente, realmente nuestra. Como dijo Lope:

– “¿Quién mató al comendador?

– Fuenteovejuna, señor!

– ¿Y quién es Fuenteovejuna?

– Todos a una!”

 

Inés Torres

image_pdf

Be the first to comment

Leave a Reply

La teva adreça no serà publicada.


*