Sobre el dilema organizativo


Es inevitable experimentar una sensación de profundo vértigo cuando uno se enfrenta a la difícil tarea de –intentar- escribir algo trascendental. Una cuestión profunda, como es el caso, alrededor de la cual se han vertido océanos de tinta – y, lo que agrava aún más el asunto, hace ya cientos de años- a través de aportaciones extremadamente relevantes. Harto destacables, en cualquier caso, comparadas con cualquier cosa que pueda ofrecer quien escribe. Pienso en Marx, en Lenin, pero también en muchos otros y otras como Kropotkin, Rosa Luxemburg, Anton Panekoek, Herbert Marcuse, John Holloway o Daniel Bensaïd. Soy consciente, sin embargo, que cualquier enumeración referencial me delata, al tiempo que deja atrás tantos otros testimonios teóricos y prácticos de incalculable valía. No albergo pretensión alguna de exhaustividad ni de pureza programática.

Entre la inmensa pluralidad del antagonismo político, existe un consenso generalizado en torno a la necesidad de la organización, por simple o provisional que esta sea. Cierta racionalidad instrumental, imposible de desplazar completamente, junto con la primacía del corto plazo y la aceleración característica de la política espectacular, nos empuja a desarrollar actitudes que, como norma general, conducen a un ensalzamiento –ciertamente acrítico- de las diferentes experiencias organizativas como herramientas verdaderamente necesarias para acometer la ardua tarea de la transformación social. Pero, ¿lo son en realidad? En el extremo puesto, y en profundo contraste, podemos hallar ciertos relatos tendentes a ningunear cualquier tipo de esfuerzo dirigido a estructurar mínimamente una forma de accionar políticamente, en el amplísimo sentido del término. Debo reconocer, en este punto, que rehúyo, por sistema, entronizar paradigma alguno -admito aversión al dogma- y, además, resulta que este extremo tampoco se corresponde con la realidad de los diferentes espacios de acción y discusión que acostumbramos a relacionar con el antagonismo político. Al menos hasta finales de 2012, y en el entorno de la gran Barcelona, la hibridación -dialéctica, conflictiva- acostumbraba a ser el escenario más habitual. Y, precisamente, en estas discusiones, en estas diatribas, prescindiendo de obediencias doctrinales o teóricas, me gustaría situar el foco de atención y –a partir de aquí, continuar desarrollando el presente texto.

En mi opinión, el dilema sobre la necesidad de la organización social y política de las capas subalternas de la población, bajo el capitalismo y el Estado, como forma específica de dominación burocrática, debería resolverse en forma de respuesta a una serie de cuestiones inaplazables. Difícil demorar este asunto, pues, a menos que no se considere importante calibrar el riesgo de acabar reproduciendo las mismas formas jerárquicas –esto es, separadas, alejadas- características de la sociedad actual. Ante el clásico dilema, abordado por Lenin bajo el título ¿Qué hacer?, la respuesta es evidente: organizarse. Sin embargo, a continuación, después de una respuesta determinada, voluntariosa y militante, es necesario, a mi parecer, enfrentarse sin dilación a tres situaciones igualmente acuciantes, sino más. ¿Por qué hacerlo? Es decir, ¿qué objetivos persiguen los esfuerzos organizativos en el ámbito del antagonismo político? Por otro lado, ¿cuándo?, ¿A qué velocidad hacerlo? ¿Cuánta enajenación estamos dispuestos a tolerar en pro de la respuesta que lancemos ante el primer interrogante?[1] Y, finalmente, ¿cómo? Esta última incógnita, como sabemos, es imposible de abordar sin enfrentar las dos anteriores de forma simultánea.

Desde un punto de vista antagonista, las razones que justifican la organización son, de hecho, múltiples. Sin entrar a valorar cuestiones de fondo, los motivos pueden oscilar desde el fortalecimiento de los vínculos de afinidad entre un determinado grupo de personas hasta el toma del poder político estatal, el asalto a los cielos, como recientemente popularizó Podemos. Con todo, en este extremo existen discrepancias importantes, sobre todo entre las diferentes sensibilidades antiautoritarias, pero, nos guste o no, hay quien todavía piensa que la emancipación pasa por la conquista del poder político institucional. Del mismo modo, en relación directa con esto último, y como he sugerido más arriba, debemos reconocer sensibilidades políticas que consideran la organización, entendida como forma-partido de vanguardia, de cuadros, como un fin en sí mismo, a través del cual disfrutar de posiciones de poder e influencia en un contexto de atroz competencia electoral y pugna por la hegemonía ideológica. Que, de forma circunstancial, esto se reconozca abiertamente o se oculte bajo ingeniosas formas de propaganda, es del todo indiferente.

En realidad, focalizar exclusivamente sobre las motivaciones o los objetivos –considerados en abstracto- no tiene demasiado sentido sin considerar, simultáneamente, la cuestión de qué tipo de previsión temporal se prevé para su realización, para, efectivamente, plantear su materialización efectiva. Así, cambiar el mundo, fundar un estado propio, garantizar las prestaciones por desempleo o la sanidad y la educación universales (sin restricción de acceso) son aspiraciones absolutamente legítimas pero completamente vacías de contenido sino enfrentamos el dilema acerca de cuándo acometemos esas tareas, con qué orden de prioridad y, por lo tanto, cómo proceder a intentarlo. Por todo esto, optimizar la acción en cada uno de los frentes que acabo de enumerar, seguramente requiere esfuerzos organizativos diferentes y, en consecuencia, la existencia de una u otra forma de acción colectiva, de praxis política transformadora, provocará efectos diferentes en la configuración interna de estas mismas organizaciones y determinará, en todo caso, las posibilidades de acción de sus integrantes en su seno. Tiempo y forma están absolutamente imbricados con la cuestión de la democracia interna, la autonomía –y su opuesto, la jerarquización- en el seno de las organizaciones pertenecientes al antagonismo político.

Permitidme un breve inciso, en forma de retorno a los clásicos, para ejemplificarlo. De la misma manera que la burguesía en general, aunque no únicamente, se muestra proclive a manifestarse en defensa de conceptos ambiguos –que fuera de contexto carecen de significado- como ‘libertad’ o ‘democracia’, la idea del comunismo, sin más, despierta simpatías entre un buen número de sensibilidades contestatarias. Obviamente hay quien asocia, todavía, el comunismo con las prácticas de planificación central de la economía y control burocrático de la existencia que la historiografía mainstream bautizó, en su momento, como socialismo real. Pese a esto, y desde el respeto discrepante, prefiero acogerme a una formulación más amplia acerca de aquello que tiene que ver con la superación de los obstáculos que impiden, a través del trabajo asalariado y el domino de la racionalidad instrumental, el libre desarrollo de las potencialidades humanas. En este sentido, y para ilustrar esta idea, utilizaré un pequeño fragmento de La Ideología Alemana, obra escrita por Marx y Engels entre 1845 y 1846:

“Para nosotros, el comunismo no es un estado que deba implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual.” [2]

Vemos, pues, que el comunismo, entendido de esta manera, fundamentalmente como una actividad práctica, puede querer decir muchas cosas y, sin duda, también remite al hecho mismo de organizarse, pues interpela a cualquier forma de accionar políticamente que subvierta el statu quo, no importa de qué manera. Es de justicia reconocer que no todas las contribuciones marxianas a la cuestión política dejan un margen tan amplio a la ambigüedad -véase también La Guerra Civil en Francia-, sin embargo, poca duda cabe que la forma en que decidamos organizarnos para alcanzar nuestros objetivos políticos, en propiedad, no es otra cosa que el inicio efectivo de ese camino emancipatorio y, por lo tanto, sus formas no deberían diferir en exceso de aquello que pretendemos construir. La igualdad difícilmente puede alcanzarse a través de medios, de estructuras organizativas, que se vertebran jerárquicamente, que, esencialmente, se fundamentan en la desigualdad y la obediencia debida a la dirección o a un conjunto de liderazgos determinados. El anticapitalismo, el marxismo heterodoxo que interesecciona aquí con el pensamiento libertario, a mi entender, se articula conceptualmente como la negación del extrañamiento que lo mercantil –y su institucionalización burocrática en la forma Estado- provoca en los individuos. Siguiendo este razonamiento, no sería deseable que las organizaciones tendentes a superar, y que en consecuencia niegan, la enajenación provocada por la sumisión al trabajo asalariado, la dominación burocrática y la colonización tecnológica, reprodujeran formas sociales que sean, a su vez, potencialmente generadoras de extrañamiento.

La forma partido, concebida como organización clásica de vanguardia de la clase trabajadora, se puede revelar eficaz en el ámbito de la política separada como un esfuerzo dirigido a la toma de poder del Estado o de cualquier otro nivel administrativo inferior. Ahora bien, eso, a mi juicio, poco tiene que ver con la consecución de individuos libres dotados de capacidad efectiva para determinar su futuro sin tutelas, de forma autónoma y autogestionada, objetivo último, a mi entender, de la acción revolucionaria. En todo caso, nos enfrentamos a procesos políticos distintos pero que pueden coincidir –y de hecho, continuamente coinciden- en el tiempo y no siempre se muestran complementarios o libres de interferencia mutua. Es por esto que pensar en términos emancipatorios, de ruptura, implica no postergar en absoluto la crítica al autoritarismo organizativo. Ningún objetivo supremo, ningún anhelo abstracto, descendido por sacerdotes del templo del saber, debería servir de justificación a la jerarquización (y aquí considero también la subordinación de facto a otras instancias) de la formas organizativas que han de servir como vehículo de nuestra emancipación consciente. Tarde o temprano, como la historia se empeña en recordarnos, también en Catalunya cuando se cumplen cien años de la Revolución de Octubre, pagaremos cara la condescendencia, la contemporización, oportunista que propugna la tolerancia hacia –y la necesidad de- niveles aceptables de jerarquización y subordinación entre iguales. Es más, deberíamos sospechar seriamente de quien abunda en la importancia y la centralidad de la organización revolucionaria pero aplaza, sospechosa e insistentemente, el debate sobre qué tipo de organización articular, para qué y durante cuánto tiempo. La organización in aeternum, la religiosidad del activismo infinito, esto es, perpetuar hasta el más allá organizaciones (supuestamente) revolucionarias, pero que misteriosamente nunca consiguen alcanzar dicha meta -en pos de un pragmatismo recurrente y un oportunismo endémico-, no puede traducirse sino en una interminable relación social de poder, dominación y desactivación política. Y esa relación, precisamente, es la mayor garantía de que nada sea modificado nunca de forma significativa, en absoluto.

La religiosidad activista y la sacralización organizativa suelen ahondar en la separación –más forzada que real- entre teoría y práctica. Esta distinción, característica de las diferentes formas de oportunismo político, suele servir, además, como punta lanza contra la disidencia. Sin embargo, siguiendo a Anselm Jappe y otros representantes de la Wertcritik, nos enfrentamos, aquí, a una distinción artificial e interesada[3]. La teoría, la crítica, es también, pues, una forma de praxis revolucionaria. La clave, en todo caso, sería discutir sobre el marco temporal en el que se mueven cada uno de los esfuerzos transformadores en el medio contestatario. Hablo, sin ir más lejos, de la dialéctica entre la inmediatez cortoplacista propia de la política institucional –espectacular, separada- y los procesos de politización que, junto a movimientos que propugnan transformaciones profundas en la vida cotidiana, en la producción –el rechazo al trabajo asalariado-, la reproducción –o sea, la sexualidad-, el consumo, la formas de habitar el territorio y las formas de relacionarse con el medio urbano y natural en un contexto de colapso efectivo, pugnan por una superación gradual (a la vez que hiperconsciente) del capitalismo[4]. Como se advierte, un debate tan interesante como poco original pues acompaña al antagonismo político desde tiempos inmemoriales.

Finalmente, cuestionar la primacía del corto plazo, la asfixiante hegemonía del oportunismo político de izquierdas, comporta otorgar la máxima importancia al grado de autonomía, la autogestión y la no jerarquización, cuando abordamos la necesidad de la organización; cuando nos enfrentamos al establecimiento de vínculos políticos dirigidos a producir transformaciones estructurales y puntos de no retorno en el orden imperante de las cosas bajo el capitalismo. Sin ir más lejos, es muy probable que, yo mismo, en el momento de escribir estas líneas, no esté calibrando la potencialidad política de este artículo en el corto plazo. Y no es así, efectivamente, porque su incapacidad para provocar cambios efectivos inmediatos en las condiciones materiales de los individuos es obvia. Dicha constatación no implica ni justifica, en cambio, postergar la construcción de paradigmas donde lo deseable, es decir, el modelo de sociedad que anhelamos, prime sobre lo posible, esto es, aquello realmente factible en un marco institucional dado. Y esto no quiere decir que lo posible no sea también conveniente o necesario, más si cabe en un contexto de degradación sistemática de las condiciones de vida de los desposeídos. Sin embargo, existen buenas razones para pensar que proyectar la acción política –por parte de aquellos que ya se encuentran en una situación de subalternidad estructural- en el plano del principio de realidad, de lo que es –solo teóricamente -posible de forma inmediata implica situarse a la defensiva antes de comenzar a caminar y aceptar, así, la renuncia como parte fundamental de nuestra propuesta programática. Porque lo posible, esto es, lo que es efectivamente posible como consecuencia del funcionamiento normal de las instituciones bajo el capitalismo, quizá no sea deseable en absoluto.

 

 

Isaac Arriaza* (@KarelFromm)

*Es autor del blog Hic Rhodus, Hic Salta! Bitàcola de pensament antagonista i crítica de la cultura

  1. Para introducirse en la relación entre la aceleración de la sociedad actual y la alienación como patología existencial característica del capitalismo, véase Rosa, Harmut. (2016) Alienación y aceleración. Hacía una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Katz Editores. Buenos Aires.
  2. Marx, Karl, Engels, Friedrich. (1988) La ideología alemana, L’Eina Ed. Barcelona. Página 32.
  3. Para una solvente puesta en situación sobre las aportaciones fundamentales de la Crítica del Valor, de la mano de Anselm Jappe, véase Jappe, Anselm (2016) Las aventuras de la mercancía. Pepitas de Calabaza Ed., Logroño.
  4. Para ahondar en el concepto de colapso, véase Taibo, Carlos. (2016) Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo. Libros de la Catarata, Madrid.
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