Un Cuento de Pasillos Universitarios


“En la esfera política, al niño se le explica que es libre, demócrata, con un pensamiento y una voluntad libres, que vive en un país libre, que toma sus propias decisiones. Al mismo tiempo, es un prisionero de las decisiones de su tiempo, que él no pone en duda”. (Doris Lessing, prólogo de El cuaderno dorado)

En el imaginario popular se tiende a pensar que los científicos son una especie de élite intelectual, que porque trabaja en algo que se percibe como complejo, está libre de caer en las mismas trampas que el resto de la población. Me explico: se piensa en la ciencia como algo que nada tiene que ver con el mundo real (entendido como nuestro día a día), puro, ético, objetivo y no sujeto a las leyes del mercado, y muchas veces se extrapola este ideal a los propios científicos. Nada más lejos de la realidad. La ciencia y los científicos somos tan prisioneros de la cultura de nuestro tiempo como cualquier otro trabajador, y como tal estamos rodeados de fantasmas que dan mucho miedo, los mismos que llenan toda la sociedad en la que vivimos. Y ojalá fuera el fantasma del comunismo, pero no. Nos movemos ahora en un cóctel que resulta en parte de los vicios que arrastramos del franquismo y en parte de la tendencia más reciente al neoliberalismo.

El fantasma del pasado

Hace mucho tiempo que las relaciones de poder dentro del sistema de investigación se basan en una estructura con un sesgo de clase muy marcado. Las posiciones de profesores y líderes de grupo al comienzo de la democracia las acapararon en su gran mayoría, como era casi inevitable, los que habían podido estudiar carreras de ciencias en horario diurno y que no tuvieron que ponerse a trabajar pronto para ayudar a sus familias. Personas que habían sido educadas en la convicción de que lo que tienen y lo que consiguen les pertenece por derecho, aunque muchos corrieran delante de los grises. Toda una cultura de futuros caciques que con el tiempo se quitarían la chaqueta de pana y se cortarían la melena de Beatle.

Y en este mundo entramos en tromba los hijos de los obreros, los nietos y nietas de las señoras que fregaban sus cocinas y que a pesar de haber crecido en barrios periféricos, ciudades dormitorio y pueblos, ya no estábamos condenados necesariamente a descargar camiones o a cobrar en la caja del Día. De repente teníamos un brillante porvenir. Pero estábamos entrando en un mundo donde no éramos la chica lista del barrio obrero ni el hijo del panadero que ha conseguido ir a la universidad. De manera quizá inconsciente, todos esos pijos progres sólo ven a la plebeya que debería estar fregando el suelo de su piso en el Barrio de Salamanca o al chaval que debería estar limpiando la mierda de sus caballos de pura raza. Esa gente, al mismo nivel que sus propios hijos. Y a esa gente que habla y que entiende el mundo de otra manera, hay que hacerla renegar de su pasado para preservar la estructura de privilegios que tantos siglos ha costado montar.

No en vano la tesis doctoral es uno de los ámbitos donde se perciben mayor número de depresiones. [1] Con 20-25 años todos queremos cambiar el mundo, pero en un centro investigador o en un centro universitario, la máxima es cállate o vete. Durante la tesis no es raro escuchar cosas cómo “así te vas curtida” o “tienes que endurecerte” de boca de tu director. Tampoco es raro ver a muchos callarse y aceptar la humillación constante para poder ascender. Y ascienden. No es que sean carentes de talento para lo científico, pero su mayor talento siempre será el de cerrar la boca a tiempo. Y con el tiempo, ya no se acordarán de que la primera excusa para callar que se pusieron era subir para cambiar las cosas, y se encontrarán a sí mismos repitiendo estos patrones de comportamiento con sus propios doctorandos. Haciendo el ridículo en fiestas de navidad, adoptando actitudes pasivo-agresivas ante los que se niegan a considerarles semi-dioses, callando cuando ven al catedrático de turno babeando con los escotes de estudiantes jóvenes. Asaltar el cielo no sirve si el lastre que tiras para subir son tus principios.

El fantasma del presente

En los últimos meses se ha comenzado a negociar un estatuto para regular los contratos de personal investigador en formación (más conocidos como estudiantes de doctorado). [2] El borrador del estatuto es confidencial, excepto para las partes directamente involucradas en la negociación: la Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación (SEIDI), sindicatos CCOO, UGT y CSIF, y algunas organizaciones como Ciencia Con Futuro o la Federación de Jóvenes Investigadores (FJI). Esta imposición de confidencialidad, aunque de dudosa ética, es una práctica habitual. El problema viene cuando la consulta se extiende a asambleas de predoctorales (agrupadas bajo el título de “Dignidad Predoctoral”), a las que sólo se consulta a medias. Es decir, se les facilitan sólo las partes del documento que ya de antemano se ha decidido modificar, para que den su visto bueno o aporten nimiedades sobre los cuatro párrafos que se facilitan. Y éstos se sienten tan afortunados de que les consulten, que no se atreven a pedir más transparencia, y que prefieren aceptar la lógica de las propuestas que se les dan hechas desde fuera antes de plantearse si no habrá truco o trato. Ya de entrada, si el nuevo EPIF acaba restringiendo derechos, se va a aprobar anunciado como una medida de consenso con los trabajadores predoctorales. Por eso precisamente, los representantes de estos trabajadores, llámense sindicato o FJI o Dignidad Predoctoral, tendrían que entender que participar en esta negociación no es una oportunidad, ni un premio, ni un favor, es una gran responsabilidad, y como tal es obligatorio ser exigente e intransigente en lo que se pide.

La presencia de una mentalidad esclava de la productividad es tal que, cuando las asambleas predoctorales han querido hacer una propuesta para acometer la problemática del acoso laboral, su propuesta es que se le suspenda el contrato al propio doctorando. No que se suspenda el contacto con el acosador, sino que se le permita estar sin cobrar hasta 4 meses para que así la bajada de rendimiento propia de haber pasado por una situación de acoso no repercuta en la calidad de su trabajo. La calidad del resultado, la productividad puestas por encima de la calidad de vida y del bienestar del trabajador… de la mano de los propios interesados. Cuando se trata de las horas de docencia, los doctorandos piden que se les deje dar más clases, para así estar “mejor formados” en el futuro. Por supuesto no se menciona que estas horas se paguen. Todo esto viene con una coletilla que dice “la colaboración en tareas docentes no podrá desvirtuar la finalidad investigadora y formativa del contrato”. Es decir, a efectos prácticos haces la labor de un profesor gratis, pero aquí está este hermoso verso para dejar claro que no eres un profesor gratis. No se te ocurra reclamar que nadie te pague estas horas en el futuro.

Un mes después de la segunda reunión para el estudio del borrador del EPIF, se leen comentarios en los foros de internet , en los que muchos se sorprenden de lo rápido que se han aceptado estas medidas por parte de la SEIDI. [3] Ojalá de la sorpresa surja algo más.

Al menos podemos destacar un aspecto positivo, y es que se ha eliminado el carácter formativo de los contratos. Pero dejar de ser considerado un estudiante para convertirse en un trabajador precario, con derechos recortados que se justifican por las supuestas características especiales del trabajo, nunca debería ser el objetivo. El gran problema es la eterna mentira de las características especiales del trabajo científico, de que se necesitan jornadas flexibles e irregulares, de que se necesita hasta trabajar cuando te vas de vacaciones.

El fantasma del futuro

La ciencia (entendida como conocimiento y no como trabajo), es una búsqueda constante. De ahí las palabras research, ricerca, recherche: en muchos idiomas investigar no significa otra cosa que “volver a buscar”. Se empieza buscando una respuesta pero lo único que se encuentran son más preguntas. Esta es la primera tarea en la que todos deberíamos involucrarnos, porque hacer preguntas es el primer paso para desmontar las mentiras del sistema. Y eso empieza por recuperar nuestro tiempo libre. Por expulsar a los experimentos, a los artículos, a los proyectos a medio escribir de todo lo que no sea nuestro horario laboral. Porque uno de los mayores triunfos del capitalismo, hasta la fecha, ha sido el de arrebatarnos el tiempo para pensar fuera de la lógica productiva. No dejemos que nos venza el fantasma de la parálisis y el conformismo. Esa reconquista puede ser el principio de otras más grandes.

Aibréann Briotanach

[1] http://www.sciencemag.org/careers/2017/04/phd-students-face-significant-mental-health-challenges

[2] http://ccoo-precarios.blogspot.com.es/2017/11/2-reunion-borrador-epif-mejoras-en-el.html

[3] http://precarios.org/tiki-view_forum_thread.php?comments_parentId=112484&topics_offset=2

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