Feminismo con quién.


Leo con agradable sorpresa el artículo de Laura Macaya(1) del pasado 29 de enero titulado “Con nosotras quien quiera. Sobre el caso Amandina”. En el texto, la autora denuncia las posiciones de “una buena parte del feminismo” que se ha mostrado “si no satisfecho, convencido de que esta pena resulta ejemplarizante para la sociedad y los potenciales agresores”. Y denuncia algo que hace tiempo deberíamos saber los que tenemos un compromiso con la lucha por los derechos y libertades: la cárcel y la represión estatal nunca sirvieron más que para reprimir al pueblo.

Dice Laura Macaya, “que una condena de 38 años […] sea entendida como un logro feminista es algo que el feminismo no puede permitirse”. Y ahí empieza la necesidad de matizar ese término feminismo, sin especificar. Es habitual escuchar que no hay uno, sino muchos feminismos. Sabiendo que últimamente hasta Botín habla de sí misma como feminista, quizás sí hay un feminismo al que este tipo de medidas les va como anillo al dedo. Ese feminismo no sólo lo esgrimen personas destacadas de clase dirigente. Lo cierto es que hay todo un sector de clase media acomodada que hoy capitaliza el feminismo hegemónico que defiende este discurso, que tiende a situarse en el lugar de la víctima para poder operar con impunidad y de forma autoritaria para censurar a todo aquel que pretenda dar un debate político, ni que decir tiene a quien pretende ofrecer alternativas de construcción.

Pero además, por su origen y condición de clase, este sector nunca se plantea seriamente cómo crear las condiciones para cambiar el sistema que hace posible la opresión y la explotación de raíz. Eso no quiere decir que este deseo no pueda aparecer en su discurso. Consciente o inconscientemente es, por tanto, cómplice. Este hecho nos podría sorprender, pero sólo si desconocemos los orígenes del movimiento feminista y a los intereses de qué clases a servido históricamente. El feminismo nace entre las mujeres de clase acomodada que necesitan defender sus intereses frente a los hombres de su misma clase. Muchas veces esta defensa de sus intereses ningunea las necesidades de las mujeres de clase trabajadora, cuando se defienden en contra o a pesar de ellas. Incluso a pesar de las buenas intenciones de algunas mujeres burguesas, que podían tener el sincero deseo de mejorar las condiciones de todas las mujeres.

Acabar con la opresión de género es inseparable de la destrucción del sistema capitalista y para acabar con este sistema, es necesario construir desde un sujeto político que permita hacer ambas cosas. Sin embargo, el feminismo imperante parte de una transversalidad que le hace inoperante en este sentido. La confusión es evidente en conceptos como el de sororidad, ese vínculo imposible entre Marta Ortega, reina de Inditex y las trabajadoras de cualquiera de las 7.000 fábricas que dirige el grupo empresarial. O la reivindicación de personajes tétricos como Olympie de Gouges, quien defendía el voto censitario (para los ricos) siempre que incluyese a las mujeres (ricas), frente al sufragio universal que defendían las y los revolucionarios. O la mistificación de las sufragistas cuyo programa quedaba muy por detrás del de los socialistas soviéticos, ocultando que las primeras luchas por los derechos de las mujeres las capitaneó la clase trabajadora.

Estos son sólo síntomas, por supuesto. Las características de la teoría feminista actual tiene que ver con el contexto político en el que nace la llamada segunda ola del feminismo y lo que representaba el movimiento en los años 60 y 70 de nuestro siglo. Ese fue un momento de extraordinario auge de la lucha de clases, con proyectos revolucionarios que surgen por todo el mundo. En Cuba los comunistas toman el poder y el deseo de libertad se extiende por todo el continente americano, África y Asia. Hasta la vieja Europa se resiente y son visibles las grietas en la normalidad de la explotación capitalista, de la explotación imperialista, de la subordinación de la mujer y la represión sexual y de las buenas costumbres.

No es suficiente, el Capital resiste. La ola revolucionaria acaba trágicamente. Se extermina a los militantes en Argentina, Uruguay, Brasil, Chile y tantos otros países. Se descabezan los procesos de liberación como en Burkina Faso. Una izquierda que es incapaz de imaginar como llevar lo prometido a término, compra a los trabajadores europeos con el Estado de bienestar. Es una derrota brutal y el feminismo nace de esa derrota, de la renuncia a cambiar todo el paradigma, de la falta de fe en la capacidad de la clase trabajadora mundial para crear un proyecto político liberador para toda la humanidad. El feminismo propone una forma de confrontar la cuestión de género desde fuera de los movimientos que hasta ese momento luchaban por la emancipación del ser humano en lucha contra el Capital y sus mecanismos de explotación y opresión.

Nada nuevo por otra parte. En épocas de reflujo del movimiento de masas, las organizaciones políticas tiende a tomar dos posiciones que tienden a limitar su capacidad de acción. Por una parte, se tiende al sectarismo, se radicalizan los principios en abstracto y el movimiento, fraccionado en mil pedazos, se encierra en sí mismo, se separa de la gente y se aísla. Por otra parte, se centra en la lucha por reformas como fin y no como medio, que no cuestiona las raíces del sistema, se centra en “visibilizar” y trabajar en las instituciones. En el caso del feminismo, podemos ver ejemplos de ambas tendencias, por una parte se institucionaliza y descafeína, por la otra se vuelve irrelevante.

Corresponde al primer caso la gran cantidad de grupos feministas existentes que agrupa a una decena de mujeres de media y se centran en problemáticas tangenciales a las preocupaciones de las mujeres trabajadoras, como la representatividad o el lenguaje, cuentan con poca o nula formación política y no molestan a nadie. Al segundo caso correspondería el feminismo vinculado al Instituto de la Mujer y otras instituciones, que florece entre profesoras universitarias y se sitúa en la órbita de algún partido electoralista que habría que ver si es progresista. Muy a menudo ambas corrientes están a la gresca, pero tienen en común el ser polos de un mismo arco: en ningún caso se propicia un cambio radical de sistema.

Al contrario, faltas de una teoría y práctica verdaderamente revolucionarias, las posturas del feminismo hegemónico han ido escorándose a la derecha en todos los sentidos. Enfocándose en lo punitivo, como denuncia Laura Macaya. Lo que implica una mayor intervención de los cuerpos represivos del Estado y una legislación de mano dura, la destrucción de la presunción de inocencia, la negación de la capacidad de juicio a las mujeres que han sido víctimas de violencia. Pero también imponiendo una moral sexual de corte conservador, la generalización lecturas esencialistas e identitarias de lo que es ser “mujer” (ojo, nunca “mujer trabajadora”), la justificación de incursiones bélicas imperialistas, la censura de quienes cuestionan ciertas asunciones con datos objetivos y un largo etc que da sonrojo detallar.

Esta es una realidad para todas las personas que luchamos contra la opresión de la mujer y la represión sexual en todos sus aspectos y sabemos que esa lucha es parte de la lucha contra el Capital. Como en todas las luchas por la emancipación, desde el principio de los tiempos, la virulencia con que se pretende censurar cualquier tipo de crítica y proyecto alternativo no nos puede sorprender. Sabemos que el enemigo es poderoso y que no tiene prejuicios a la hora de escoger los métodos para minar nuestras posibilidades de convertirnos en un adversario real. La cuestión que se abre, la que es urgente responder, es la de nuestro papel en todo esto. Una vez señalado el papel vergonzante del feminismo de la reforma, haciéndole el juego al poder, la tarea que se impone es definir una táctica y una estrategia que no nos haga caer en las trampas de siempre. Quizás podamos empezar echando la vista atrás para aprender de la experiencia de lucha de la clase obrera, la única capaz de construir un proyecto político emancipatorio para todos.

Sara Pérez es militante de la Organización Trinchera

(1) https://ctxt.es/es/20200115/Firmas/30692/caso-arandina-punitivismo-feminismo-violencia-machista-laura-macaya.htm

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