Notas sobre Estado de alarma, neurosis y capitalismo.

El Estado de Alarma es un instrumento jurídico-político que puede utilizar el Estado en situaciones excepcionales contempladas en el sistema normativo para la autotutela del ordenamiento constitucional o la preservación de la estabilidad social.

Las medidas excepcionales aplicadas por el Estado como consecuencia de la pandemia del COVID-19 son resultado de la apelación a un recurso que funciona como mecanicismo de defensa que no sólo reprime a las personas porque no les permite realizar su cotidianeidad, sino que también las tranquiliza porque les hace pensar que merece la pena si se quiere volver a la normalidad.

Así como la relación entre la sexualidad (deseo) y la angustia se fundamenta en el vínculo entre el trauma y el síntoma, la puesta en práctica del Estado de Alarma se sustenta también en una actualización del trauma (crisis social o política) por medio de las medidas represivas que sirven para el mantenimiento del equilibrio. Así se manifiesta en el neurótico su normalidad, como en el Estado su patología.

Tanto en la neurosis como en el Estado de Alarma se produce una identidad entre “la normalidad” y “lo patológico” que hace más complejo el análisis de la contradicción sobre la cual se sustenta la realidad individual y común.

En el caso del Estado, el análisis puede partir de la unidad entre lo político y lo jurídico. El punto de partida entonces es la consideración de la técnica (derecho) como la utilización de un medio que realiza el Estado para la consecución de unos fines concretos. El Estado de Alarma como un instrumento jurídico-político es una técnica que se utiliza desde una instancia que define al mismo Estado. Por tanto, es algo que, desde un punto de vista formal, es concebido como normal, aunque sea excepcional, como normativizado, aunque este motivado por una decisión política.

Otro punto de partida puede ser la consideración de la excepcionalidad como lo que define a lo político a través de una decisión que sustenta el ejercicio de la soberanía de un Estado. En este caso, lo político está por encima de lo jurídico y por tanto el Estado de Alarma es más bien un medio que se actualiza a través de una decisión política. Por tanto, es algo que es concebido como excepcional, aunque sea normal, como algo decisivo, aunque este amparado en una norma jurídica que forma parte del sistema político.

Sea que el pensamiento sobre el Estado, y por tanto también sobre el Estado de Alarma, defienda la posición de Hans Kelsen, sea que apoye la posición de Carl Schmitt, lo importante es que, como decía Walter Benjamin en su Tesis VIII: “la tradición de los oprimidos nos enseña que el ‘estado de excepción’ en el que ahora vivimos es en verdad la regla”. Para los oprimidos, lo normal y lo patológico es lo mismo pero no porque el Estado aplique el derecho como técnica o porque la excepcionalidad política sea un milagro, sino porque lo normal y lo excepcional como algo indisociable constituyen lo llegado a ser de los hasta ahora vencidos.

Bajo el modo de producción capitalista lo patológico se convierte en normal. Esto se debe, en parte, a la inversión sujeto-objeto y al carácter fetichista de la mercancía. El sujeto vive en la desesperanza mientras espera que la solución venga a través de los objetos.

El pensamiento dominante, burgués, nos dice que el capitalismo es la forma natural de la economía moderna y que no existe ningún futuro, ni salida, ni alternativa al mismo: es más sencillo pensar en la extinción de la humanidad por alguna catástrofe natural como consecuencia del cambio climático o una epidemia creada en un laboratorio de una multinacional farmaceútica que nos convierte en zombis que pensar en cambiar el modo de producción. Al igual que para Marx capital y crisis van de la mano, en el capitalismo lo normal es excepcional, lo patológico es normal, lo natural es histórico, lo histórico es natural.

Por otro lado el capitalismo destruye al “ser” reemplazándolo por el “tener”; las cualidades humanas por montos mercantiles; los intereses individuales por encima de los intereses colectivos. En vez de mirar a la cara de otra persona le miramos el bolsillo. Los valores son sacrificados por lo único que cuenta: el Dinero. Por lo tanto, la única solución pasa por la expansión e intensificación del sistema capitalista. El individuo busca acrecentar su riqueza. La expasión acarrea deuda y, la deuda, conlleva a la culpa.

La destrucción del ser se profudiza por la división social del trabajo. La sociedad capitalista, cosificada y sometida al fetichismo de la mercancía, está condenada a la repetición de la misma tarea. La fragmentación de tareas es cada vez más intensa. El ser deja de ser una totalidad para convertise en algo parcial. Es un ser desgarrado. Todo esto sucede bajo el disfraz de la moda y lo “nuevo”.

Según Freud, la angustia que se da en la neurosis tiene mucha relación con la sexualidad. El neurótico recurre a un mecanismo de defensa por medio de la represión que por un lado agudiza la desarmonía psíquica y al mismo tiempo alivia las contradicciones internas y externas del afectado. Por eso afirma que “Solo tras estudiar lo patológico se aprende a comprender lo normal1“.

En estas breves notas apuradas hemos podido encontrar vínculos entre el modo de producción capitalista, el Estado de alarma y la neurosis. El proceso de inversión también se impone en la solución, en la salida, en el sálvese quien pueda. Como impera la desesperanza la salida pasa, necesariamente, por un reacomodo individual en el sistema. Un mecanismo de defensa que reprime toda posibilidad de cambio real. De Transformación colectiva.

Evidentemente hay patologías que se deben abordar de manera individual pero cuando estamos inmersos en un sistema que genera una patología social -el desgarramiento del ser social– probablemente también debamos comenzar a pensar en la necesidad de ir preparando las herramientas, y preparándonos subjetivamente, para atacar colectivamente al sistema. Walter Benjamin, en sus Consideraciones y apuntes sobre las tesis de la Historia, nos dejó una buena metáfora que hoy, en medio de una crisis económica, sanitaria y ecológica, nos sirva para encontrar el camino:

Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Tal vez las cosas se presenten de otra manera. Puede ocurrir que las revoluciones sean el acto por el cual la humanidad que viaja en el tren tira del freno de emergencia.”

 

Antonio Valmar

Andrés Fernández (Org. Trichera)

1 Sigmund Freud; “Tratamiento psíquico (tratamiento del alma) (1890)”, Pág. 118; Obras Completas; Tomo I; amorrortu editores.