INVISIBLES IMPRESCINDIBLES Y SU MÉTODO


Individuos que producen en sociedad,

o sea la producción de los individuos socialmente determinada:

este es naturalmente el punto de partida.1

En un contexto de crisis sanitaria y económica que ha llevado al Ejecutivo a declarar ya dos Estados de alarma (que tienen mucho de Estado de excepción) pienso que resulta de suma urgencia intentar mirar el bosque e identificar los árboles. Es importante recordar que la declaración del supuesto Estado de excepción funciona en política como un manto con el que tratar de legitimar lo que, en la práctica, es una suspensión de eso que llaman Estado de derecho. Bajo este manto se intentan introducir nuevos poderes ejecutivos, nuevas normas y prerrogativas justificadas por una situación de crisis.

Afirmar que durante este supuesto Estado de alarma se están introduciendo nuevos poderes ejecutivos no es caer en teorías conspirativas. Defensores del sistema como Klaus Schwab y Thierry Malleret consideran que “La idea de confinar a la población durante cuarenta días se originó sin que las autoridades entendieran realmente lo que querían contener, pero estas medidas fueron una de las primeras formas de ‘salud pública institucionalizada’ y ayudaron a legitimizar la ‘acumulación de poder’ por parte del Estado moderno. El periodo de cuarenta días carece de base médica: tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento a menudo se refieren al número 40 en el contexto de purificación, en particular los 40 días de la Cuaresma y los 40 días del Diluvio Universal en el Génesis.”2

Si aceptamos que la gestión de la pandemia ha estado en buena medida atravesada, condicionada, por intereses económicos y políticos alejados de los intereses sanitarios y económicos de la mayoría de la población, no deberíamos aceptar restricciones de derechos fundamentales sin más, es decir a cambio de nada: no hay ningún tipo de “escudo social” que garantice nuestro bienestar. El fin del Estado de alarma decretado por el Gobierno de coalición concluirá el mismo día que el Ejército Rojo venció al nazismo. Que ese mismo día se celebre el Día de Europa puede ser una triste casualidad o un guiño cargado de simbolismo que nos recuerda que “El Gran Reinicio huele a Brumario”3.

Desde que la pandemia irrumpió en nuestras vidas hemos pasado por tres meses de confinamiento, restricciones a la movilidad, limitación de derechos fundamentales, ERTE’s, ERE’s, aumento del desempleo y la pobreza, desbordamiento de los hospitales, cientos de miles de personas contagiadas y varias decenas de miles fallecidas, implantación a gran escala de educación online y teletrabajo. Todo esto con el telón de fondo de la intensificación insoportable de la sobrecarga clasista y patriarcal de las tareas de cuidados que realizan fundamentalmente las mujeres.

Cuatro meses después del desconfinamiento asistimos a la segunda ola del virus con los mismos medios, las mismas recetas y una población tan exhausta como descontenta4. Promesas electorales que supondrían mejoras para la clase trabajadora – si cabe más imprescindibles en este momento – como pueden ser la derogación de la reforma laboral o la derogación de la Ley Mordaza, siguen guardadas en el cajón. El artículo 13 del primer Decreto de Estado de Alarma5 – que hubiera permitido al gobierno estatal ir mucho más allá de las medidas esencialmente punitivas – ni se utilizó, ni se desarrolló y de hecho ha ido desapareciendo de decretos posteriores. Además, si en el primer decreto de alarma la palabra “limitación” y derivados aparece 3 veces en 11 páginas, en el actual se incluye en 24 ocasiones a lo largo de sus 8 páginas6.

Hace unos meses los informativos de las diferentes cadenas de televisión nos hablaban, con admiración, del milagro chino que construyó un hospital en diez días7. Lejos de emular esa proeza, aquí en casi nueve meses ni siquiera hemos visto un plano de un hospital (tampoco el del despropósito del nuevo hospital de Valdebebas en Madrid, rodeado de opacidad), ni proyectos serios de ampliación de los existentes o refuerzo de la atención primaria, menos aún de centros educativos. Tampoco han mejorado las condiciones laborales del personal sanitario, educativo ni otros servicios esenciales. La compensación económica irrisoria recibida en pago único por el personal sanitario ha quedado oscurecida por los despidos del personal que reforzó los centros en la pandemia, por la precariedad sistemática y el agotamiento como forma de vida.

En puridad, el único sector que ha visto mejoradas sus condiciones laborales en estos meses es el de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado por la vía de subida salarial y refuerzo de la oferta de empleo público. Se ha optado por la represión de libertades individuales, el gel hidroalcohólico8 y el uso obligatorio de mascarillas que pagamos con un 21% de IVA (el gobierno rechazó bajarlo a pesar de que en la mayor parte de los países europeos aplican entre un 5 y un 6% y sólo ahora comienza a plantearse la posibilidad de reducir el IVA9 de este producto ya esencial).

Circo y teatro en la tribuna del Congreso de los diputados y en las diferentes cámaras autonómicas es la tónica de la vida parlamentaria a izquierda y derecha. Es una carrera frenética por imponer medidas fundamentalmente restrictivas y represivas. Es el deporte de moda que emula a la “vuelta a España”. A esto se reduce la actividad institucional de los últimos meses mientras el nudo de la crisis sanitaria, política, económica, social, territorial, ecológica y de gobernabilidad se tensa cada día más.

La aporía que recorre las fronteras del Estado español está condicionada por lo que sucede en el panorama internacional y tiene mucho que ver con nuevos rasgos del modo de producción capitalista que se están manifestando. Internet “comenzó”, o mejor dicho se presentó, como una relación horizontal, libre, informal entre operador y usuaria y terminó siendo un nuevo mecanismo de opresión y acumulación. Si desde el comienzo nos hubieran advertido que la implementación de la nueva tecnología implicaría la fragmentación de la vida, flexibilización laboral, aislamiento y exclusión, probablemente nos hubiéramos espantado. Pero esta vez, a diferencias de otras épocas, la introducción de esta nueva tecnología ha sido mucho más sutil y paulatina, pero igualmente esta “cibernetización” de las vidas se ha diseñado para servir al sistema capitalista.

Nos ofrecieron un nuevo “hogar” lleno de música, videos, libros a la carta. Lectura de periódicos ilimitada y gratuita. Lo que quiero, cuando quiero y donde quiero. A todas horas y en cualquier lugar podemos saciar nuestras necesidades siempre y cuando tengamos recursos para conectarnos a Internet. Ese nuevo “hogar virtual” poco a poco se ha ido convirtiendo en un punto de referencia desde dónde enfrentar el mundo. Ha llegado a convertirse en el lugar de encuentro con nuestros seres queridos aunque vivieran a unos escasos metros. Quizás el confinamiento ha acelerado esa nueva forma de relacionarnos.

Pero todas estas actividades aparentemente gratuitas no lo son tanto. Además de tener que adquirir un ordenador, tablet o teléfono inteligente y pagar una tarifa de Internet, cedemos datos. La acumulación de datos, en un primer momento, se hizo sin ningún tipo de consentimiento y su uso estaba destinado a mejorar los motores de búsqueda. Pero esto no era rentable y hubo que cambiar los objetivos. Los datos ya no sólo buscaban mejorar los motores de búsqueda sino que esa actividad de las personas usuarias además suponía información muy preciada que abría un espacio para enfocar la publicidad. En palabras de S. Zuboff: “La publicidad siempre había sido un juego adivinatorio: una cuestión de arte, relaciones, opiniones y prácticas establecidas, pero nunca una ciencia.”10.

Gracias a los datos de conductas, la infraestructura material, la potencia computacional, sistemas algorítmicos y plataformas automatizadas, fue posible individualizar y dirigir la publicidad. Apelaron a nuestros deseos ofreciéndonos publicidad de lo que queríamos en ese determinado momento. En muchos casos, el simple hecho de navegar por un sitio web ya nos obliga a aceptar unos términos de servicio que solemos aceptar sin leer porque casualmente son textos tan largos y complejos que disuaden de cualquier intento por leerlos.

La violencia con la que se imponen los cambios resulta ahora más “sutil” y se apela al condicionamiento paulatino, como en la metáfora de la rana11:

Si metes una rana en agua hirviendo, la rana saltará fuera del recipiente. Sin embargo, si la metes en la olla con agua fría, al subir la temperatura poco a poco la rana no se dará cuenta, se sentirá cada vez más mareada y finalmente ya no podrá escapar y morirá.”

Estamos ante una reactualización de la acumulación originaria12. Durante las últimas dos décadas, diversas empresas de Internet se han dedicado a la acumulación de datos y esta información conductual se ha convertido en una nueva materia prima13que se vende a empresas de publicidad, vigilancia, etc. Así, Google14 o Facebook15, por ejemplo, a través de sus motores de búsqueda han ido acumulando información gracias a los miles y miles de clics que hacemos cada día. Analizan nuestras conductas y venden esa información a diferentes empresas para luego bombardearnos con publicidad individualizada referida a nuestras búsquedas. Estamos rigurosamente vigiladas.

En el momento en que comenzamos a darnos cuenta de que, como la rana, estamos en la olla de agua ardiente y nuestra piel comienza a llenarse de ampollas, nos aplican todo tipo de restricciones aprovechando el manto de una pandemia que todo lo justifica. El último Estado de alarma identifica con claridad todas las restricciones a las que debemos someternos, y casi todas están relacionadas con nuestros espacios de ocio. Podemos ir a trabajar en vagones de metro atestados siempre y cuando tengamos un contrato para que nuestro jefe nos brinde el salvoconducto. Podemos ir al colegio para formarnos y, en un futuro, ser parte de la mano de obra explotada que brinde plusvalor al capitalista, permitiendo además a nuestras madres y padres cumplir más fácilmente con su función productiva. Pero no podemos ver a nuestros seres queridos y pasar un buen rato. No, debemos estar en casa sumisas y seguir produciendo esa nueva materia prima: datos conductuales. Crece el protagonismo de actividades virtuales manejadas por juegos de poder que nos son ajenos, definidas por una indefensión para las trabajadoras mucho mayor que la de una relación de intercambio simple de mercancías. En esta última entregamos nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario pagado por el capitalista. En el océano online, entregamos información íntima a cambio de nada.

Es el capital, y no la tecnología, el que pone precio a esta subyugación, a esta donación forzada. Este señalamiento no es menor en un momento en el que el alto desarrollo tecnológico convive con un bajo nivel de conciencia en nuestra clase trabajadora. Esta confluencia, a la que se suma la certeza matemática que todo lo predice, abre la puerta a la salida reaccionaria. El capital, esa fuerza social dirigida por intereses individuales (los Trump, Biden, Merkel, Gates, Soros, etc.), solo puede presentarnos la distopía como horizonte.

Ante esta impotencia es importante, hoy más que nunca, recordar que toda vacuna parte de un detallado conocimiento de la enfermedad enemiga.

Hasta hoy la COVID-19 ha dejado más de un millón de muertes en todo el mundo. Este es un dato importante y que no hay que menospreciar. A pesar de esta cifra escalofriante, en este momento la enfermedad no parece suponer una amenaza existencial para la especie humana como lo fue la Peste Negra, que aniquiló a más de la tercera parte de la población de Europa. Sólo si a la preocupación por las muertes que está causando la propia enfermedad le sumamos los problemas que ya existían (pobreza, precarización laboral, escalada de tensiones nucleares, destrucción del medio ambiente), y que se están viendo agravados por la pandemia, estaremos en condiciones de afirmar que la existencia humana puede estar en peligro.

Así, la pobreza, el desempleo, las agresiones medioambientales, las brechas patriarcales, las crisis de gobernabilidad y territoriales se suman a la aceleración de cambios sistémicos (aceleración de la automatización, incremento de la vigilancia, poder de la tecnología) que ya eran evidentes antes de la crisis.

El cóctel es explosivo y está atravesado por la interdependencia, la velocidad y la complejidad. La interdependencia no es solo económica, también los riesgos están interconectados. La velocidad no solo supone la implementación de los nuevos descubrimientos, sino la aceleración del descontento y la agitación social, las tensiones geopolíticas y, como hemos visto, la manifestación de enfermedades. Las cosas cambian gradualmente hasta que lo hacen de forma brusca. Lo mismo puede decirse de la complejidad: el capitalismo es mucho más complejo y fetichizado que el que analizaron Marx y Engels, y también claramente más peligroso. Su evolución no ha sido lineal.

Para llegar a comprender lo que está ocurriendo es esencial tener primero la seguridad de estar acertando en la identificación del objeto de análisis. ¿La enfermedad de la que todo el mundo habla es la que hay que investigar? ¿hay otra enfermedad previa que no se está teniendo en cuenta? ¿se está utilizado el método de análisis adecuado? Desde mi punto de vista el único método que puede arrojar luz sobre este bosque, en este momento, es el método dialéctico.

El interés por el método es político. Pongamos un ejemplo de análisis dialéctico que nos ayude a profundizar en nuestro tema:

La población [que habita el Estado español] es una abstracción si dejo de lado, p. ej., [las diferentes nacionalidades existentes y] las clases de que se compone. Estas clases son, a su vez, una palabra huera si desconozco los elementos sobre los cuales reposan, p. ej., el trabajo asalariado, el capital, etc. Estos últimos suponen el cambio, la división del trabajo, los precios, etc. El capital, por ejemplo, no es nada sin trabajo asalariado, sin valor, dinero, precios, etc. Si comenzara, pues, por la población [que hay en el Estado español], tendría una representación caótica del conjunto y, precisando cada vez más, llegaría analíticamente a conceptos cada vez más simples: de lo concreto representado llegaría a abstracciones cada vez más sutiles hasta alcanzar las determinaciones más simples. Llegado a este punto, habría que reemprender el viaje de retorno, hasta dar de nuevo con la población, pero esta vez no tendría una representación caótica de un conjunto, sino una rica totalidad con múltiples determinaciones y relaciones.”16

Por eso “lo concreto17 es concreto porque es la síntesis de múltiple determinaciones, por lo tanto, la unidad de lo diverso.”18

Dado que no se trata de aprender a vivir con la enfermedad, sino de superarla, el método de análisis debe ponerse al servicio de la organización de las clases populares porque son, aunque no lo sepan en este momento, las que hacen la revolución. El punto de partida deben ser las trabajadoras y trabajadores porque por nuestra posición en la producción somos potencialmente capaces de ver la sociedad como totalidad concreta. Esa posición es colectiva, compartida: a pesar de que el lenguaje burgués pretende ocultar la explotación dibujando una sociedad basada en la relación (¿libre?) entre individuos, en realidad sólo veremos el árbol y el bosque al analizar las relaciones “entre el obrero y el capitalista, entre el arrendatario y el propietario de la tierra, etc. Suprimid esas relaciones y habréis destruido toda la sociedad”19. Sólo así lograremos volver a elevarnos de lo abstracto (por ejemplo “la sociedad madrileña frente al virus”) a lo concreto (los confinamientos clasistas que encerraron primero a los barrios del sur).

Teniendo en cuenta lo analizado hasta aquí, es posible extraer algunas conclusiones de las consecuencias de la aplicación del Estado de Alarma tan “excepcional”.

En primer lugar, las diferentes restricciones de derechos fundamentales afectaron al conjunto del territorio del Estado español pero tienen consecuencias nefastas sólo para una parte. Los diferentes gobiernos no solo aplicaron las restricciones que proponía el gobierno estatal sino que fueron más allá y lo que en marzo intuíamos ahora lo sabemos: este virus no lo paramos “entre todos” ni a costa “de todos”. Las restricciones afectan mayoritariamente a la clase trabajadora.

En segundo lugar, la pandemia aceleró la implantación del desarrollo tecnológico que durante las dos últimas décadas veníamos observando. Los avances en robótica, Inteligencia Artificial, la mercantilización de los datos conductuales y la economía de plataformas ponen en duda la necesidad de millones de puestos de trabajo y están haciendo desaparecer ciertas profesiones. El capital constante le roba espacio al capital variable. El capital muerto arrincona al capital vivo.

La tercera conclusión es que hemos comprobado que este sistema para su supervivencia sabe identificar perfectamente sus sectores económicos estratégicos. Tanto en marzo como ahora se cierra el sector servicios, declarándolo “sector no esencial”. A pesar de que absorbe en torno a dos tercios del PIB es un sector “no esencial” porque en realidad no es un sector productivo. El valor de la mercancías del sector servicios sólo se realiza en el consumo. Si el poder distingue a la perfección qué sectores pueden parar, porque al hacerlo no se derrumba la economía productiva, y cuáles no (porque se cae el sistema), nuestras organizaciones políticas deberían saber identificarlo también y centrar sus esfuerzos militantes en los pilares del sistema.

Estas conclusiones sólo son posibles al aplicar el método dialéctico. El método de análisis que utilicemos tiene implicaciones políticas. Ver sólo el bosque es condenarse al desclasamiento de un pensamiento abstracto: “todos contra el virus”, “la responsabilidad individual en el uso de mascarillas”, “no distingue de clases sociales”, etc. Si descendemos a ver el árbol, cada árbol (distinguiendo barrios, sectores, factores, etc.) lograremos una comprensión más completa que nos permitirá ver con claridad dónde empieza y dónde acaba el problema del coronavirus. Sólo así lograremos “desconfinar el miedo”20, romper con el síndrome de Estocolmo y volver a construir lazos organizativos que logren poner patas arriba este estado de cosas.

 

Andrés Fernández (militante de TrinCHEra)

1 K. Marx; Grundrisse; Pág. 3, Tomo I; siglo XXI

2 Klaus Schwab y Thierry Malleret; COVID-19: El Gran Reinicio; Pág. 14; Forum Publishing

10 S. Zuboff; La era del capitalismo de la vigilancia; Pág. 112; Editorial Paidós

12 K. Marx; El Capital, Cap. XXIV

16 K. Marx; Grundrisse; Pág. 21, Tomo I; siglo XXI (lo que está entre corchetes es mío)

17 Resulta pertinente aclarar qué significa abstracto y concreto. Hegel nos increpa cuando pregunta “¿Quién piensa abstractamente?” y responde “el hombre inculto, no el culto”, y nos pone un ejemplo: “¡Anciana, sus huevos están podridos!, dice la compradora a la mujer del mercado. ¿Qué, replica ésta, mis huevos podridos? ¡Es ella la que está podrida! ¿Se atreve ella a decir eso de mis huevos? ¿Ella? ¿No murió su padre acaso en la calle comido por los piojos? ¿No huyó su madre con los franceses, y no murió su abuela en un asilo? ¡Que se compre una camisa completa en lugar de andar usando ese chal de lentejuelas; bien sabemos de dónde sacó ese chal y el sombrero que usa; si no fuera por los oficiales, algunas no estarían hoy en día tan ataviadas; y si las estimadas señoras se ocuparan mejor de sus asuntos domésticos, veríamos a muchos sentados en la cárcel! ¡Que arregle los huecos en sus medias! –

En resumen, no le deja ni un hilo completo. Ella piensa abstractamente, y la subsume – por el sombrero, el chal, la camisa, etcétera, así como por los dedos y otras partes, también al padre y a toda la parentela –únicamente bajo el crimen de haber encontrado los huevos podridos. Todo en ella se ha teñido por completo con esos huevos podridos, mientras que aquellos oficiales de los que la mujer del mercado hablaba –si es que, lo dudo, los hay –habrían visto otras cosas en ella.”

18 Grundrisse; K. Marx; Pág. 21; Tomo I; Editorial S. XXI

19 Miseria de la Filosofía; K. Marx, F. Engels

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